Ideas al vuelo
Oct 3, 2010
Ricardo Medina

El fracaso de los “estimulantes”

Una política monetaria aún más expansivo no funcionará porque las familias y las empresas en los Estados Unidos ya no quieren queso, sino salir de la ratonera en que se metieron durante los últimos años en medio de la orgía de apalancamiento.

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La economía en Estados Unidos no se recupera al ritmo que prometieron los campeones del neo-neo-keynesianismo. Algunos, los de la escuela “estimulante” más radical, como Paul Krugman, no quitan el dedo del renglón. Dicen que no sólo hay que repetir las inyecciones de estímulos, sino duplicar la dosis. Ejemplo: “si le dimos a la economía estímulos fiscales por 500 mil millones, la siguiente dosis, urgente e inaplazable, debe ser de un millón de millones”.

Otros navegan en aguas intermedias: prometen “estímulos” en caso de que el paciente siga debilucho e inapetente, confiando tal vez que la sola mención de otra dosis de inyecciones reanimará al paciente o le infundirá la confianza que parece faltarle.

Pero otros más, entre el equipo de expertos, empiezan a desesperarse y a decir lo que hace unos meses parecía anatema: los estímulos fiscales y monetarios tienen un efecto muy limitado sobre la actividad económica y hemos llegado a un punto en el que no sólo no funcionan sino que resultarán contraproducentes.

Apenas el miércoles pasado lo dijo el presidente y CEO del Banco de la Reserva Federal de Filadelfia, Charles Plosser: hoy una política monetaria aún más expansionista no tendrá efectos relevantes para disminuir las elevadas cifras de desempleo y subempleo en Estados Unidos. Específicamente Plosser se refiere a que tendría más costos que beneficios, para la economía, que el Sistema de Bancos de la Reserva Federal comprase más activos para su balance buscando de esa forma “meter” más dinero a la economía.

No funcionará, porque las familias y las empresas en los Estados Unidos ya no quieren queso, sino salir de la ratonera en que se metieron durante los últimos años en medio de la orgía de apalancamiento.

El riesgo de insistir en los estímulos, fiscales o monetarios, es inocularle una enfermedad crónica a la economía.

Una advertencia que me atreví a hacer en febrero de 2009. Esto fue lo que escribí entonces, por desgracia tuve razón:

“El niño se levanta profundamente adormilado y débil, pero debe ir a la escuela. Su amorosa madre le hace tomar un cafecito pletórico de azúcar o un refresco carbonatado y azucarado. El remedio funciona, aparentemente, con gran eficacia: El niño despierta, mejoran sus signos de alerta y atención. Llega a la escuela animoso. Tres horas después el niño se está durmiendo sobre el pupitre y no tiene ánimo ni siquiera para hacer travesuras. Un alma caritativa sentencia: <<Se le bajó el azúcar>> y le endilga otro refresco azucarado. Están fabricando a un obeso diabético, adicto al azúcar, cuyos ciclos de hipoglucemia –baja de azúcar– como reacción a la hiperglucemia –exceso de azúcar en sangre- serán cada vez más frecuentes y graves. En periodos más cortos, cada vez, pedirá cañonazos de azúcar más fuertes. Asociará la ingestión de azúcar y otros carbohidratos a una sensación de bienestar inmediato.

“Así terminará funcionando el paquete de estímulos por el que tanto ha pugnado Barack Obama en los Estados Unidos. La recesión es como una baja de azúcar cuya causa no se ha diagnosticado correctamente (se trata de una hipoglucemia reactiva al exceso de azúcar), a la que se receta un remedio contraproducente: más azúcar. Los genios económicos que hoy posan de keynesianos simplistas (<<lo único que importa es estimular la demanda>>) están actuando como médicos que reprobaron endocrinología”.



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