MIÉRCOLES, 15 DE DICIEMBRE DE 2010
Vargas Llosa: mi espejo, mi reflejo

¿Usted cree que la economía mexicana entrará en recesión en los próximos meses?
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No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Mario detesta la dictadura tanto como ama la justicia y la verdad, e imprime en sus escritos algo que anima su existencia: la moral. No le perdonan sus enemigos dogmáticos y conservadores su “traición” herética a los dogmas, al ver los resultados reales de la realidad real en seres humanos reales, en lugares como Cuba.”


El 2 de septiembre de 1990, Mario Vargas Llosa participó en La experiencia de la libertad, excelente encuentro de pesos completos convocado por Octavio Paz para hablar de la sociedad abierta ante la caída del comunismo. Dijo allí:

México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es la Cuba de Fidel Castro: es México, porque es una dictadura de tal modo camuflada que llega a parecer que no lo es, pero que de hecho tiene, si uno escarba, todas las características de una dictadura.

Acaso el mismo Mario desde 1986 (Vuelta) inspiró el título de aquél encuentro de 1990:

La experiencia de la libertad, como la del amor, es más rica que las fórmulas que quieren expresarla. Al mismo tiempo que definirla es inconmensurablemente difícil, nada es más fácil que identificarla, saber cuándo está presente o ausente, si es genuina o un simulacro, si gozamos de ella o nos la han arrebatado.

Esa fecha me significa algo mucho más entrañable. Esa mismísima noche, Vargas Llosa recibió la Legión de la Libertad del Instituto Cultural Ludwig von Mises, bajo la inspiración de Carolina y Simón Bolívar, quienes me dieron el inusual honor de sentarme en la cena con él, en la misma mesa de diez; algo de lo mucho que recibí de ese instituto.

Aguijoneado como venía por la pasión con que hablaban de libertad pensadores y escritores de esa Europa central que acababa de liberarse de 60 años de secuestro bajo nazis y comunistas, Vargas Llosa improvisó ante los asistentes un discurso memorable cuya línea conductora era: “la lucha por la libertad es, ante todo, una lucha cultural.”

La única vez que he hablado directamente con Felipe Calderón —mucho antes de su candidatura— le dije que el PAN había abdicado de la vanguardia cultural que llegó a tener; y le hablé de la cultura de la libertad, que su partido era idóneo para defender. Nada pasó.

Leo en Letras Libres (nov. 2010) dos ensayos sobre el nuevo premiado con el Nobel donde aparece Vargas Llosa el hombre, el pensador, el escritor infeliz, su padre difícil; el pensador consecuente con la verdad que atisba y que refleja en la mentira: en la ficción novelística. Encuentro en esos ensayos espejos y reflejos con mi propia experiencia —de mi libertad y de quien me la ha arrebatado—, a mi menor escala, y al ser escritor primerizo (así me llamó Octavio Paz; también me llamó amigo).

Mario detesta la dictadura tanto como ama la justicia y la verdad, e imprime en sus escritos algo que anima su existencia: la moral. En eso me identifico y concuerdo: se ha atrevido a desaprender y a cambiar de opinión. No le perdonan sus enemigos dogmáticos y conservadores —como antes a Octavio Paz, único escritor que ha sido quemado en efigie— su “traición” herética a los dogmas, al ver los resultados reales de la realidad real en seres humanos reales, en lugares como Cuba. No es el fabulador Vargas Llosa, hombre consecuente con lo que piensa, un amante de la realidad mágica, más que como ficción de novela. No pretende que las mentiras políticas se hagan crímenes al aplicar utopías sobre otros, sin defensa alguna contra el desproporcionado poder de los gobiernos. No se parece su congruencia a la del genial García Márquez o del poco inteligente Maradona.

Con lo que lo admiro y respeto, Vargas Llosa no me parece genial; no como Rulfo o García Márquez. Y me gusta más el ensayista y el pensador, como también preferí al ensayista Paz sobre el poeta. Pero llegué tarde a la literatura, gracias a que me la quisieron imponer como obligación; ocurriome lo mismo, nada menos, con la música y el piano. ¡Me rebelé contra ellos! Increíble.

A diferencia de Vargas Llosa, nunca amé a Fidel ni al comunismo pero como él, llegué tarde a la cultura de la libertad. En 1986 me la presentaron Fernando Baños, Salvador Abascal, Luis Pazos y Carolina Bolívar. Supe que el mundo no tenía que dividirse en derecha e izquierda; que la eficacia no sólo es compatible con la libertad y la moral sino que son su mayor requisito. Conocí a Mises, Popper, Paul Johnson. De Hayek aprendí que la libertad se encarna en la ley; de Bastiat, que la verdadera ley es el derecho a la legítima defensa. Corría entonces la cota que marcó, como diría el Dante, la mitad del camino de mi vida. Celebré mis 40 recibiendo un premio por mi ensayo Civilización y libertad.

Descubrí también a Vargas Llosa, ya superada su original infatuación con Fidel Castro. “Un escritor que renuncia  a pensar por su cuenta, a disentir y opinar en alta voz ya no es un escritor sino un ventrílocuo”. Para él “…la libertad es la condición primera de la existencia: conservar su independencia y recordar al poder a cada instante, y por todos los medios a su alcance, la moral de los límites.”

En congruencia, pretendió no sólo ser artista sino un pez que se sale del agua y entra a la política. Así comenta su hijo Álvaro lo ocurrido en este bicentenario continente:

…se había producido un desfase entre la fantasía creadora y la moral pública. La primera había vencido de tal modo a la segunda que América Latina se pobló, con el tiempo, de grandes artistas y atroces conductores políticos… El resultado de la supremacía de los utópicos sobre los humanistas, de los iluminados sobre la ley, había sido, con el tiempo, una producción artística celestial y una economía política infernal.

Queda claro: necesitamos un puente cultural. Devolver la moral a la política y basarla en la misma libertad que premia a artistas en Estocolmo, donde ha hablado de “la importancia de la libertad para que la vida sea vivible, y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión.”

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