MIÉRCOLES, 16 DE FEBRERO DE 2011
Fuerza natural

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

María Fernanda León







“El conocimiento es la herramienta que fomenta nuestra más pura libertad; la educación es el medio y nuestros sueños la forma de aspirar a algo mejor. Nuestro enemigo a vencer es la ignorancia y mantenernos prevenidos de las fuerzas externas que mermen nuestros ideales. ”


Si quieres alcanzar la paz y la felicidad ten fe, si quieres ser un discípulo de la verdad, búscala.”

Friedrich Nietzsche

¿Qué es la libertad? Viéndolo desde diferentes perspectivas ya sea jurídica, filosófica y por qué no hasta poética, la libertad constituye un valor supremo inherente al hombre desde su nacimiento. Al ser la libertad un valor, es susceptible a la subjetivad por lo que reconocidos teóricos la han definido de manera distinta acorde a su momento situacional; sin embargo, a fin de tratar de englobar algunas ideas y aventurándonos a expresar las propias, concluimos que la libertad es un estado mental.

Es así como a pesar de podernos encontrar privados de una libertad física, y al estar determinados por fuerzas exteriores, lo cual merma la voluntad y una libertad absoluta, el pensamiento constituye un instrumento que nos mantiene libres. Soñar la libertad, pensarla y vivirla es algo que el hombre ha añorado desde siempre. Pero, ¿qué pasa cuando ese sueño se ve opacado por la ignorancia y la apatía? O peor aún, cuando ese sueño es oprimido por voluntades externas que lo reprimen; ¿será posible que podamos luchar contra esa agresión que muchas veces resulta imperceptible para el individuo porque carece de la conciencia de estar siendo agredido? Es ahí donde debemos cuestionarnos la idea de que no existe una verdad fija y por lo tanto estando conscientes de ello, estamos obligados a  llenar este vacío en el cual  antes existían certezas. En este punto de profunda conmoción debemos decidir si queremos soñar con los ojos cerrados o vivir una realidad con los ojos bien abiertos y preguntarnos ¿qué formas tenemos a nuestro alcance para combatir dicha agresión si muchas veces ignoramos el significado y la trascendencia de la libertad de pensamiento?

Partiendo de la premisa de la libertad como un estado mental, imaginemos un estado de pureza psíquica desprovisto de creencias, prejuicios y miedos impuestos, y de miles de años de historia inculcada por la sociedad. Siendo este estadío totalmente utópico, toda vez que desde que se nace el  pensamiento del ser humano es impregnado por la diversidad de idiosincrasias sociales que lo rodean e influyen. Todos estos factores vulneran la naturaleza pura del pensamiento humano, la cual a lo largo de su desarrollo, para bien o para mal, imprime un sello e ideas preconcebidas sin que una persona pueda siquiera estar o no de acuerdo, no sintiéndose obligado a desprenderse de dichos anclajes. Nos hemos habituado a vivir ciegamente muchas de las veces de manera  inconsciente, mientras que otras por mero confort con el propósito de ser igual a los demás y no tener más obligaciones vamos volviéndonos cada vez más y más ciegos. Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, y después de haberlo visto todo, conformarse con su suerte y empeñarse en no transgredir los límites que le impusieron, resulta un camino fácil pero a la vez mediocre.

El individuo vive en sociedad como una parte fundamental y constitutiva de ella, y como tal procura vivir en armonía con sus iguales. Si pensamos a la sociedad como una organización semejante a un organismo vivo, vemos que ésta puede ser susceptible al igual que un ser vivo, a contaminarse de diversos males los cuales la llevan a padecer una serie de hechos que van golpeando no sólo a la sociedad como organización, sino a cada uno de los individuos que la integran.  Esta desestabilización hace que vivamos en una sociedad ciega, apática, enferma, donde el individuo se torna egoísta y se preocupa únicamente por su bienestar mostrándose escéptico a los principios clásicos bajo los cuales se organiza la sociedad, volviéndose un individuo desmoralizado.

Al final, este cúmulo de ideas no tiene como objeto criticar o mostrar un panorama pesimista tanto del individuo como de la sociedad, sino el hecho de concientizar que la vida está ahí para disfrutarla, para tomar nuestras propias decisiones, para incitar a darnos la libertad de pensar por nosotros mismos aprovechando así aquello que nos diferencia de cualquier otra especie: la naturaleza racional humana y el lenguaje.

Los sueños son el antídoto perfecto a la apatía; la educación lo es a la ignorancia y la capacidad de asombro al desánimo. Todas estas virtudes que nos encaminan hacia la libertad y consecuentemente hacia la verdad, han sido el motor fundamental para que muchos soñadores a lo largo de la historia se hayan inspirado a modificar su realidad, osando de esta manera a cambiar la del mundo que los rodeaba.

¿Cambiar al mundo? Suena como una locura, enfrentar aquellos dogmas que han reinado durante tanto tiempo y más ignorando el inmenso poder que trae consigo el ser un ente racional, se asume imposible; no obstante, aun encontrándonos prisioneros podemos tratar de buscar un escape.

Es así, como una de las condiciones para ser libres independientemente del estado físico en el que permanezcamos, es el pensar y estar consciente de que no toda verdad es infalible y que muchas veces solamente cumple con lo que el creyente quiere ver en ella; por ello, es por lo que pensamos que la libertad es una situación interna la cual debe luchar contra los factores más adversos e inimaginables a fin de resguardarnos de un enclaustramiento provocado por nosotros mismos.

Forjar una conciencia donde el individuo se percate del poder y alcance de sus ideas, y se dé cuenta que es posible pensar por sí mismo y por qué no hasta expresar sus ideas, es el fin de escribir estas reflexiones más allá de únicamente seguirlas soñando ya que de nada serviría soñar sin actuar.

La libertad física es producto imprescindible de la de pensamiento: podemos ser libres sin siquiera poder mover un dedo; mientras que somos presas de nuestro destino sino alimentamos el más importante y poderoso instrumento del que el hombre ha sido dotado, es decir, la mente y su capacidad de reinventarse abriéndose a nuevos horizontes. El hecho de pensar implica soñar, razonar genera cuestionamientos y dudas, y esto en conjunto la libertad.

Como podemos percatarnos, la libertad inicia en el pensamiento humano; éste al ser vulnerado desde que nace y al adaptarse a las relaciones sociales, requiere buscar su originalidad y dote exclusivo. La tarea de cualquier hombre en sociedad debiera ser buscar el desprendimiento de atavismos, matar la ignorancia mediante información y educación con la cual puede combatir la verdad viciada.

Estar encerrados, o peor aún muertos en vida, es una condición no necesariamente provocada por una situación externa; lamentablemente la muerte mental es un estado psíquico interno no necesariamente médico; también lo es aquel escenario en el que el mismo individuo frustra su porvenir, aquella persona quebrantada en sus aspiraciones, marcada por la apatía y conformándose con su destino funesto.

Transformar nuestra realidad por medio del pensamiento, es como proponer una revolución sin manos en la que nuestra arma principal sea el generar conciencia en el individuo abrumado por el escepticismo en el que vive y el cual lo mantiene aletargado no sólo a él, sino muchas de las veces a pueblos enteros, desengañándose de esta manera de todo aquello que le fue impuesto. El “poder de los sin poder”, un individuo consciente ávido de transmitir sus ideas a otro  poniendo en marcha el motor de la libertad de pensamiento.

El conocimiento es la herramienta que fomenta nuestra más pura libertad; la educación es el medio y nuestros sueños la forma de aspirar a algo mejor. Nuestro enemigo a vencer es la ignorancia y mantenernos prevenidos de las fuerzas externas que mermen nuestros ideales.

Las ideas son las manifestaciones más claras de nuestra libertad; los sueños nuestro impulso de acción. Porque no soñar renacer en un mundo carente de escenarios desiguales ni de ideologías divisorias en el cual  las personas son despojadas de todas aquellas sentimientos adversos, de toda esa carga moral, de la presión histórica con el objetivo de renovarse en un estado precisamente de pureza mental. Al permanecer esto únicamente en un mundo ideal, y por ende enfrentarnos con la realidad, cada uno de nosotros desde que nacemos, somos etiquetados con una carga informativa más abundante de lo que realmente podemos comprender.

¿Qué sería del mundo sin los grandes visionarios que con sus ideas revolucionaron  contra todo lo que se había creído, exigido y sacrificado con el fin de alcanzar una verdad que los hiciera libres?

¿Qué sería de México sin aquellos jóvenes impregnados aún por el ímpetu propios de su condición que sueñan con cambiar o aportar algo a su país?

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