JUEVES, 12 DE MAYO DE 2011
¿Gandhi de pacotilla?

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Sería una pena que un poeta prometedor como Javier Sicilia terminase como un mal remedo de Gandhi, un pacifista bobalicón que termina al servicio de las peores causas.”


Sería una pena, de veras, que un poeta prometedor como Javier Sicilia terminase como un mal remedo de Gandhi, un “santón” bondadoso cargado con un arsenal de frases hermosas y motivadoras que se transforma en el tonto útil a la politiquería taimada y sibilina de los rencorosos de siempre.

Pocas pérdidas tan dolorosas como la de un hijo joven arrebatado por “un hachazo invisible y homicida” (Miguel Hernández, en la elegía a Ramón Sijé). Ese dolor es inconmensurable y no se aviene con ese frívolo tratamiento que por norma los medios de comunicación le dan a la mercancía que llaman “noticia”.

La banalización del dolor que es enterrado por la fascinación de micrófonos y reflectores, por esa celebridad instantánea y efímera que embriaga sin remedio a quienes sucumben a ella. La borrachera de tales celebridades dura apenas meses pero la vergüenza se queda para toda la vida.

Sicilia tiene algunos poemas buenos, por ejemplo el poema “Abierto” en el libro “Tríptico del desierto”, que obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes 2009. Cito unos versos de tal poema que me parecen genuinos hallazgos poéticos:

O quizás ese sea nuestro sitio,
el lugar de lo eterno que nos corresponde:
contemplar y sentir el infinito arropado en la carne,
en ese mutuo darse el uno al otro,
mientras la lenta fuga hacia lo Abierto nos permite habitar la duración,
ese ya, pero aún no
que los amantes viven al rozarse la piel;
esa eterna presencia
que nos hace presentes en el tiempo inasible
como una tenue grieta
en la alba porcelana de lo Abierto.

¿Qué tiene que ver el autor de estas palabras con el sujeto atolondrado, disfrazado de corresponsal de guerra en país tropical, que el domingo pasado resumió su lucha en una exigencia disparatada e inútil: “Que renuncie García Luna, para que el Presidente Calderón nos de una señal de que nos ha escuchado”?

Nada, nada que ver.

Hasta la formulación de la exigencia exhibe cierto analfabetismo: si se quiere la renuncia de García Luna, pídansela a García Luna no a su jefe. Los jefes no renuncian a sus subordinados, los cesan o entregan su cabeza en una bandeja a quienes los extorsionan, como terminó haciendo Herodes con la cabeza de Juan el Bautista ante la exigencia de esa puta históricamente célebre que fue Herodías.

Un poeta que se precie no exhibe tal ignorancia semántica, sabe que renunciar es verbo intransitivo (cuya acción recae en el propio sujeto que la ejecuta) y no es lo mismo que despedir o cesar, verbos que sí son transitivos. Pero ese analfabetismo, en cambio, tiene el sello inconfundible de los artesanos del lenguaje simulado y tramposo que pululan en la retro-progresía, Sicilia ¿se volvió su vocero involuntario?

Lo que yo llamo un Gandhi de pacotilla suele ser el pacifista bobalicón que termina al servicio de las peores causas. Predica la resistencia civil contra la opresión, pero la transforma en cómoda coartada de vividor (“la ley es para los demás, no para seres de excepción como yo”), dice poner la otra mejilla ante las agresiones pero es incapaz de cumplir con las más elementales normas de convivencia respetuosa (“no estoy invadiendo tu casa, estoy rescatando este espacio para el pueblo bueno”), censura con acritud la supuesta violencia de las autoridades legales, pero derrama bendiciones candorosas encima de los delincuentes (“ellos, los delincuentes, también son víctimas de esta obsesión guerrera de los autoritarios en el poder”).

De veras, sería una pena que Sicilia, prometedor poeta en algún momento, terminase como un Gandhi de pacotilla más. Acaso, ¿ya lo perdimos?

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