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May 13, 2011
Leopoldo Escobar

¿Cómo vencer la violencia? (VII): Al menos marcar un límite

La experiencia les ha mostrado a los delincuentes que hay ciertas líneas que no pueden cruzar, so pena de comprometer su negocio criminal.

En una guerra, escribió Clausewitz, el bando vencedor no es el que aniquila a su enemigo, sino el que simplemente doblega la voluntad de éste a seguir luchando. Eso sería aplicable en el esfuerzo de derrotar la violencia en México, aún si un eventual pacto político no incluyera la legalización de las drogas.

La respuesta a la pregunta de por qué en otros países, sobre todo desarrollados, hay tantos o más narcotraficantes que aquí y sin embargo no padecen el nivel de violencia que nosotros padecemos, es simple: porque en esos países el gobierno y la policía no lo permiten.

Los mercados ilegales reproducen permanentemente condiciones para la violencia y los delincuentes están dispuestos a recurrir a ella en la medida que les sea rentable. Su experiencia les ha mostrado que hay ciertas líneas que no pueden cruzar, so pena de comprometer su negocio criminal.

Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa en Estados Unidos se disparó la violencia entre redes de narcotraficantes (sobre todo de crack). Los asesinatos directamente relacionados con el narcotráfico llegaron a los 2 mil por año. La policía se encargó de recordarles a los traficantes los límites: detuvieron a cientos de pistoleros y jefes, acabaron con otros tantos de puntos de venta de drogas. Para 1998 los asesinatos habían bajado a 600. Años antes los narcos en Florida aprendieron una lección parecida y pagaron un alto precio por ella.

En el segundo lustro de los noventa, la otrora tranquila ciudad de Montreal, Canadá, se vio sacudida por una ola de violencia. El capítulo quebequense de la pandilla Hell Angels desató una “guerra” para sacar a otra banda rival de motociclistas del mercado de las meta-anfetaminas y la cocaína, el cual reportaba ganancias por cientos de millones de dólares en un circuito que iba de Montreal hasta Vancouver.

Montreal se empezaba a parecer a una ciudad colombiana: estallidos de auto-bomba, bombardeos contra antros y locales de motociclistas, un número creciente de víctimas inocentes caídas en el fuego cruzado, atentados contra agentes del orden. La oleada tomó por sorpresa a la policía, pero ésta finalmente se impuso a los narcos. Tras la caída de Maurice Boucher, quien se creía algo así como el Pablo Escobar de Québec, las bandas de motociclistas traficantes supieron cuales eran los límites y optaron por un bajo perfil, por menos violencia, para preservar el negocio.

La narco-violencia de los Hell Angels cruzó el Atlántico. La situación de Montreal se empezó a reproducir en Dinamarca y Suecia. La policía actuó y en Dinamarca el desenlace resultó curioso: la policía misma auspició una negociación entre bandas rivales para dejar de reñir con tanta violencia.

No hubo un pacto con el crimen, no hubo una negociación para que la policía le vendiera protección a los narcos, como es frecuente por nuestras latitudes, pero sí la articulación de intereses y de valores entendidos: la policía sabe que no puede erradicar el narcotráfico pero tampoco puede tolerar la violencia; los narcos saben que cruzar determinado límite en su disputa con sus rivales atenta contra el negocio, porque equivale a tener a la policía todo el tiempo encima.

Continuará...



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