JUEVES, 9 DE MARZO DE 2006
Elecciones 2006: Un estudio de casos (II)

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“Postulado: Tanto los partidos como los candidatos y los electores se comportan “racionalmente”: buscan maximizar su beneficio, aun cuando ese beneficio no necesariamente sea económico o material. Partidos y candidatos buscan el mayor número de votos; los electores, por su parte, buscan el mejor flujo posible de rentas futuras a partir de una determinada opción de gobierno.”


Una primera y reveladora hipótesis, derivada del principal postulado de Downs sintetizado en el párrafo superior, es que “los partidos formulan políticas que les permitan ganar las elecciones en lugar de ganar las elecciones con el fin de formular políticas”.

 

Es claro que esta hipótesis-conclusión de Downs –a mi juicio totalmente plausible- contradice el discurso universal de todos los candidatos en campaña quienes nos aseguran que desean ganar las elecciones para llevar a cabo tales o cuales políticas públicas; la hipótesis nos dice exactamente lo contrario: Las propuestas de campaña –formulación de políticas- persiguen persuadir a los electores y obtener sus votos.

 

La contradicción es sólo aparente. La hipótesis no significa, necesariamente, que los candidatos mientan en su discurso –de hecho, lo más probable es que en caso de ganar lleven a cabo, una vez en el gobierno, alguna o varias de las propuestas de campaña-, sino que el proceso de “seducción del votante” (eso es una campaña electoral) obliga a presentar propuestas que sean atractivas al electorado y suprimir aquellas que sean difíciles de vender; esta necesidad de seducir al elector “obliga” incluso a presentar las propuestas sólo bajo su mejor ángulo –los beneficios reales o aparentes para los ciudadanos- manteniendo en la sombra lo menos atractivo: los costos.

 

Hay en la historia algunos casos de dramáticos fracasos electorales que, en cierta forma, podrían explicarse porque el candidato –generalmente un outsider o una persona ajena a la política profesional– expuso con total sinceridad sus verdaderas propuestas y sus consecuencias, incluidos los costos inmediatos. Tal fue el caso, por ejemplo, de Mario Vargas Llosa en Perú –derrotado por Alberto Fujimori en la segunda vuelta electoral- y así lo explica él mismo en su estupendo libro “El pez en el agua”. (La triste paradoja es que Fujimori aplicaría, al inicio de su mandato, algunas de las dolorosas medidas de reordenación económica propuestas por Vargas Llosa –con exitosos resultados, hay que decirlo-, para más tarde convertirse en un abominable dictador de hecho, cabeza de un gobierno excepcionalmente corrupto).

 

Un ejemplo de esta hipótesis –las propuestas son para ganar votos en lugar de que las elecciones sean el camino previo para lograr la aplicación de las propuestas- son las promesas de campaña que se limitan exclusivamente a los resultados deseados, sin explicar nunca los procedimientos específicos –los medios- que permitirían lograr el atractivo fin prometido. Un extremo serían las ofertas electorales que, puestas en la mesa de análisis, se revelan imposibles de lograr; en tales casos, es perfectamente “racional” la actitud del candidato que rehúsa un debate analítico de sus propuestas.

 

Pero también es perfectamente “racional” que el elector exija precisiones.


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