LUNES, 17 DE OCTUBRE DE 2011
Steve Lennon y John Jobs

¿Usted cree que es una buena idea que sean Pemex y la Secretaría de Energía quienes construyan una refinería?
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“Si se viola una ley injusta lo único que se viola es esa ley, no algún derecho de alguien. Por el contrario, si se viola una ley justa se viola la ley y algún derecho de alguien.”
Othmar K. Amagi

Fernando Amerlinck







“Time cabeceó al morir John Lennon en 1980 “When the music died”. Hoy diríamos “Cuando murió la imaginación, el superdiseño, la elegancia, la supertecnología.””


Steve Jobs fue un cambiador de la historia. Es decir, un verdadero empresario. John Lennon fue un cambiador de la historia. Es decir: un verdadero empresario.

Uno, de la música. Otro, de los estilos y prácticas de la vida diaria. John Lennon y Steve Jobs imprimieron su huella en el mundo, y ambos lo dejaron prematuramente: Lennon, porque un Ponchis quería ser famoso. Jobs, porque le creció un tumor en un órgano de cuya existencia por eso se enteró. Steve no sabía qué era el páncreas. John tampoco supo que un fanático suyo era —como todos los fanáticos— destructivo, al punto de matar a su ídolo.

Ellos y sus aliados cambiaron al mundo pero no desde una universidad, un conservatorio o una cámara de diputados. Ambos fueron outsiders, vocablo intraducible: los que merodean en la periferia. La mayor parte del progreso humano nace allí. No hacen grandiosos cambios ni inventos los instalados en el núcleo del poder político o intelectual o burocrático, ni los que ya “la hicieron”. Antes de entrar estuvieron afuera. Antes de instalarse estaban desubicados. Antes de triunfar, fracasaron. Hablo de John Lennon, Steve Jobs, Isaac Newton, Albert Einstein, Louis Pasteur, y tantos más. Los grandes emprendedores del pensamiento o de los negocios observan una anomalía, se aferran a ella, y la convierten en oportunidad.

Ningún sistema enemigo de la libertad individual permite florecer a un outsider ajeno al establishment. Un régimen colectivista no permite mentes libres como Jobs, Lennon, Newton, Einstein o Pasteur. Dice así Fernando Flores:

“Ningún muchacho de los tempranos años sesenta podría haber dicho que necesitaba oír a un grupo de cuatro jóvenes músicos británicos que habían desarrollado una compacta armonía sonora con suave e irónica letra, que eventualmente habría de cambiar, por el resto de sus vidas, la manera como esos jóvenes verían la seriedad, la alegría y la esperanza… Esta clase de cambios —donde surgen mercados enteramente nuevos, donde aparecen nuevas preocupaciones y se desarrollan nuevos intereses— es donde sobrevienen los casos paradigmáticos del cambio empresarial”.

Tales cambios los produce quien se engancha a algo y lo sigue con amor y tesón: una anomalía, un sueño, un espacio de posibilidades, una visión. Steve dijo esto en un memorable discurso de 2005:

“Fui afortunado: temprano en mi vida supe lo que yo amaba… No hay que perder la fe. Estoy convencido de que lo único que me mantuvo en marcha fue que amaba lo que hacía. Tenéis que encontrar lo que os gusta… el único modo de estar realmente satisfecho es creyendo que lo que hacemos es grandioso. Y la única manera de que sea grandioso es amándolo. De no haberlo encontrado, hay que seguir buscando. No hay que conformarse. Como en todos los asuntos del corazón, sabréis cuando lo hayáis encontrado. Y como toda gran relación, es mejor y mejor conforme pasan los años. Seguid buscando hasta que lo encontréis. No hay que conformarse.”

En ese rememoradísimo discurso se refirió a una cotidiana pregunta: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que haré hoy?” Y esto: “La muerte es probablemente la mejor invención de la vida. Es el agente del cambio… Limpia lo viejo para dar espacio a lo nuevo”.

Recientemente escribí sobre Steve; estaba vivo. Hace más de cuarenta años escribí por primera vez sobre los Beatles; eran noticia diaria. Veo afinidades. John añoraba a su madre, Julia; Steve fue dado en adopción, y también John. Ambos murieron prematuramente tras una vida azarosa, difícil, atropellada e inestable. Los dos apasionados, artistas, perfeccionistas, tuvieron el buen gusto de enamorarse de la India: John siguió a Maharishi; Steve se hizo budista; y ambos le entraron al ácido lisérgico. Gravemente defectuosos, narcisistas, espinosos, caprichosos; pero cambiaron al mundo.

Steve admiraba a los Beatles y le gustaba tanto el nombre de su disquera —Apple Corps, fundada en 1968— que en 1976 se lo pirateó. Pleitos e indemnizaciones fueron y vinieron, hasta que en noviembre de 2010 Apple y Apple llegaron a un acuerdo: ya iTunes Store vende toda su música. Nadie vende más música.

Cuestión de manzanas: la de Eva, la de Newton, la de Jobs. Agrego la verde de los Beatles. La música y la tecnología amigable han cambiado nuestra vida; el estilo de los 60 vive en el siglo 21.

Wyst
La última gran aplicación para iPhone, iPad y iPod touch —la más robusta, la más útil, la más original— es Wyst, inversión mexicana especial para Apple: una red social ligada a lugares geográficos. Espero que la haya conocido Steve, pues unas semanas antes de morir se presentó en Nueva York. Habría sido de sus últimas satisfacciones ver cómo sus nómadas electrónicos servían para relatar experiencias, anécdotas, noticias, recuerdos y quién sabe cuánto más, en lugares identificables vía GPS. Como lanzar mensajes en una botella, pero por millones.

Wyst, como la Macintosh o internet, son respuestas en busca de pregunta: herramientas que alguien imagina cómo usar. Jamás Edison o Marconi imaginaron a los Beatles, pero los hicieron posibles. Nunca Norbert Wiener o Graham Bell pensaron en Apple, pero gracias a ellos existe. Es ése el poder de la creatividad humana, la acción libre, la imaginación, el amor. Y el querer actuar excelentemente.

Time cabeceó al morir John Lennon en 1980 “When the music died”. Hoy diríamos “Cuando murió la imaginación, el superdiseño, la elegancia, la supertecnología.” ¿Cuánto más habrá muerto? Un mundo sin Steve Jobs será un poco más pequeño, más chato, más mediocre, más aburrido.

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