MIÉRCOLES, 18 DE ENERO DE 2012
Al inicio de la segunda década del milenio (II)

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“El ejecutivo propone y el Congreso dispone. Con esas palabras Fox sellaba el fracaso de su administración y sentaba las bases para lo que hoy día vive el país después de la guerra Calderonista y el saqueo de los estados; la posible entrada de los bárbaros que pacientemente han esperado ante el zaguán de un país agraviado y enfermo, para seguir devorando los sueños y las entrañas de los mexicanos.”


Si con alguna palabra pudiéramos definir el gobierno de Luis Echeverría en los años 70, creo que sería “activista.” Un gobierno intruso, “metiche,” hiperactivo, invasor y con un presidente trabajando las 24 horas del día en ese activismo que casi destruye el país. También podríamos definirlo como el principio del fin de la pesadilla que nos envolvió durante casi un siglo. El gobierno de Echeverría fue la negación de lo que los principios liberales que siempre definieron un buen gobierno listando sus funciones: “El proteger la vida, libertad, propiedad y contratos de los ciudadanos.” Más de eso, es invasión, un atentado contra la libertad y los principios de la individualidad que tanto ha combatido el viejo estado mexicano.

Desde esa época de Echeverría hasta el presente, México y los mexicanos han sufrido lo indecible. Sin embargo, después de largas luchas, como decía Martin Luther King: “Hemos llegado a la tierra prometida.” ¿Hemos? El 2 de Julio del 2000 los mexicanos iniciamos lo que debía ser el cambio más importante de la historia moderna de nuestro país. Elegimos un presidente de un partido de la oposición, pero de la oposición que más contrasta con el estilo con el que los revolucionarios agraviaron a México durante los últimos casi cien años. Es decir, elegimos a un presidente que esperábamos hiciera las cosas de una manera diferente.

Después de la euforia del triunfo histórico de aquel 2 de Julio, era la hora de establecer la vigilancia que garantizara la sobrevivencia de lo que con tanto dolor se había logrado. Esa vigilancia de la que hablaba Jefferson cuando afirmó; “El precio de la libertad, es la eterna vigilancia.” En medio de una euforia generalizada en donde se ahogaban los gritos de los revolucionarios derrotados y dolidos, se empezaron a escuchar los solitarios cuestionamientos de los muy pocos liberales que hoy día nos enriquecen con sus visiones y sus ideales en este agraviado país. Unos meses después, dos de las mentes más brillantes que navegaban en las tempestuosas aguas de los cambios de principios de milenio, levantaron su voz de “alerta” por no decir alarma; Isaac Katz y Ricardo Medina.

En un extraordinario articulo producido por Isaac Katz para El Economista, levantaba su voz de “alarma” contra lo que él veía como el activismo de Vicente Fox y lo identifica con acciones similares de los gobiernos anteriores. Para dramatizar su mensaje, Isaac definía una economía libre y liberal de la siguiente manera:

“En una economía liberal, el intercambio entre individuos y empresas siempre es voluntario y cada quien busca maximizar su propio interés, cada quien es dueño de sus propios recursos, sus derechos de propiedad están definidos y garantizados y, en consecuencia, es enteramente libre de decidir cómo utilizarlos. En una economía liberal, el gobierno no interviene en la decisión de cómo serán  asignados los recursos privados y menos aún, el gobierno puede obligarnos a hacer algo simplemente porque "es por nuestro propio bienestar".

“Los límites para el gobierno son muy claros: dotar a la sociedad de un marco legal que defina los derechos privados de propiedad y que los garantice con un poder judicial independiente e imparcial, que garantice la estabilidad macroeconómica y corregir las fallas del mercado. Si el gobierno hace más que esto, viola la esfera privada e impide que se maximice el bienestar de la sociedad.” Más de eso es activismo e invasión. Los gobiernos activistas que destrozaron a México durante 71 años, siempre se asemejaron al clásico “pendejo con iniciativa—y uñas muy largas.”

Pasaba después Isaac a definir cómo es que el gobierno de Vicente Fox se definía con un activismo parecido al de Echeverría invadiendo esferas que solamente deberían ser de la iniciativa privada. Atacaba los objetivos tímidos y timoratos de lucha contra la inflación, el déficit del presupuesto que también se negaban a cortar de tajo etc. Pero sobre todo, insistía en el gran activismo que preparaba desde política industrial, la creación de agrupamientos (clusters) de empresas sin tomar en consideración ventajas comparativas sectoriales y menos aún regionales, subsidios diferenciales por tipo de inversión y por localización geográfica, etcétera, toda una serie de elementos que presagiaban regresarnos a una situación en la cual el gobierno decide quién gana y quién pierde, quién se ve favorecido por el gobierno y quién no, pero con un perdedor seguro: los consumidores.

Ricardo Medina comentaba: “Hoy, alrededor y al acecho del nuevo gobierno vemos multiplicarse las presiones de estos grupos. La embestida de los igualitaristas sólo podría satisfacerse con mayores déficit fiscales, con más impuestos, con inflación galopante, con una pérdida real de la viabilidad del mismo gobierno. Así, el intervencionismo fabrica conflictos sociales y presiones al margen del precario Estado de Derecho. Para millones de mexicanos, por desgracia, el horizonte de desarrollo es "hacerla en la vida" con una plaza en el gobierno. La actividad empresarial (la auténtica, no la del negociante mercantilista a la sombra del gobierno) es despreciada y se le cierran las puertas. La cultura colectivista detesta el riesgo y espera del Estado providente e interventor la seguridad de la vida mediocre pagada con fondos públicos.”

Fox estaba ante el dilema de honrar el voto que recibió aquel dos de julio abriendo espacios de libertad, desatando las energías creadoras de los individuos (lo que en español llano significa "quitar estorbos a la iniciativa de las personas") o ceder ante las presiones de los grupos conservadores herederos directos del nefasto "grito de Guadalajara" de Plutarco Elías Calles. Los mismos grupos que le cerraron el círculo a Zedillo y no lo dejaron maniobrar, se habían ahora arrimado sigilosamente a Fox para coartar sus planes, para mantener el status quo.

Por desgracia, Fox se empeñaba en suavizar tensiones y pavimentar el terreno de una transición sin sobresaltos, se inclinaba a darles cabida a decenas de representantes de ese México adocenado, de matriz colectivista, conservador de privilegios. Nos estábamos jugando una oportunidad única para construir un México libre en el que el logro y la creatividad individuales fueran el motor del progreso, o permanecer en la servidumbre del conformismo colectivista e igualitario a ultranza.

Fox tomaba el bastón de mando y en su discurso afirmaba: “El ejecutivo propone y el Congreso dispone.” Con esas palabras sellaba el fracaso de su administración y sentaba las bases para lo que hoy día vive el país después de la guerra Calderonista y el saqueo de los estados; la posible entrada de los bárbaros que pacientemente han esperado ante el zaguán de un país agraviado y enfermo, para seguir devorando los sueños y las entrañas de los mexicanos.

La única nebulosa esperanza de los mexicanos es ahora, Josefina de Arco quien, como Doña Juana libertadora, la doncella de Orleans, liderará la expulsión de los bárbaros y barbaritos estacionados ante el zaguán mexicano.

• Liberalismo • Problemas económicos de México • Intervencionismo

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