MIÉRCOLES, 1 DE FEBRERO DE 2012
Conversaciones con el tío Gilberto (V)

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“El Plan de Agua Prieta marcaba la rebelión de los generales sonorenses en contra del régimen de Venustiano Carranza. El plan fue secundado por la gran mayoría del pueblo, el ejército y quedó reconocido por el propio Congreso de la Unión. Ello determinaba la caída del régimen de Carranza y don Adolfo de la Huerta, quien había sido nombrado jefe supremo del "Ejército Liberal Constitucionalista", era designado presidente provisional de la República para convocar a elecciones. ”


Proseguía Don Gilberto.

“Luego que interviniera don Adolfo de la Huerta, el presidente Carranza me envió a entrevistarme con el sub secretario de Relaciones Exteriores quien ya tenía la encomienda de ofrecerme la posición de cónsul en Valparaíso. Ello me pareció un insulto puesto que, para mí, era simplemente un destierro simulado por lo cual rechacé la oferta ante la gran preocupación de don Adolfo. En esos momentos, como algo similar a una conspiración, se me cerraban todas las puertas del servicio público. Sin embargo, a través de un viejo amigo de mi era en la justicia militar, conseguí entrevistarme con el Procurador General Lic. Pablo de la Garza. Me recibió con gran cordialidad y luego me informaba el que, el Gral. Calles había notificado a todas las autoridades federales, que se había visto precisado a expulsarme del estado puesto que me había convertido en defensor de reaccionarios.

El procurador me pedía ahora conocer mi versión de los hechos. Inicié mi explicación al Lic. De la Garza afirmando en primer lugar el que, aun cuando mis defendidos fueran reaccionarios—que no era el caso—, en un estado de derecho, todo mundo debe tener eso, derecho a representación legal por mas horrendo que pudiera ser su crimen. Procedí luego a darle una reseña de lo sucedido y el porqué mi actuación había sido en acorde con todos los principios de la legalidad, pues era el principio con el que siempre había actuado en la vida. El procurador entonces, en un acto de valor cívico, me ofreció el nombramiento de agente del ministerio público en la ciudad de Saltillo, y lo más dramático, ordenó se me adelantara un mes de sueldo pues ya no tenía ni para la siguiente comida.

Estando yo en Saltillo, la gente de Sahuaripa lanzó mi candidatura para la diputación local por el distrito, pero como no podía regresar el estado, pedí mi cambio a Mazatlán y estar un poco más cerca de mi tierra. Tuve que contender contra el coronel Gabriel Jiménez, quien era el candidato de Calles, pero gané la elección con amplio margen por lo cual, se aprobaban mis credenciales y se enviaba el decreto correspondiente al gobernador Calles, el cual lo regresó con una serie de observaciones. Pero ante la decisión del Congreso local, Calles tuvo que aceptar y de esa forma pude regresar al estado después de dos años desterrado. Obviamente que mi regreso causaba gran tensión, sobre todo, cuando con mayoría en el congreso, pugnaba por el desarrollo de un régimen estrictamente legal.

Ante el fenecimiento de la administración de Carranza y el país aun sin instituciones, Alvaro Obregón decide lanzar su candidatura a la presidencia mediante un novedoso sistema de clubes locales, cuya red política proveería la base para el “Gran Partido Liberal.” Obregón, al lanzar su candidatura, lo hacía expresando ideas puramente liberales, dando facilidades al capital y asumiendo una actitud de arbitro entre capital, trabajadores y el erario. Pero Carranza, quien no dejaba de expresar su temor a lo que llamaba la hegemonía sonorense, pretendía imponer a su candidato Ignacio Bonillas quien, curiosamente era también paisano y, ante los pronunciamientos de Obregón, enviaba al General Dieguez amenazando al gobernador afirmando el que si no secundaban la política del centro, enviaría 20,000 hombres armados para alinearnos por la derecha.”

En ese momento lo interrumpo. ¿Me estás diciendo que Obregón era liberal? Por supuesto, me responde, pero su liberalismo era original y puro, sin la contaminación del odio enfermizo hacia la iglesia que se profesaba desde los tiempos de Juárez. Obregón era un hombre que con lupa observaba lo que sucedía en los EU y Europa. Eso le permitía darse cuenta cómo, en un ambiente de libertad, la sociedad florece con sus instituciones y prospera. Pero también era muy consciente de que, precisamente por esa persecución enfermiza a la iglesia, en México la palabra liberal, ante un concepto totalmente deformado, era ya de un contenido casi repugnante. Entonces, se cuidaba mucho al utilizarla, pero su mensaje liberal era muy claro.

En abril Dieguez avanzaba a Sonora y don Adolfo de la Huerta, siendo gobernador, convalecía de una seria enfermedad por lo que yo, como presidente de la cámara, tuve que redactar un mensaje para el presidente Carranza en el cual le hacía ver que no había justificación para enviar el ejército a una entidad que se encontraba en paz, y dentro del régimen legalmente constituido. Luego de prepararlo, se le presentó al gobernador a quien le pareció agresivo y ordenó se detuviera hasta discutirlo con sus jefes militares, entre los que se encontraba el Gral. Calles. Se discutió, y habiéndome permitido participar en tal evento, logré convencerlos de no cambiar una sola palabra. Parte del texto del mensaje era:

“Tenemos confirmación que el ejecutivo a su cargo ordenó la movilización de tropas a esta Entidad Federativa. Usted afirma que obedece a necesidades de la campaña o a circunstancias que así lo ameritan.”

“De su comunicado al gobernador se desprende de manera incontrovertible, que las circunstancias que menciona no pueden ser otras que el propósito deliberado imperante en las esferas oficiales de la Federación, de realizar impunemente una burla sangrienta al voto popular con motivo de las próximas elecciones para presidente de la República.”

“En virtud y dadas las circunstancias especiales del caso, el Congreso del estado, en sesión de hoy ha tenido a bien acordar por unanimidad de votos, se manifieste a usted, de una manera atenta, pero categórica, que el pueblo de Sonora encuentra en la referida movilización un ataque inmediato y directo a su soberanía, y que, si el Ejecutivo a su cargo insiste en dicha movilización, será usted el único responsable de todas las consecuencias, puesto que los sonorenses nos concretamos a cumplir nuestro deber con dignidad.”

En lugar de Carranza, respondió don Luís Cabrera, quien era uno de sus colaboradores más cercanos, manifestando que la Constitución autorizaba al presidente para mover el ejército sin restricciones de ningún género. Me tocó entonces responder lo anticonstitucional de sus posiciones. Luego de enviar la respuesta, ahora sí muy enérgica, preparé lo que yo bautizaba como el Plan Hermosillo del cual uno de los diputados le informó al Gral. Calles y, para mi sorpresa, recibí una invitación para visitarlo en su casa. Luego de leerlo, Calles hizo una convocatoria para un traslado masivo a la ciudad de Agua Prieta, y establecidos ya en esa localidad, se me pidió afinar el plan para luego publicarlo como “El Plan de Agua Prieta.”

El documento marcaba la rebelión de los generales sonorenses en contra del régimen de Venustiano Carranza. El plan fue secundado por la gran mayoría del pueblo, el ejército y quedó reconocido por el propio Congreso de la Unión. Ello determinaba la caída del régimen de Carranza y don Adolfo de la Huerta, quien había sido nombrado jefe supremo del “Ejército Liberal Constitucionalista”, era designado presidente provisional de la República para convocar a elecciones.

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