Reflexiones libertarias
Feb 15, 2012
Ricardo Valenzuela

Conversaciones con el tío Gilberto (VII)

Mi participación en la política al lado del Gral. Obregón fue la experiencia más interesante y enriquecedora de mi vida profesional.

Es importante entender que México vivía toda esta vorágine ya como vecino del país más rico y poderoso del mundo; los EU. Pero más importante es entender el que, los EU eran ahora liderados por un hombre muy especial como lo fue Woodrow Wilson. Su administración fue uno de los grandes parte aguas de la historia mundial. Los EU, hasta entonces, se había concentrado en desarrollar sus inmensos recursos naturales utilizando una interesante estrategia, la de crear o importar la elite de la meritocracia. Disfrutaban todavía una economía basada en el original laissez—faire, y las únicas limitaciones a su economía libre eran aquellas impuestas por la creencia de su operación basada en un orden moral y natural creación de Dios, en lugar de uno estructurado y manipulado por los gobiernos creados por el hombre.

Pero por otro lado, las semillas del populismo, el surgimiento de las ciudades habitadas por una clase media progresista y, sobre todo, el romántico reformismo y altruismo nacionalista de Theodore Roosevelt, eran todos signos premonitorios de un cambio radical que ya se perfilaba en el horizonte. Bajo la administración de Wilson, esos cambios se iniciarían para luego acelerarse con su participación en la catastrófica guerra mundial que destruyó la vieja Europa para siempre. Thomas Jefferson sabiamente había advertido de esa posibilidad y, con visión de profeta, pedía a las futuras generaciones permanecer ajenos a los conflictos europeos del futuro puesto que, según él, las guerras siempre terminan coartando la libertad.

Durante todo el siglo XIX y los primeros años del siglo XX, las fuerzas democráticas de la sociedad americana limitaban el papel del gobierno siguiendo los designios de Jefferson y Jackson cuando afirmaban que, los gobiernos obesos siempre estaban asociados a las fuerzas reaccionarias de los reyes, emperadores, los federalistas y finalmente Wall Street. Los sistemas impositivos opresores era sólo una conspiración para robar dinero de la clase trabajadora y luego distribuirlo entre la elite de la clase política. Cualquiera que hubiera escuchado las advertencias de estos sabios hombres, los hubiera también etiquetado de reaccionarios. La lucha por ese poder, a principios del siglo XX, estaba en su apogeo y como dormido y humeante volcán gestaba ya las guerras mundiales.

EU, el laboratorio de ese nuevo fenómeno que Adam Smith describía en su libro, La Riqueza de las Naciones, paria un desconocido fenómeno; la emergencia de las grandes corporaciones con su poder para la acumulación de los torrentes de capital, que se creaba en ese novedoso ambiente de libertad. Ante ese desconocido campo, la perpleja “inteligencia” se daba a buscar soluciones para neutralizar esa fuerza arrolladora de creación de riqueza, formación de poderoso capital, y volteaban hacia la posibilidad de crear un gobierno federal lo igualmente poderoso con todas las vías de intervención abiertas como el defensor del hombre ordinario frente a los excesos del poder corporativo. De esa forma, se iniciaba la lucha que definiera el siglo XX y sus dos guerras mundiales.

La idea de un sector público (el bien se requiere expandirlo) en oposición al sector privado (males potenciales; deben ser vigilados y regulados) daba vida a las posiciones de los actores. Los primeros, pensaban era necesario la expansión del estado y sus ingresos. Ante ese romántico panorama, al inicio del siglo XX, el estado era comparado con los galantes caballeros de la edad media en sus cargas para defender al pobre y débil, ejecutando acciones con gran benevolencia que, de otra forma, era dejar un campo libre para el egoísta sector privado. Si Nostradamus hubiera vivido en esa era, podría haber parido una interesante predicción de la clase de aparato opresor en lo que se convertiría ese generoso estado de principios del siglo.

En este entorno don Gilberto, a sus 29 años, asumía la Secretaria más importante de la administración de don Adolfo de la Huerta, tal vez por ello aprovechaba para extender su estancia en Europa, o tal vez fuera un reflejo inconsciente al ver las agresiones al estado de derecho que tanto amaba. A su regreso a México, con una nueva visión global, era tal el entusiasmo que mostraba por la diplomacia y los asuntos internacionales, que se le extendía un nombramiento en el servicio exterior como Cónsul en Japón.

Continua el tío: “Corría el año de 1922 y retrasé mi viaje a Japón para contraer matrimonio y tuve el honor de que el Gral. Obregón aceptara ser padrino de mi boda. Obregón, que desde 1920 ocupaba la presidencia, cancelaba mi nombramiento en el servicio exterior para ofrecerme de nuevo la Secretaría de Gobernación con una frase muy especial: ¿Se acuerda Licenciado cuando en Jalisco le afirmé que nuestras vidas de nuevo se cruzarían? Pues ha llegado el momento. De esa forma me sumaba ahora a su histórica administración.

Mi participación en la política al lado del Gral. Obregón, fue la experiencia más interesante y enriquecedora de mi vida profesional. El presidente, con gran decisión y, sobre todo, con su visión de estadista, se daba a la solución de esa grave problemática acumulada y multiplicada ante un pueblo desesperado e impaciente. El Gral. Obregón es el hombre que más he admirado: hombre de gran inteligencia, ecuanimidad, decisión y, sobre todo, de un valor indomable. Pero el panorama mundial ya apuntaba hacia una dirección diferente de sus visiones. Mi relación con él, aun admirándolo y respetándolo, era difícil puesto que yo también soy un hombre de férreas ideas y de un apego irrestricto a la ley. Ello, tal vez en ocasiones me hacía inflexible y, ante los ojos de otros, poco práctico. Pero la ley no debe buscar el pragmatismo, sino la justicia y en ello, si fui inflexible.

La situación política continuaba siendo un caos y operaban cientos de partidos en todo el territorio nacional. Los caciques regionales y estatales continuaban ejerciendo presiones y acumulando poder, haciendo la función del gobierno federal muy difícil. Era la época de los militares y yo era de los pocos civiles en el gabinete y, por ello, en repetidas ocasiones no me parecían las soluciones que se daban a ciertos problemas políticos. Eso me enfrentaba al presidente, pero siempre nuestra relación fue respetuosa y de mucha altura. Sin embargo, en ocasión de unas elecciones en San Luis Potosí, a mi juicio, se cometieron infinidad de irregularidades de parte de los dos candidatos a la gubernatura. Con toda la información me presenté con el presidente, recomendando se anularan.

El presidente, luego de escucharme, le pasó el asunto a uno de los Ministros de la Suprema Corte de Justicia para que dictaminara el caso. En el inter y a mi juicio, por no haber actuado en ese caso con la firmeza y claridad que la ley requería, los actos de violencia política se proliferaban en todo el país, por lo que decidí que, en esos momentos, no tenía cabida en el gabinete y renuncié. Tuve largas discusiones con el Gral. Obregón de lo más fructíferas, amigables y positivas, pero al ver mi decisión era firme, finalmente me la aceptó. El Gral. inclusive, después de eso, conociendo mi gran interés por los asuntos económicos, me ofreció la Secretaria de Industria y Comercio para sustituir a Miguel Alesio.

Volvimos a platicar largamente y entre los dos decidimos que, en esos momentos, mi camino debería ser la diplomacia por lo que me extendía el nombramiento de Ministro en Bélgica. En las siguientes semanas, partiría a Europa llevándome mi familia y a tu padre, que ya tenía un par de años viviendo con nosotros asistiendo a la escuela en la ciudad de México. A nuestra llegada a Bélgica, lo inscribía en el Real Ateneo de Bruselas.



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