MARTES, 28 DE FEBRERO DE 2012
Grecia y las lecciones de Harberger

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“Lástima que los griegos no consultaron a Harberger al ingresar al euro y más recientemente, cuando descubrieron que sus cifras económicas eran pura ficción: les hubiera aconsejado en ambos casos tener presente un dato, antes que cualquier otro: el nivel del tipo de cambio real y actuar en concordancia para mantenerlo saludable.”


Quizá la noticia más importante de la semana en temas económicos globales, fue el anuncio del rescate financiero que la cofradía del euro aprobó para evitar que Grecia suspendiera los pagos en su deuda, evitando así consecuencias de enorme gravedad que hemos venido discutiendo en esta columna desde hace más más de dos años.

La precaria situación financiera de Grecia está en los encabezados desde entonces y ha dado lugar a una hemorragia incontenible de juicios fallidos y acciones equívocas por parte de la comunidad financiera mundial, que transmutaron una situación fácil de superar en una crisis dónde la existencia misma del euro está en entredicho.

En el fondo y al centro de la tragedia griega, se ubica un problema que ha sido objeto de análisis detallado por muchos años en los trabajos de Arnold C. Harberger, el gran economista a quien celebramos en la última reunión de la Alianza de Álamos a la que hice referencia en mi Aquelarre Económico de la semana pasada.

La esencia del calvario griego se ubica en que su tipo de cambio real, tema sobre el que Harberger ha hecho aportaciones originales y de gran relevancia práctica, se encuentra completamente descoyuntado del nivel que debiera tener para que la economía griega aspirara a ser remotamente competitiva.

Antes de que mis queridos lectores abandonen este texto por incomprensible, permítanme aclararles que el tipo de cambio real no es otra cosa que la paridad de la moneda de un país en términos de la moneda de otro, ajustada por los distintos aumentos en los precios de bienes y servicios ocurridos en ambos.

Para ilustrarlo en el caso de México, el tipo de cambio real del peso frente al dólar en un momento dado, mide lo que puede comprar una moneda al cambiarla por la otra, lo que obviamente depende no sólo de la paridad (el tipo de cambio nominal) que exista entre la dos, sino de cómo se han movido los precios en ambos países.

En mi ejemplo del peso mexicano, el tipo de cambio real fluctúa de la mano de su paridad frente al dólar, pero también en función de cómo se comportan ciertos costos clave, sobre todo los de la mano de obra, ajustados por cambios en su productividad, que en esencia miden la variación en la competitividad internacional de los países.

Grecia se integró a la Unión Monetaria Europea en 2001 y adoptó al euro como su moneda. A partir de ese momento dejó de tener la posibilidad de ajustar su paridad (tipo de cambio nominal) en función de desequilibrios externos, cambio en el precio relativo de exportaciones e importaciones o giros en las expectativas de la gente.

Adoptar el euro implicaba que Grecia se comprometía a mantener sus costos de producción, sobre todo los de su factor productivo esencial, el trabajo –el capital fluye entre países de tal forma que sus costos tienden a ser más o menos homogéneos-, bajo un rígido control para defender así su competitividad internacional y aprovechar cabalmente los menores costos de transacción que conlleva pertenecer al euro-club.

Por contra, lo que hizo Grecia fue celebrar su acceso al euro con una francachela que duró una década, en la que los salarios y prestaciones de sus trabajadores subieron como la espuma mientras que las bajas tasas de interés permitieron que los griegos se endeudaran como nunca antes a costos muy reducidos.

Traducido a términos Harbergerianos, el tipo de cambio real de Grecia se fue por los cielos reflejando que sus costos de producción así lo hicieron, frente a una paridad nominal ahora férreamente inamovible al ya no existir el dracma sino el euro, y ante la imposibilidad del país de devaluar una moneda que ya no era solamente suya.

La solución para el caso de Grecia no es fácil pues su tipo de cambio real no puede arreglarse salvo de dos maneras: abandonando el euro, lo que llevaría a una fuerte depreciación de una nueva moneda; o recurriendo a una “devaluación interna,” es decir, de perseverar con el euro habría que deprimir los costos internos –en especial los salarios de los trabajadores- en niveles que se antojan imposibles, como de ¿50%?

Lástima que los griegos no consultaron a Harberger al ingresar al euro y más recientemente, cuando descubrieron que sus cifras económicas eran pura ficción: les hubiera aconsejado en ambos casos tener presente un dato, antes que cualquier otro: el nivel del tipo de cambio real y actuar en concordancia para mantenerlo saludable.  

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