Hablando en plata
May 25, 2012
Luis Pazos

La costumbre de la corrupción

Los mexicanos no son corruptos por naturaleza, sino que el corporativismo, las empresas “públicas”, la ausencia de rendición de cuentas de los gobiernos estatales y la sobrerregulación, son un caldo de cultivo para fomentar la corrupción.

En México nos enfrentamos no solo a la corrupción de un partido, sino a una corrupción estructural, que se convirtió en costumbre, enquistada en casi todas las estructuras sociales.

En el libro Los ricos del gobierno sostengo que la corrupción no es sólo de funcionarios públicos. En la mayoría de los actos de corrupción en el gobierno hay socios del sector privado, que se benefician con contratos, compras de terrenos por debajo de los precios de mercado y ventas al gobierno con sobreprecios. Comento como algunos medios de comunicación reciben en varios estados cuantiosas sumas de dinero en efectivo para callar la corrupción de gobernadores.

Es costumbre en tiempos electorales desviar recursos materiales y financieros de gobiernos estatales y sindicatos hacia los candidatos. Se otorgan privilegios a corporaciones a cambio de votos. Y se integran grandes bolsas de dinero en efectivo entre los gobernadores para sus candidatos.

En la medida que más ciudadanos conozcan los mecanismos mediante los cuales los funcionarios públicos desvían recursos impunemente y se cambien las leyes para reducir estructuralmente la corrupción, será posible disminuir el número de ricos del gobierno y que esos recursos se inviertan en infraestructura y empleos.

Los mexicanos no son corruptos por naturaleza, sino que el corporativismo, las empresas “públicas”, la ausencia de rendición de cuentas de los gobiernos estatales y la sobrerregulación, son un caldo de cultivo para fomentar la corrupción.

La solución, terminar con el corporativismo, abrir monopolios estatales a la inversión privada, pedir cuentas claras a los gobernadores, para lo que se debe reformar la Constitución y desregular.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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