LUNES, 25 DE JUNIO DE 2012
El planificador central que todo político lleva dentro

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Godofredo Rivera







“Los peores candidatos son aquellos que prometen más, los que piensan que es el gobierno el que debe ser el “motor económico”, el impulsor de la ciencia y el desarrollo, el proveedor universal de todo.”


Al margen de quién gane la contienda electoral presidencial de México, la única impresión que me queda, es que todos de algún modo son amantes (aún sin quererlo en el caso de algunos) del modelo de planificación central, ese que mató y colapsó a la Unión Soviética y satélites de Europa del Este. Unos matizan sus posturas, pero ninguno deja de hablar de apoyar la ciencia y la tecnología, dar más becas a todos, subsidios y más subsidios a la industria, de crear un sistema de jubilación universal (ésta es la postura más peligrosa, pues representa una propuesta social demócrata que está fiscalmente reventando a Europa, que ojo, ya atravesó antes por sendas de crecimiento económico que México no ha tenido), crear fastuosas secretarías de la ciencia, de la cultura, y más y más entidades burocráticas que supuestamente serán la salvación de la economía mexicana.

En esta página, hay también algunos lectores que no entienden que no es el modelo de planificación central la salida para México; algunos hablan de “apostarle todo a la ciencia”, de crear nuevos mega monstruos burocráticos que planeen “la actividad científica”. Otros hablan de que nuestro error es que no se ha “apoyado” a la educación pública y a la ciencia, de que no se ha apoyado a tal o cual área científica de estudios. Todos estos comentarios y deseos de la gente y de los políticos, aunque bien intencionados, ignoran lo que está detrás del éxito económico de un país: propiedad privada, un sistema de precios que funcione correctamente y libertad individual, lo que incluye a la esfera económica.

A los lectores y políticos distraídos les recuerdo lo que es un planificador central. Un planificador central es un ente burocrático, compuesto por hombres “súper sabios” que deciden qué, cuanto y para quién producir. Deciden qué es lo crucial para el resto de los individuos (la enorme mayoría), cuáles son los sectores que hay que desarrollar y consolidar. Por ejemplo, en la Unión Soviética se decidió que era la industria militar y espacial las que recibirían todo el apoyo del gobierno (pensaban que con ello se industrializaría el resto de la economía, vaya arrogancia del planificador central). Pero los burócratas no sólo deciden qué bienes son los esenciales para el pueblo, sino también cuáles bienes no han de producirse o de plano deben recibir una muy menor atención y apoyo gubernamental.

Los planificadores centrales pensaban que su esquema era superior al esquema capitalista, al que consideraban inferior, pues afirmaban que ahí lo que predominaba era el egoísmo, el desorden, el desperdicio, el caos, la ausencia total de planeación (como si las empresas y las familias fueran de pronto incapaces de planear su futuro; otra vez, vaya arrogancia).

¿Cuál es el problema del planificador central? ¿Cuál es su talón de Aquiles? Simple, el sistema de precios y la propiedad privada sobre los medios de producción.

Al eliminar el sistema de precios como un indicador de las prioridades de la sociedad en lo tocante a sus necesidades, quedó en manos de los planificadores cuantificar la producción para satisfacer las necesidades básicas de la población, pero las cosas no son tan simples así, también hay que prever la producción de materias primas y bienes de capital. El planificador, al decidir lo que se va a producir, en qué cantidad y como se va a producir, también está tomando la decisión de qué bienes no se van a producir y por ende qué necesidades no se van a satisfacer. Aunque un planificador socialista nos maree con un cuadro de insumo-producto y sistemas de ecuaciones complicadísimos, lo que se va a producir y lo que se va a dejar de producir es una decisión política y no económica, y en muchos casos, totalmente subjetiva y no técnica. Al desaparecer la competencia entre productores privados (ausencia de propiedad privada) y la búsqueda de ganancias (incentivos a encontrar nuevos caminos de innovación para producir más a menor costo y con una mayor calidad), y la constante evaluación de costos versus precios, se destruyen los indicadores de eficiencia económica necesarios para el acto de planificar. Todo esto no puede sino conducir a situaciones de sobre oferta de algunos bienes y escasez en la producción de otros (de risa, en la Unión Soviética sobraban submarinos nucleares, pero era escaso el papel sanitario, por decir, un sutil ejemplo), la utilización de tecnología y procedimientos obsoletos, así como despilfarro de materias primas. Quién no recuerda las carcachas que circulaban en la Alemania socialista comparados con los súper carros nuevos de la Alemania capitalista.

No es ningún secreto que en los sistemas socialistas del siglo XX se desarrolló un gigantesco mercado negro y especulativo, como es práctica normal en las economías que mantienen precios fijos que no reflejan el verdadero estado de la oferta y la demanda (precios sombra). En estas economías suelen ser las colas y el racionamiento lo que reemplaza las subidas de precios (cuando los cubanos defienden su modelo socialista en relación a que los precios son los mismos desde hace 50 años, vergonzosamente omiten hablar de la escasez de muchos productos básicos, el racionamiento y las tremendas colas para un cubano normal -la gran mayoría, no un empleado del gobierno- para conseguir, por ejemplo, una cerveza, otra vez de risa; ya ni hablemos de conseguir un teléfono celular nuevo).

Los políticos mexicanos hablan de que crearán nuevos mega bancos de desarrollo para apoyar a la vivienda, a la pequeña y mediana industria, a la ciencia, para financiar estudiantes, y un larguísimo etcétera. Otra vez, la tragedia de la planificación central.

Es el sistema de libre mercado (competencia e intercambio libre entre los individuos), la existencia de propiedad privada plenamente reconocida ante la ley (empezando por la de los medios de producción) y la libertad individual para planear el destino, lo que despega a una nación hacia el desarrollo. El papel del gobierno se limita a ser un garante de la ley y a evitar externalidades negativas entre los individuos y las empresas.

Gobiernos todo poderosos, que planeen, conduzcan, coordinen y orienten a la actividad económica están condenados al fracaso.

Ya que se acercan las elecciones, no es mi papel decirle al lector por quién votar, lo único que puedo hacer (para no verme como un planificador central político) es señalar que los peores candidatos son aquellos que prometen más, y lo peor, son aquellos que destacan que es el gobierno el único ente que debe ser el “motor económico”, el impulsor de la ciencia y el desarrollo, el proveedor universal de todo (desde vivienda, educación, becas permanentes hasta la pensión universal, de la cuna a la tumba).

La decisión está en sus manos amigo lector.

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