MIÉRCOLES, 12 DE SEPTIEMBRE DE 2012
Ernesto de la Peña, el mayor mexicano

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Gracias, don Ernesto, señor de la dichosa palabra. Gracias por desearnos, como cotidianamente hacía, todos los privilegios de la vida. Usted los vivió.”


Cuando se va un gran hombre pero siguen vivos los malhechores, una voz de impotente protesta me nace, espontánea e impetuosa; desde mi mente, corazón, o desde donde tenga yo ubicado mi sentido de la justicia.

Me pregunto ¿por qué? ¿por qué él, mientras se quedan vivos tantísimos que perjudican, rebajan, molestan, estorban, impiden, vociferan, juzgan sin fundamento, concitan la división y el odio, atacan, o se les antoja mi bolsillo? Están afuera y adentro de las cámaras legislativas. Fuera y dentro de los gobiernos. Y dentro y fuera de ese ectoplasma que gravita en nuestro ambiente: los “intelectuales”, indispensables en la televisión y el comentario, las conferencias y las entrevistas; pero usualmente tan poco inteligentes que se hacen predecibles, por partidarios de la más correcta corrección política: practicantes de una deficiente integridad ética e intelectual.

Ayer, junto con muchos, me enteré con estupor de que había muerto el mayor de los mexicanos. No ahorro calificativos y no exagero: el mayor de los mexicanos. ¿Cuál otro compite con él, en escasísima compañía, en la más alta cumbre del arte, la música, las religiones (siendo agnóstico), la lengua castellana, la lengua universal, la poesía, y cuánto más? ¿Quién más, en este país, es capaz de leer en sánscrito, hebreo, ruso, alemán, árabe, latín, hasta llegar a leer con provecho en unas 33 lenguas? ¿Quién más aprendió todo eso por ganas de leer literatura suprema en su lengua original?

Muy poco lo conocí en persona pero lo seguí casi obsesivamente, gracias al benemérito Instituto Mexicano de la Radio. Recuerdo una conversación privada. Mientras presentaba don Ernesto el libro definitivo sobre la Capilla Sixtina, del P. Heinrich Pfeiffer, hablé con él de una de nuestras particulares pasiones: la ópera. Me dijo literalmente: “Si a usted le gusta tanto la ópera, es usted una persona decente”. Vaya elogio, por boca de un hombre decentísimo.

Me asombró tal honra, y luego deduje de qué dimensión era el gusto de don Ernesto sobre una obra de arte, para considerar como algo de supremo valor moral el amor por ella. La ópera —se cansó de decirlo en sus comentarios sobre Wagner, de los que mucho aprendí— aspira a ser Gesamtkunstwerk, obra completa de arte: ideal wagneriano para una obra que mezcla toda manifestación del arte, y en que él escribía toda la música y el texto. Mucho ayudaron sus comentarios para convertirme —más de lo que ya era— en seguidor de la obra de ese gigante alemán. En una de sus últimas entrevistas relataba cómo había pasado una tarde reciente oyendo el último acto de Parsifal. Yo lo he hecho repetidamente con El Anillo del Nibelungo y con esa epopeya de la redención por el amor, Tannhäuser.

Apenas cinco días antes recibió don Ernesto un premio desde el Palacio de la Magdalena, en mi entrañable, bellísima ciudad de Santander. Hoy en Bellas Artes, a nombre de la Academia Mexicana de la Lengua, oí a Jaime Labastida evocar vívidamente y desde una humanidad sin concesiones, el dolor por perder al amigo y al señor de la palabra dicha; es decir, la palabra de dicha. Al hombre completo que goza del sabor de la cultura, como del de la buena comida y el buen humor.

Evoco necesariamente a otro grandioso mexicano, también melómano, cinéfilo y cultísimo. Y buen hombre, el mayor elogio; generoso, enamorado del buen saber, y buen amigo: Raúl Ortiz. Gran memorioso, a quien conocí gracias a Armando Ayala Anguiano en unos cursos sobre James Joyce, y poseedor de una fabulosa biblioteca.

Y digo memorioso con un dejo de admiración por una de las cualidades que forman a los grandes sabios, y de la que soy muy fallo: la memoria. A veces pienso que si yo recordara siquiera un tercio de lo que he conocido en mi vida, sería un sabio. No lo soy: puesto que no lo recuerdo, no lo he aprendido y no lo sé. No puedo ser sabio si olvido, y no es que no me importe lo que algún día conocí; pero la memoria depende de facultades y amarres que vienen en el hardware cerebral, de los que desgraciadamente carezco.

Ernesto de la Peña, el mayor mexicano. Hace cosa de 15 años, lo mismo dijo Ikram Antaki de Octavio Paz. Esa gran mexicana a quien tocó en suerte nacer en Siria lo llamó la mayor mente del mundo en su tiempo. ¿Quién había en todo el planeta, cerca de su muerte en 1998, que pudiera competir con Paz en sapiencia cultural y claridad intelectual? Y digo yo, ¿quién podría competir en ese mismo campo hoy con Ikram Antaki, que muy prematuramente nos dejó en 2000?

Sólo Ernesto de la Peña, el mayor de los hijos de este país en este siglo, si bien quedan muchos grandes mexicanos más. Ayer nos dejó. Pero, como los que lo antecedieron, nos dejó su obra. Gracias, don Ernesto, señor de la dichosa palabra. Gracias por desearnos, como cotidianamente hacía, todos los privilegios de la vida. Usted los vivió.


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