VIERNES, 28 DE SEPTIEMBRE DE 2012
Competencia y responsabilidad personal

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“¿Qué se necesita para que el empresario actúe prudentemente? Los incentivos correctos: competencia y responsabilidad personal, sin ninguna limitación, en ningún caso.”


Una y otra vez escucho, sobre todo en mis conferencias, que el gobierno, el nuestro y los demás, debe regular la actividad de los agentes económicos con el fin de que estos no cometan imprudencias por las que, no pocas veces, acaban pagando justos por pecadores. Y no pocas veces, quienes defienden la tesis a favor de tales regulaciones, se refieren, de manera especial, y con una mezcla de recelo y temor, a los banqueros: el gobierno debe regular a los banqueros para que no cometan imprudencias que podrían dar como resultado, no sólo su quebranto, sino también el de sus depositantes y acreedores.

Al margen de qué tipo de regulación es la que el gobierno debería imponer, y sin pasar por alto la cuestión de qué tan honesto y eficaz puede ser el gobierno como regulador, no debemos pasar por alto que dos elementos indispensables para que los agentes económicos se comporten de la mejor manera posible, mejor manera de comportarse a la cual pertenece, entre otras virtudes, la prudencia, son la competencia y la responsabilidad personal, sobre todo en el mundo de la actividad económica, en general y, en concreto, en el mundo de los negocios. Competencia y responsabilidad personal.

¿Por qué la competencia? Si yo, como oferente de algún bien o servicio, tengo competencia en el mercado, motivo por el cual mis clientes tienen la libertad de elegir entre mi oferta o la de otros, yo debo comportarme con ellos de la mejor manera posible, y servirlos como quieren ser servidos. De no ser así me dejarán por alguno de mis competidores, con las consecuencias que ello puede traer para mi negocio y para mi patrimonio.

¿Por qué la responsabilidad personal? Nuevamente: si yo, como oferente de algún bien o servicio, sé que de cometer alguna imprudencia, independientemente de cuál sea mi giro (por aquello de que es estratégico para dejarlo quebrar), y al margen de cuál sea el tamaño de mi negocio (por aquello de que es demasiado grande para dejarlo quebrar), tendré que enfrentar las consecuencias de mis actos imprudentes, sin posibilidad de que aparezca papá gobierno para rescatarme, si yo sé todo ello, entonces actuaré de la manera más prudente posible, cuidando lo que es mío, lo cual, en el mundo de los negocios, supone cuidar de mis clientes.

Los seres humanos respondemos a los incentivos, y en el mundo de los negocios la ausencia de competencia y la falta de responsabilidad personal incentivan conductas imprudentes, de la misma manera que la responsabilidad personal y la competencia incentivan exactamente lo contrario: conductas prudentes, con esa doble prudencia que debe tener todo empresario: para con él y para con sus clientes, sin olvidar que la prudencia para con él pasa necesariamente por la prudencia para con sus clientes. Empresario que no actúa prudentemente cara a sus clientes no lo hace cara a sí mismo. ¿Y qué se necesita para que actúe prudentemente? Los incentivos correctos: competencia y responsabilidad personal, sin ninguna limitación, en ningún caso.

• Competencia

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