Sólo para sus ojos
Mar 27, 2006
Juan Pablo Roiz

La "plancha" de Felipe

Calderón no estuvo ahí y fue un grave error. No sabemos si fue torpeza o miedo a que le criticaran por ser “el candidato de los banqueros”. Puede ser que esté rodeado de esos tipejos despreciables que sólo buscan un hueso.

Colgada al cuello una plancha que dice “Convención bancaria” el candidato Felipe Calderón cae desde la roca de “la quebrada” en Acapulco. Así fue la caricatura de Paco Calderón el viernes pasado. ¿Injusta? No, precisa y aguda.

 

Electoralmente los asistentes a la reunión anual de la banca en Acapulco son, entrados al juego de los grandes números, irrelevantes. Sin embargo, dicha convención era un lugar más que propicio, aprovechando los reflectores de los medios de comunicación, para que el candidato del PAN hubiese planteado a todo el país, a todos los electores, especialmente a esos indiferentes e indecisos que pueden tener la llave para el triunfo en la contienda del 2 de julio, el discurso de prosperidad, equidad ante la ley, competencia para la productividad que representa. Alguna malhadada decisión le hizo cancelar, en la víspera, su participación en ese mal llamado cónclave de los banqueros. Fue, adivinamos por los titubeos que la precedieron, una decisión que debió causar acaloradas discusiones en su círculo de colaboradores cercanos. Fue una mala decisión.

 

No se trataba de que Calderón convenciese a los asistentes a esa reunión –la mayor parte empleados o ejecutivos de la banca, más que accionistas o banqueros en el viejo sentido de la palabra- de la bondad de su propuesta frente a las de sus dos principales adversarios. La mayor parte ya están convencidos, tal vez no tanto por la elocuencia de Calderón como por las desastrosas propuestas de Andrés M. López y la falta absoluta de credibilidad del PRI en general y de Roberto Madrazo en particular. Sin embargo, la naturaleza de esta reunión, en la que se pasó revista a varios de los frutos de la estabilidad económica de la que disfrutamos y de la extraordinariamente responsable conducción de las finanzas públicas, no podía ser más propicia para los propósitos electorales de Calderón. Con justicia, y de ello apenas dieron cuenta los medios de comunicación (enfrascados en mezquinas politiquerías los más de ellos), el presidente Vicente Fox recibió un entusiasta y espontáneo aplauso de varios minutos; otro tanto sucedió en el caso del Secretario de Hacienda. No fue el aplauso de unos banqueros codiciosos en complicidad con autoridades corruptas (ese es discurso-basura, mentira que endulza el oído de resentidos sociales), fue el aplauso de cientos de mexicanos que han visto, por fin, que este país empieza a generar un futuro de prosperidad en el que todos cabemos, salvo aquellos que amargados y frustrados por los discursos para perdedores, quieran sustraerse a ese llamado a la prosperidad dentro de la libertad.

 

Las cifras y los hechos son elocuentes. Por primera vez en décadas los mexicanos podemos ver –en materia económica- que los salarios se recuperan, que el crédito para comprar casas, automóviles, emprender proyectos productivos del tamaño que sean, está por fin disponible en condiciones ventajosas para los usuarios: tasas fijas en pesos a plazos largos. A menos de un kilómetro de donde se celebró la convención de la banca se edifican aceleradamente nuevos conjuntos de viviendas a precios accesibles, se trata de viviendas bien construidas, modestas pero de buen gusto, accesibles para un oficinista, una secretaria, un peluquero o un chofer. Esa realidad, más elocuente que el mejor discurso, es posible hoy gracias a un gobierno que, con todos sus defectos reales o inventados, ha hecho extraordinariamente bien la tarea en el frente macroeconómico. Tan bien ha hecho esa tarea que aún para los más escépticos empieza a quedar claro que los áridos asuntos macroeconómicos –control de la inflación, equilibrio fiscal, sólida política monetaria, legislación moderna en el sector financiero, saneamiento a fondo del sistema bancario, creación inteligente de nuevas opciones de financiamiento no bancario y demás- sí tienen una traducción directa en los bolsillos de todos los mexicanos, en este caso para bien.

 

Calderón debió haber estado ahí para garantizarnos a todos –no sólo a quienes trabajan en la banca- que esa política responsable, creativa e inteligente, seguirá los próximos seis años. Calderón debió haber estado ahí para que no quedara duda de que es el mejor candidato para continuar y consolidar esos formidables avances. Calderón debió haber estado ahí para mandar el mensaje inequívoco de que las otras dos opciones electorales –López y Roberto Madrazo; mucho más el primero que el segundo- amenazan seriamente la posibilidad de que continuemos por este camino de bienestar y crecimiento.

 

Calderón no estuvo ahí y fue un grave error. No sabemos, nunca habremos de saberlo, si fue torpeza o miedo a que los vocingleros –estruendosos pero sin sustancia- le criticaran por ser “el candidato de los banqueros”. No sabemos si algún “genial” asesor o asesora le dijo que López (al que los papanatas de los medios de comunicación otorgan una especie de magisterio infalible, como si fuese el sumo pontífice de las chachalacas) le criticaría si Calderón atendía la invitación de la banca. Si así hubiese sido, Calderón tiene un serio problema: Tiene incrustados en su equipo a seguidores de esos papanatas, como por desgracia le pasó a Vicente Fox, quien aceptó –candoroso– dentro de su equipo a basura del tipo Alfonso Durazo que hoy -perdedor entre los perdedores- corre presuroso tras un hueso en las infanterías de López. Tipejos despreciables.



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