Aquelarre Económico
Nov 6, 2012
Manuel Suárez Mier

Francisco R. Calderón

Gracias al maestro generoso, al mentor extraordinario y al amigo inolvidable, cuya presencia seguirá conmigo el resto de mi vida.

Acaba de morir mi mentor y entrañable amigo Paco Calderón, con quien tengo una deuda intelectual y profesional enorme. A él debo haber aprendido economía clásica que no se enseñaba sino ocasionalmente en la Escuela Nacional de Economía, en largas y sabrosas sesiones en las que discutíamos la marcha económica de México.

Conocí a Paco en 1965 cuando fue contratado por la Confederación de Cámaras Industriales (Concamín) como subdirector para Asuntos Económicos. Yo había entrado a trabajar allí como aprendiz y seguiría haciéndolo mientras estudiaba la licenciatura en la UNAM.

En cuanto nos conocimos se empezó a forjar una estrecha amistad, a pesar de los formalismos de rigor en esa época –nos hablamos de usted durante muchos años- y pronto empecé a trabajar directamente con él y a aprender lo más que pude de sus enormes conocimientos de la historia y la situación económica del país.

Cuando Paco no tenía con quien comer, cosa que afortunadamente ocurría con frecuencia, me invitaba a que fuéramos al Club de Industriales que en aquel entonces quedaba en el primer piso del mismo edificio dónde se ubicaba la Concamín y allí seguíamos conversando. Esas charlas me fueron revelando su inmensa cultura y memoria colosal, materias primas esenciales para un gran maestro como él.

Para mi resultó utilísima la lectura de sus obras, realizadas bajo la dirección de don Daniel Cosío Villegas y el patrocinio del Banco de México, la Historia Económica de México en la República Restaurada –por la que obtuvo el Premio Nacional de Economía otorgado por Banamex- y durante el Porfiriato, pero poder discutir esos textos con su autor y adentrarse aún más en los temas fue extraordinario.

Recuerdo una de esas conversaciones en la que discutimos la manera por demás imaginativa con la que José María Iglesias, primer secretario de Hacienda de Benito Juárez, hizo frente a la penuria del erario que se encontró al fin del Segundo Imperio y la talentosa forma en la que renegoció la deuda pública, mientras caminábamos detrás de la carroza de Juárez, acto con lo que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz decidió conmemorar el centenario de la restauración de la república en 1967.

Entre las muchas aventuras que me tocó compartir con Paco sobresalen las vinculadas a los intentos de integración económica latinoamericana que se realizaron en los años sesenta del siglo pasado, esfuerzo en el que la Concamín y Calderón estuvieron muy involucrados y que dieron lugar a múltiples viajes a Sudamérica.

El entusiasmo de Calderón por la integración regional era contagioso, y al regreso de sus viajes traía siempre historias magníficas y nuevas costumbres, como la de sorber mate que adoptó de Argentina o la de practicar el portugués, que llegó a hablar tan bien que los taxistas de Río de Janeiro le preguntaban de qué parte de Brasil venía.

Paco fue siempre un convencido impulsor de la economía de mercado y enemigo acérrimo de la pesada mano del intervencionismo burocrático en la economía por lo que tanto en la Concamín como en el Consejo Coordinador Empresarial, del que fue su primer director, libró gallardas batallas contra el populismo que asoló al país en la “docena trágica” (1970-82) y a favor del mayor liberalismo económico que lo siguió.

Siempre apoyó mi proyecto de estudiar el postgrado en economía, compartiendo sus experiencias en la escuela John F. Kennedy de Harvard y ayudándome en el proceso de preparar las solicitudes y los ensayos con las razones por las que yo quería estudiar en esas universidades. Me ayudó también a conseguir una beca de las Naciones Unidas que fue esencial para poder ir a la Universidad de Chicago.

En los muchos años que pasaron desde que dejamos de trabajar juntos a fines de 1970, Paco y yo nos seguimos viendo por lo menos una vez a la semana, salvo cuando me vine a vivir a Washington hace ya casi nueve años. Entonces nos veíamos sólo cuando yo viajaba a México o él venía a visitarme.

Lo recuerdo emocionado hasta las lágrimas cuando fuimos al Kennedy Center a ver Luisa Fernanda con Plácido Domingo y la Compañía Nacional de Opera, en su primera puesta de una zarzuela en Washington, que Paco había visto cantada por los papás de Domingo cuando era muy joven pero aún recordaba cada frase, ¡notable!

Gracias al maestro generoso, al mentor extraordinario y al amigo inolvidable, cuya presencia seguirá conmigo el resto de mi vida.



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