JUEVES, 15 DE NOVIEMBRE DE 2012
El laberinto de la desconfianza o la virtud espuria

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“México no puede ser relevante y ofrecernos una esperanza creíble hacia el futuro si sigue siendo ámbito de desorden y violencia; y el peor caldo para cultivar eso es ver a la desconfianza como virtud.”


En México la desconfianza es tan usual como la presunción de culpabilidad. El presunto culpable es criminal a menos que demuestre su inocencia (digan lo que digan reformas recientes que buscan combatir las prácticas históricas más arraigadas).

Es idéntico con la desconfianza: todo ciudadano es sospechoso de malas artes y se le trata a priori como mentiroso, si no malhechor, pillo o traidor. Y lo atornillan con el tipo de controles y garantías con que se combate a un falsario o mal ciudadano.

La gran e increíble diferencia con el presunto culpable es que en México parece correcto ser desconfiado: la desconfianza es una virtud. Confundimos la desconfianza (un juicio infundado sobre la sinceridad ajena) con la cardinal virtud de la prudencia. Letal confusión: mala calidad de nuestra vida pública, ineficiencia gubernamental, corrupción, violencia; la desconfianza provoca remolinos de tiempo y energía perdidos inútilmente. Es monstruoso que en México el honrado, el que dice la verdad y cumple su palabra parezca ingenuo o tonto, defecto que suena mejor cuando comienza con p. El daño contra la moral pública y hasta para nuestra visión de la vida es tan amplio como trágico.

El mejor entendimiento que conozco sobre la confianza viene de mi maestro Fernando Flores, que hasta un libro hizo sobre ella (Building trust, Oxford, 2001) junto con Robert Solomon, a quien conocí por su libro About Love (Madison, 2000). ¿Con quién mejor escribir sobre la confianza, que con quien ha estudiado con seriedad el amor?

Flores y Solomon añaden, a su devoción a la filosofía, su extendida práctica como entrenadores y maestros: respectivamente en comunicación, actos lingüísticos y negocios; y como educador de parejas.

La confianza, proceso de construcción de toda buena interacción humana, abre posibilidades en todo ámbito social. Y como la libertad, la vida, la salud, el dinero o el amor, la confianza se aprecia mejor cuando no existe. Esto que dicen ellos de un ambiente de trabajo puede trasladarse a todo aspecto de la vida: “Sin confianza, la comunidad se reduce a un grupo de esclavos salariales resentidos debajo de directores defensivos, cuando no codiciosos. La gente hace su chamba pero no empeña sus ideas, su entusiasmo, o su alma. Sin confianza, la empresa no es una comunidad sino un brutal estado de naturaleza: una guerra de todos contra todos donde el empleo tiende a ser repugnante, brutal, y corto.”

Ese parafraseo de Hobbes reconoce lo que vemos diariamente: la hipocresía cordial de quien aparenta confianza, sabedor de que no la hay; “A ver cuándo comemos, ¿no?”, “Sí, claro, yo te llamo” y ambos sabemos que no pasará absolutamente nada. Y qué tal la cortesía del que cede el paso en el elevador a las mujeres, pero cuando se sube al coche les mienta la madre y recobra su condición primigenia de energúmeno.

Hablando de energúmenos, es trillado y estéril pretender resolver problemas no con ley y autoridad sino con “diálogo” entre gente cuya confianza mutua es cero. Parece que no se trata de resolver conflictos sino de poner mesas de diálogo al estilo Creel y su Secretaría de Dialogación (omitiendo lo que daba nombre a esa dependencia: gobernar). El “diálogo” entre desconfiados, resentidos y resquemorosos es impostura y engaño, tan demagógico y mentiroso como llamar a una mazmorra, un apando o una escuela de criminales “Centro de readaptación social”. La mentira institucionalizada, lo más destructivo de nuestra vida social, prohíja  nuestra generalizada desconfianza.

Tal desconfianza y cortesía hipócrita tienen un correlato: la resignación cínica, el “ya ni modo”, “al fin que ni quería”, “te lo dije, no se puede”. Y el resentimiento: culpar a otros y combatirlos con toda violencia, desde el insulto hasta el asesinato. A nivel personal, de familia o país se ven las gravísimas secuelas en el actual ánimo de frustración y furia. Si sigue así, México va derecho al caos y la violencia A la mexicanísima traición. Al sufrimiento. A perder —¡una vez mas!— el futuro.

Hay remedio, y viene en el título del libro: Construyendo confianza. Se puede cultivar ésta, para toda persona y en todo país que se proponga ser civilizado y libre. La traerá la ley y lo que de ella emana, si predomina la libre voluntad del ciudadano, con respeto irrestricto a su capacidad de acción y al fruto de su trabajo.

No hay que confundir confianza con ingenuidad (por ejemplo, dar por buena una promesa que haga “como caballero” el decimonónico Jack el Destripador). No es desconfianza tener previsiones y salvaguardas. Contra quien falle habrá autoridad, policía, multas y cárcel. En EEUU es un grave delito mentir. Acá no sólo es indispensable ante leyes y prácticas diseñadas para morder sino que hasta está bien visto por una sociedad cínica, resignada y desconfiada. Sólo con seriedad puede construirse civilizadamente un espíritu de confianza que permita una sociedad cada vez más compleja, cuantimás en un mundo globalizado. Con desconfianza, es inviable una economía libre o una sociedad civilizada.

La confianza la construye diariamente la autoridad y persona que recurrentemente cumple promesas, obedece especificaciones, honra los contratos, dice la verdad, paga sus deudas, llega puntual, mide con precisión, sigue normas, cumple la ley. Pero también hace falta abrogar leyes incumplibles o expoliatorias que producen evasión y corrupción. La mordida no sólo nace del cinismo nacional sino de leyes, normas, señales de tránsito y reglamentos diseñados para obligarnos a embarrar la mano de quien impone cosas absurdas e incumplibles.

Finalmente, la confianza pasa por respetar la palabra: la dicha y empeñada, y la escrita. México no puede ser relevante y ofrecernos una esperanza creíble hacia el futuro si sigue siendo ámbito de desorden y violencia; y el peor caldo para cultivar eso es ver a la desconfianza como virtud: la más espuria, la más falsa y nociva. No concibo mayor y más productiva revolución social y proyecto educativo que respetar el valor de la palabra.

• Ética

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