VIERNES, 15 DE MARZO DE 2013
Competencia entre empresas y orgullo empresarial

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“El socialismo es moralmente incorrecto, políticamente autoritario y económicamente imposible.”
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“Lo que importa es la competencia, no la nacionalidad de los competidores, sin considerar del país de origen de los capitales que se invierten, porque lo importante es a dónde van no de dónde vienen.”


¿Cuál debe ser el principal motivo de orgullo del empresario? ¿Cobrar el mayor precio posible, y poder hacerlo como consecuencia de una concesión monopólica otorgada por el gobierno, que de manera artificial lo mantiene al margen de la competencia, o cobrar el menor precio posible, efecto de su productividad (capacidad para hacer más con menos) y de su competitividad (capacidad para hacerlo, sobre todo en materia de precio, mejor que los demás), productividad y competitividad que son consecuencia de la competencia que enfrenta en el mercado? ¿Cuál debe ser el principal motivo de orgullo de un empresario: el primero o el segundo? Es más, lo primero -cobrar el mayor precio posible, gracias a alguna concesión monopólica otorgada por el gobierno- ¿debe ser motivo de orgullo?

La pregunta -¿cuál debe ser el principal motivo de orgullo de un empresario con relación al precio que cobra por la mercancía que ofrece?- parte del supuesto de que no cualquier precio cobrado, ¡por más que voluntariamente lo paguen los consumidores!, ni cualquier manera de generar ganancias, ¡aceptando que el empresario debe generarlas y que las mismas son la mejor muestra de que el mismo está economizando!, es moralmente aceptable, siéndolo solamente aquellas ganancias que se generaron en mercados competidos, mismos que dependen, no del empresario, sino del gobierno y de las reglas del juego que el mismo impone, reglas del juego que deben permitir -por respeto a la libertad individual y a la propiedad privada- la participación de todo aquel, nacional o extranjero, que quiera y pueda participar, en todos los sectores de la actividad económica y en todos los mercados de la economía, sobre todo en los estratégicos, que son aquellos que proveen de algún bien o servicio al resto de la actividades económicas, de tal manera que su mucha o poca competitividad, es decir: su poca o mucha capacidad para ofrecer al menor precio posible, afecta (en el caso de poca competitividad) o apuntala (en el caso de mucha) la competitividad de otras actividades económicas.

Dado lo anterior es que el gobierno tiene la obligación de permitir la participación de todo aquel que quiera y pueda participar en cualquier (subrayo: cualquier) sector de la actividad económica, y en cualquier (subrayo nuevamente: cualquier) mercado de la economía, independientemente de que el participante sea nacional o extranjero, porque lo que importa es la competencia, no la nacionalidad de los competidores, sin considerar del país de origen de los capitales que se invierten, porque lo importante es a dónde van no de dónde vienen.

La reforma al sector de telecomunicaciones apunta en la dirección correcta, pero una golondrina no hace verano, y la pregunta es si el gobierno de Peña se seguirá de frente en la tarea de lograr la mayor competencia posible, en todos los sectores de la actividad económica, y en todos los mercados de la economía. PEMEX y CFE, empresas que operan, al margen de la competencia, en un sector estratégico de la economía, el de la energía, ¿están en la mira?

• Cultura económica • Competencia • Telecomunicaciones

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