LUNES, 25 DE MARZO DE 2013
La DSI y el mercado (I)

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Arturo Damm







“La utilidad social que se genera en el mercado, entendido como el intercambio entre oferentes y demandantes, es el mayor bienestar que logran la partes que han intercambiado, debiendo preguntar si es deseable, y sensato, exigir alguna otra utilidad social al mercado.”


Dice Mark Skousen que las escuelas del pensamiento económico pueden calificarse de acuerdo con su postura frente al mercado, pudiéndose identificar tres grandes corrientes. La primera, encabezada por Adam Smith, que considera que el mercado sí funciona, y que no necesita que nadie le ayude. La segunda, cuyo principal representante es Carlos Marx, que considera que el mercado no funciona, y que el mismo debe ser sustituido por la planificación centralizada de las actividades económicas. La tercera, liderada por John M. Keynes, que considera que, de vez en cuando, el gobierno debe intervenir para corregir los excesos y defectos del mercado, mismo que, sin esa intervención, no funciona bien. Así las cosas, las tres grandes corrientes de pensamiento económico son la smithiana, identificada como liberal; la marxista, reconocida como planificadora; la keynesiana, descrita como intervencionista.

Antes de continuar vale la pena definir tres términos: mercado, economía de mercado en el sentido literal de la palabra, y economía de mercado en el sentido institucional del vocablo.

El mercado es la relación de intercambio entre oferentes y demandantes, intercambio del cual ambas partes ganan, ya que el demandante valora más lo que recibe que lo que da, ¡si no no lo daría!, al tiempo que el oferente valora menos lo que da que lo que recibe, ¡si no no lo recibiría!, de tal manera que todo intercambio es un juego de suma positiva, gracias al cual ambas partes se benefician.

La economía de mercado, en el sentido literal del término, es aquel sistema económico en el cual el intercambio se ha vuelto la actividad económica central, de tal manera que se produce para vender y se compra para consumir, siendo el intercambio la actividad en torno a la cual giran todas las otras actividades económicas, por ejemplo: la producción (se produce para vender: escribo este artículo para vendérselo al periódico) y el consumo (se compra para consumir: usted compra este periódico para poder leer el artículo).

En el sentido institucional del término la economía de mercado es el conjunto de leyes y reglamentos que facilitan al máximo el intercambio entre oferentes y demandantes, y todo lo que está antes (la producción de mercancías) y todo lo que viene después (el consumo de satisfactores), para lo cual se requiere que esas leyes y reglamentos reconozcan plenamente, definan puntualmente y garanticen jurídicamente la libertad individual (laissez faire) para trabajar, emprender, invertir, producir, distribuir, comercializar, intercambiar, ahorrar y consumir, así como la propiedad privada (laissez avoir) sobre los ingresos, el patrimonio y los medios de producción (que forman parte del patrimonio del empresario).

Definidos así los términos, y clasificadas las escuelas del pensamiento económico según su postura frente al mercado, ¿en qué lugar se ubica la Doctrina Social de la Iglesia, la DSI del título? ¿Está a favor o en contra del mercado? Veámoslo.

En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia[1] leemos que 1) “el libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios”; que 2) “un mercado verdaderamente competitivo[2] es un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia: moderar los excesos de ganancias de las empresas; responder a las exigencias de los consumidores; realizar una mejor utilización y ahorro de los recursos (que, por ser escasos, deben utilizarse de la mejor manera posible)[3]; premiar los esfuerzos empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información de modo que realmente se puedan comparar y adquirir los productos en un contexto de sana competencia”.

Hasta aquí la DSI reconoce dos hechos innegables: 1) que el mercado (y en concreto la economía de mercado en el sentido institucional del término), es un medio eficaz para lograr el fin que es la satisfacción de las necesidades; 2) que la satisfacción de las necesidades es mayor y mejor en la medida en la que se logra la mayor competencia posible, en todos los sectores de la actividad económica, y en todos los mercados de la economía, lo cual da como resultado la competitividad de las empresas: menores precios, mayor calidad y mejor servicio, todo en beneficio de los consumidores. La enumeración de las ventajas que trae consigo la competencia es excelente.

Dicho lo anterior, se agrega que 1) “la utilidad individual del agente económico, aunque legítima, no debe jamás convertirse en el único objetivo, (ya que) al lado de ésta existe otra, igualmente fundamental y superior, la utilidad social, que debe procurarse no en contraste, sino en coherencia con la lógica del mercado”, momento de aclarar dos puntos.

Primero: tal y como lo vio Adam Smith, en el mercado, es decir: en nuestras relaciones de intercambio, los agentes económicos actuamos de manera egoísta, buscando nuestro provecho, ¡la utilidad individual!, y esa actuación egoísta, en función de la utilidad individual que busca tanto el oferente como el demandante, es la que hace posible los intercambios, con sus resultado inevitable: un mayor bienestar para todas las partes involucradas. El único objetivo que buscan los agentes económicos al intercambiar es la utilidad individual: el comprador compra, no para ayudar al vendedor, sino para ayudarse a sí mismo, y de la misma manera el vendedor vende, no para ayudar al comprador, sino para ayudarse a sí mismo, y lo interesante del caso es que de esas actuaciones egoístas ambas partes ganan, por una razón muy sencilla: si el vendedor quiere beneficiarse de la venta de lo que ofrece debe ofrecerle al comprador algún bien o servicio cuyo consumo le beneficie, y de la misma manera: si el comprador quiere beneficiarse de la compra debe ofrecerle al vendedor algo que le beneficie (que por lo general es dinero, con el cual el vendedor comparará aquello que necesita y cuyo consumo le reporta una utilidad individual). Se trata, ni más ni menos, de la mano invisible, muy citada pero poco entendida, mano invisible que es la metáfora que Smith usó para explicar el funcionamiento y resultado del intercambio: los agentes económicos, en el mercado, actúan de manera egoísta, buscando la utilidad individual, pero para conseguirla necesitan beneficiar a la contraparte, siendo éste el medio para lograr aquel fin. Cito a Smith: Cuando un agente económico –por ejemplo: un comprador– actúa en el mercado “sólo piensa en su ganancia propia; pero en este como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”, fin que es el que busca la contraparte del intercambio –en este caso el vendedor–. El intercambio, y por lo tanto el mercado, sólo se entiende a partir de la búsqueda de la utilidad individual.

Segundo: en el mercado solamente se beneficia uno –por ejemplo: el vendedor– si beneficia a otro –en este caso el comprador–, siendo todo ello un juego de suma positiva, de tal manera que la actuación egoísta de las partes da como resultado el bien común, el mayor bienestar (bien) de las partes (común) que intercambian, bien común, resultado del intercambio, que es la utilidad social que inevitablemente se genera en el mercado, algo que la DSI pasa por alto. La utilidad social que se genera en el mercado, entendido como el intercambio entre oferentes y demandantes, es el mayor bienestar que logran la partes que han intercambiado, debiendo preguntar si es deseable, y sensato, exigir alguna otra utilidad social al mercado. ¿Cuál sería? ¿Cómo se lograría?

Continuará el próximo lunes.


[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia; Conferencia del Episcopado Mexicano; 2006.

[2] En vez de competitivo debe decir competido.

[3] Paréntesis mío.

• Liberalismo • Cultura económica • Religión • Pensamiento económico

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