Reflexiones libertarias
Abr 10, 2013
Ricardo Valenzuela

Las medias tintas de América Latina

El cambio debe darse como en China: De la base de la pirámide hacia la punta. Es decir, los plebeyos presionando a las élites.

Ante un mundo navegando la tormenta de economías en declive, un mundo hundido en la confusión, el manto del estatismo encabezado por Barak Obama de nuevo cubriendo el planeta, vale la pena revisar la obra que retratara América Latina hace unos años. La frustrada historia de una seria transformación política y económica al sur de los EU fue narrada en el libro; “La Revolución Capitalista en América Latina”, escrito por Paul Craig Roberts y Karen Araujo.

La tragedia de América Latina, explican, es que durante los últimos 500 años sus países han vivido sólo bajo mercantilismo, planeación central y autoritarismo. Durante los siglos de dominación española, las autoridades de Madrid impusieron estrictos controles en la vida económica de sus colonias. Cada fase de la producción, distribución, consumo e intercambio, ha estado monopolizada y regulada por el Estado o a través de privilegios políticos depositados en los diferentes jugadores en este póquer de naipes marcados. Por lo mismo, la carga fiscal ha sido opresiva e insoportable, el saqueo incontrolable.

Las recompensas del control político sobre las diferentes actividades económicas de la sociedad fueron tan grandes, que era muy popular el tener subastas públicas para comprar esas posiciones regulatorias e impositivas de la corona de España. Corrupción, mordidas y robo eran los medios más rápidos y lucrativos de adquirir riqueza. Las únicas avenidas para enriquecerse eran la Iglesia Católica, el mercado negro, o el servicio público.

El espíritu individualista, la libre empresa y la competencia abierta, eran totalmente desconocidos. Aun cuando hubo algunos intentos para limitar el poder del estado sobre las actividades económicas en el Siglo XIX, el Siglo XX se distinguió por el reforzamiento de la herencia política y económica colectivista. América Latina ha estado dominada por socialismo, estatismo, corrupción y “el Estado benefactor.”

Los autores explican cómo nuestros países funcionan en lo que llaman “sociedades cerradas.” Sociedades en las cual los mercados están regulados o monopolizados por el Estado, sin libertad para la actividad empresarial del individuo, creatividad, para tomar riesgos, exploración, innovación etc. La sobrevivencia en las sociedades cerradas requiere conexiones, licencias, permisos, “honorarios” para poder participar en esos mercados. El costo de operar en este tipo de economías es mucho más alto que en sociedades libres deteniendo así la innovación, el desarrollo, y de esa forma incrementando el precio de bienes y servicios provocando realmente sean escasos y sumamente caros para el consumidor, saboteando la prosperidad de los pueblos.

En el caso de México, la economía ha sido concesionada como privilegio a un determinado “cartel empresarial,” a sindicatos monopólicos corruptos, o a la burocracia del Estado—algunas veces a una combinación de los tres. Grandes cantidades de dinero son ordeñadas como “ganancias políticas,” en cada fase de los procesos productivos en los campos controlados por esos carteles. Políticos de alto nivel, burócratas, líderes sindicales y hombres de negocios pegados a la ubre estatal, viven nadando en su riqueza mientras que el resto de la población vive en la miseria. El status social no se basa en el mérito, el trabajo, productividad, el éxito compitiendo justamente, sino en el número de conexiones familiares o personales con aquellos en las altas esferas del control político y el poder.   

Los autores describen brillantemente la ideología de la planeación central, intervencionismo, ingeniería social en la que se basaron los esquemas de los gobiernos para controlar el desarrollo de nuestros países. Bajo la influencia del socialista sueco, Gunnar Myrdal, quien por muchos años fue la cabeza de la conferencia sobre intercambio y desarrollo de las Naciones Unidas, economistas en los EU y Europa cocinaron una tras otra falacia económica para justificar por qué no se debía confiar en los mercados. En su lugar, de acuerdo con esos “expertos,” solo la planeación central y funcionarios gubernamentales podrían sacar al continente Latinoamericano de su pobreza.

En nuestra región establecieron su base más importante en la persona de Raúl Pelbrich a la cabeza de la OEA, economista de extracción marxista que por muchos años promovió con éxito sus teorías en toda América Latina y produjo retoños como el fatal Alan García en su primera versión, en México el orgullo revolucionario, Luis Echeverría, y en prospecto tenemos a El Peje que promete “mejorar” las hazañas de su ídolo Hugo Chávez.

El Dr. Roberts subraya que a pesar de los cambios que se han implementado en Perú, Brasil, Colombia y México en años recientes, de ninguna manera estos países se han convertido en bastión del capitalismo laissez-faire. Por el contrario. Él claramente enumera la regresión sufrida y la serie de radicales cambios que todavía se tienen que implementar, si algún día queremos construir sociedades libres. Y tal vez ese cambio deba darse como en China: De la base de la pirámide hacia la punta. Es decir, los plebeyos presionando a las élites.

Los autores afirman que constitucionalmente, cultural e ideológicamente, las premisas del estado benefactor intervencionista están todavía profundamente arraigadas en toda América Latina. La prueba más clara de esta afirmación, es la lucha de ciertas facciones políticas y empresariales en México para revertir todas las reformas que se han implementado en los últimos años al mismo tiempo que, un congreso controlado por hordas de Maos, ha bloqueado todos los esfuerzos con los que se pretende romper las cadenas que aprisionan el país, y lo mantienen pobre y desesperado.

Un poco antes de fallecer en el 2005, Jude Wanninsky, Presidente de la prestigiada firma consultora Polyconomics, en una cena en Nueva York me afirmaba:

“Si algún día México se arma con un sistema impositivo de bajo costo y competitivo, precios fijados por el mercado, acuerdos de libre comercio a nivel mundial y el resto de las reformas pendientes para realmente liberar su economía, con sus ventajas de ubicación, recursos naturales y demográficos, se convertirá en una de las áreas más promisorias del mundo para la inversión y de acelerado crecimiento económico, probablemente la más promisoria del mundo.

“México no debe de establecer objetivos modestos que invariablemente producen resultados anémicos, no debe seguir con sus medias tintas. Es hora de derribar todas las barreras mercantilistas y aniquilar el estatismo que durante siglos han mantenido al país muy por debajo de su potencial, para llevarlo hacia los rangos de los países más prósperos y desarrollados del planeta. Si no logra afianzar este proceso en las primeras dos décadas de este siglo, habrá perdido el tren de la modernidad que ya montan países como China, Australia y Nueva Zelanda.”

¡AMÉN!



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