JUEVES, 25 DE ABRIL DE 2013
Margarita la Grande

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Junto con Reagan, Thatcher ayudó a la implosión de la Unión Soviética al exhibir las ventajas civilizadoras de la libertad; siempre bajo la convicción de que quien sostenía sus principios, nada tenía que temer del comunismo ruso. Si ésa no es una figura histórica grandiosa, no sé qué pueda ser.”


La llamaban Dama de Hierro, mote que evoca a Otto von Bismarck, pacificador de Europa a base de guerras que dominó la política alemana por 30 años; partidario de gobernar “no con discursos y decisiones mayoritarias (…) sino con hierro y sangre”, como discurseó en 1862. Por algo lo llamaban Canciller de Hierro.

Él sí lo era,  mas no Lady Margaret Thatcher (1925-2013). Asociarla con el hierro evoca una voluntad firme pero también habla de rigidez y, en el peor sentido, mano dura. No hay que confundir una metáfora metálica con la fortaleza de carácter, como tampoco la temeridad con la valentía, el fanatismo con la convicción, o la intolerancia con la congruencia. Además, asociarla con el hierro limita su estatura. Prefiero asociar a Thatcher —por carácter y cualidades—no con el hierro sino con la grandeza: Margarita la Grande.

Entre políticos, gobernantes y grillos raramente se cultiva la grandeza. Afortunado el país que tenga un estadista o dos en un siglo: figuras históricas, hombres de estado con la visión de reorientar el discurso de un pueblo y su identidad ante el mundo. Pobre del que padezca a un destructor que prohíja dinastías de arruinadores con tufo a azufre, desde un totalitario fascista-nacional-socialista hasta populistas como Perón, Echeverría y su duradera progenie hasta recientes como Chávez, que un patético devoto reduce a canturrón pajarraco. También los destroyers hacen historia en este atribulado mundo.

Si es raro un estadista, aún más rara es la grandeza. Churchill fue idóneo para su época pero no lo veían así en 1940. Estuvo a un pelo de perder ante Lord Halifax, partidario de negociar con Hitler: los nazis habrían triunfado. Churchill decidió combatirlo aunque sufriese derrotas (salvo la Batalla de Inglaterra, que más bien fue error alemán); soportó dos años y medio de críticas terribles y feroces ataques hasta de su propio partido por una derrota tras otra, antes de El Alamein (nov. 1942). Sin duda Churchill tiene perfil de héroe pero no veo mucha grandeza en el guerrero valiente y reactivo anclado en el pasado, que además carecía de las virtudes morales propias de los grandes. No oigo hablar de Winston el Grande.

Veo diferente a Thatcher. La grandeza exige ser proactivo y visionario hacia el futuro; ofrecer nuevos espacios de posibilidades para regenerar un país y rediseñar su oferta al mundo. Tuvo visión para inspirar a su pueblo a mejores destinos, ofrecer realidades, paciencia para seguir su plan, talento para persuadir y vender un proyecto de futuro, capacidad de negociación para hilar fino durante tres años antes de empezar a cosechar. Y al estilo Churchill aguantar mecha: burlas, denuestos y desprecios en la venenosa prensa y en el Parlamento, huelgas, revueltas en las calles.

Ella creía en las mujeres y hombres ordinarios: en el ama de casa y la gente de clase media baja como su padre y como ella; en su laboriosidad e imaginación, y ante todo en su libertad. Los prefería sobre las grandes estructuras piramidadas de sindicatos repletos de privilegios y exclusiones, empresas nacionalizadas hemorragiando dinero, e ilimitado apetito de subsidios a cargo de gente trabajadora que contemplaba desde afuera a las pirámides monopólicas y les pagaba sus cuentas malas. Vio que subsidiar lo que no sirve había llenado a su patria de víctimas invisibles que perdían su empleo y sólo servían para pagar impuestos.

“Los dos grandes problemas de la economía británica son los monopolios de industrias nacionalizadas y los monopólicos sindicatos”. A ambos les declaró la guerra, así como a las reglamentaciones y controles, sabedora de que no es más sabio ni toma las mejores decisiones el burócrata, sino la gente que ve por sus intereses y arriesga su propio dinero.

Y ganó la guerra, claro que con altísimos costos económicos y humanos. Es inevitable llamar a cuentas luego de sostener, a nombre del socialismo y la justicia “social” a grupos muy organizados y revoltosos. Pero ¿quién es más culpable del daño a familias reales: el que —con una visión de corto plazo— infló la moneda, regaló prebendas a los apoyadores del partido laborista, construyó monopolios y mantuvo viva a contrapelo la industria obsoleta; o quien tiene que revertir esas malas decisiones? ¿Es más culpable quien se atreve a hacer lo necesario, que quien no se atrevió durante décadas?

Margaret relataba cuántas ventajas tuvo: una, no tener dinero; la otra, un padre que le enseñó que todo hay que pagarlo y nada es regalado, además de que (habiendo él tenido que abandonar la escuela a los 13 años) la enseñó a leer y era el más ávido usuario de la biblioteca pública. Ni su padre ni el ama de casa Thatcher vivieron de prestado. ¿Por qué un gobierno tiene que ser diferente?

Claro que Thatcher creía en la gente independiente. Enfatizó la responsabilidad individual, no la estatal; prefirió confiar en la iniciativa privada con incentivos a la productividad y a la generación de riqueza bajando en serio los impuestos y restricciones al trabajo, y emparejando el terreno para las oportunidades, no para forzar una redistribución a base del arbitrio estatal. A partir de eso redescubrió un vocablo: privatización.

“Quise usar la privatización para alcanzar mi ambición de una democracia poseedora de capital. Un estado en que la gente tuviera casas, acciones y un papel activo en la sociedad, y que le pudieran heredar riqueza a las siguientes generaciones”. Claro que votaba por ella la gente que ya tenía casa y participaba en las industrias; claro que los grandes sindicatos dejaron de sabotear la economía nacional. En México la privatización convirtió monopolios estatales en oligopolios privados; privilegios oficiales en privilegios a los cuates. No es raro que privatizar los privilegios tenga mala fama.

LA PEQUEÑA BRETAÑA

En 1976 viajé a una Pequeña Bretaña socialista y sucia que producía coches malos, hundida en la inflación y el pesimismo: la enferma de Europa. James Callaghan, a la sazón primer ministro, confesó “si yo fuera más joven, emigraría”. El Wall Street Journal editorializó “Adiós, Gran Bretaña, gusto en haberte conocido”. Dejaba de ser una sociedad libre en esa época aciaga; la candidata Margaret Thatcher declaró en 1979 a la BBC “No puedo soportar ver a la Gran Bretaña en decadencia. ¡De plano no puedo! Nosotros que derrotamos a media Europa y la salvamos; los que mantuvimos a media Europa libre, pues de otra manera estaría en cadenas, ¡mírennos ahora!”

Once años después nadie hablaba de decadencia. Aparte de salvarla del desastre económico consiguió convertirla en motor de progreso económico auténtico, sin industrias absurdas ni viviendo de un pasado largamente obsoleto. Fue de nuevo ese gran país un lugar abierto, alegre, empresarial y feliz, con menos impuestos y huelgas y mejor productividad; lejos de querer emigrar como aquél laborista que además fue gobernante, los inversores extranjeros hacían cola para entrar.

Aparte de eso, junto con Ronald Reagan (a base de realidades exitosas, políticas e ideas sensatas) ayudó a la implosión de la Unión Soviética al exhibir las ventajas civilizadoras de la libertad; siempre bajo la convicción de que quien sostenía sus principios, nada tenía que temer del comunismo ruso. Si ésa no es una figura histórica grandiosa, no sé qué pueda ser.

Sus peores críticos recuerdan hoy que perdieron su empleo rieleros, mineros y obreros, esos a quienes su antecesor Harold Wilson acusaba de torcerle el brazo. “¡Las fábricas de coches nos pusieron una pistola en la sien!” se condolía tras ceder ante ellos. A todo primer ministro, conservador o peronista (¡perdón! laborista) lo hacían rehén con huelgas y amenazas que arruinaron al pueblo no piramidado, con inflación del 20%, 5 veces peor que en Alemania; el desempleo era del doble.

Hablemos de valor: se enfrentó y derrotó al mismo tiempo a sus Gordillo, Romero Deschamps, Hernández Juárez, Martín Esparza, López Obrador; sus Pémex, CFE, IMSS y CNTE; a la venenosa prensa, la oposición y su propio partido. “Soy la cabeza rebelde de un gobierno establecido” llegó a decir. Y contó con el apoyo de un pueblo al que supo repartir en propiedad privada los beneficios que antes se llevaban sindicatos, monopolios y burocracia. Ante su cortejo, propietarios de clase media portaban cartulinas que decían “Thank you”.

Nada le habría sido posible sin una sólida preparación académica para, con gestión política, convertir las ideas en consecuencias y las convicciones en acción. Vale la pena repasar esa historia.

Luego de la II Guerra, los socialistas gobiernos laboristas desmantelaron la marina y el imperio, ejercieron la planeación central de la economía, nacionalizaron industrias. Vio con terror esa tendencia un productor de pollos, Antony Fisher, que había leído el libro Camino de Servidumbre, del austríaco F. A. Hayek, donde hablaba de la consecuencia irremediable de la planificación central (el fracaso) y la exacerbación de los planes, con la consecuencia de aplastar al individuo en la servidumbre.

Buscó Fisher al autor, maestro en la London School of Economics, para preguntarle si le recomendaba entrar a la política para contrarrestar esa tendencia pero Hayek le dijo que lo mejor sería influir intelectualmente en los políticos mediante la academia. Fue así que ese productor de pollos fundó en 1955 en Londres un think tank, The Institute of Economic Affairs. Ya Hayek había cofundado desde 1947 la Monte Pèlerin Society para defender la libertad de expresión, el libre mercado y la sociedad abierta. La idea prohijó unos 150 institutos parecidos en todo el mundo.

En los 60s y 70s la joven parlamentaria Margaret Thatcher estuvo cerca del Institute of Economic Affairs, y ya primera ministra agradeció: “Fue primariamente vuestro trabajo fundacional lo que nos hizo posible reconstruir la filosofía sobre la que nuestro partido ha triunfado”. Y de Camino de Servidumbre: “En este libro nos inspiramos”.

¿Qué ha pasado desde fines de 1990? Las cualidades de Margarita, esenciales para librar una guerra, le sirvieron menos en tiempos de paz. Además hizo un criticadísimo impuesto comunitario a tasa fija —el poll tax—. Ante la oposición, como toda profesional de la auténtica política, prefirió renunciar.

Eventualmente el socialista Tony Blair cosechó los logros de Thatcher en un país pujante, pero por motivos ideológicos abrió las fronteras a la inmigración, unos 500,000 al año (los musulmanes se han multiplicado por cuatro desde entonces; cuidado con alterar el carácter inglés y su señero talante de tolerancia).

El sucesor laborista de Blair, Gordon Brown, con pretextos baladíes vendió 395 toneladas de oro de reservas (más de la mitad) a 275 dólares promedio, especialmente para comprar… ¡¡¡euros!!! Hoy el oro ronda los 1,450 por onza. (Y vendió ese oro, luego se supo, para beneficiar nada menos que al ajonjolí de todos los males financieros recientes: Goldman Sachs.)

Una cosa más tienen que agradecer a Thatcher hoy: su categórica oposición a entrar al euro. Sabía que sería Alemania la gananciosa. (Y esto lo digo yo: Alemania se está tragando a la financieramente débil Europa sin necesidad de la Wehrmacht.)

Desgraciadamente, eso no impidió que los laboristas incurrieran en lo que ha arruinado a los países del I y III Mundos: las deudas. Hoy Gran Bretaña tiene un índice de deuda a PIB peor que México. Y eso, como en toda Europa, para mantener a un típico socialista Estado-Mamá, regulador, controlador y protector desde la cuna rumbo a la tumba (mientras más pronto mejor). Como siempre, la divisa socialista es “pobreza igual para todos”. En vez de eso, Thatcher explícitamente defendía a quien se atreve a tomar riesgos y a que el gobierno no pretendiera quedarse con la parte del león, porque además de ser monstruoso, nadie querría ser león. Pero Thatcher ya se murió.

Ni modo; pero algo queda de la enorme herencia de Margarita la Grande. Según un inglés a quien respeto, fue la última vez de una GB libre. No es raro: la movía ante todo (como a quien esto escribe) la libertad.

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