MARTES, 3 DE SEPTIEMBRE DE 2013
Génesis de una ruina anunciada

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Mercado significa libertad para producir y libertad para consumir. Atacarlo es atacar la autonomía de la voluntad.”
Antonio Escohotado


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“La auténtica redención nunca la traen los egomesías y caudillos que dicen defender principios, pero ambicionan obsesivamente el poder político (y los negocios que de él emanan).”


En el principio fue la palabra. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En la palabra estaba la vida y la vida era la verdad y la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas. La palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

“Te doy mi palabra” encarnó la perfecta promesa entre personas de honor. El mundo fue hecho por la palabra, pero México la despreció. Desdeñoso de esa luz, caminó de regresó a la tiniebla. Aquí la palabra se pervirtió y en esta tierra la mentira se enseñoreó como verdad, la verdad se hizo sospechosa, y la desconfianza se transmutó en virtud. Como la sal que pierde su sabor y sólo sirve para que las gentes la pisen a la vera del camino, se depravó y quedó ultrajado el lenguaje, fuente de la civilización, la libertad, la ley, y toda acción humana.

Y vio el enemigo que todo ello era bueno.

En 1917, dentro de la sección de Garantías Individuales de la Constitución quedaron escritas estas palabras fundacionales: “No constituyen monopolios las asociaciones de trabajadores formadas para proteger sus propios intereses.” Y vio Venustiano Carranza que eso era bueno.

En 1938, en el apogeo del prestigio del fascismo, se fundó un monopolio petrolero. Y vio Lázaro Cárdenas que eso era muy bueno.

En 1960, en el apogeo del prestigio del comunismo, quedó prohibida la contratación petrolera con particulares, y se hizo un monopolio eléctrico. Vio López Mateos que eso era bueno.

En 1968, tras la penúltima represión armada de un movimiento popular, Gustavo Díaz Ordaz se adjudicó la culpa; vio Luis Echeverría que eso era muy bueno (en 1971, última gran represión, vio que también esa obra era buena).

A partir de 1980, radicalizados mercaderes del conflicto chantajearon exitosamente a los gobiernos de Oaxaca para obtener prebendas y ombligos vitalicios para los “trabajadores” de la educación. (Igual hicieron los sindicatos burocráticos en cualquier otro tiempo, dependencia y geografía). La sección 22 y todo gremio oficial vieron que eso era muy bueno.

En 1983 escribieron en la sección de Garantías Individuales de la Constitución que tampoco son monopolios Pémex y la CFE; y contradiciendo la libertad de ocupación consagrada por el art. 5º, intacto desde 1857, se declaró que el Estado planeará, conducirá, coordinará y orientará la actividad económica. El constitucionalista Manuel Bartlett (perdón, Miguel de la Madrid) vio que todo eso era bueno.

En 1985 un desastre sísmico evidenció la dimensión del gobierno ante una sociedad que espontáneamente reaccionó con libertad y eficacia pero los marchantes de río revuelto aprovecharon para hacerse de clientelas en la Nueva Tenochtitlan, y René Bejarano vio que eso era bueno.

Antes y después de 1988 la pesca redituó: el negocio del ambulantaje adquirió niveles desusados; se vigorizó el chantaje en manifestaciones y marchas invadiendo espacios públicos y privados, y varios gobernantes provocaban problemas para luego resolverlos con cargo al erario. Gutiérrez Barrios y una legión de émulos vieron que eso era bueno.

En 1996 fue defenestrado el jefe de la policía David Garay por cumplir su deber al usar la legítima violencia contra “trabajadores” de la educación que conculcaban el derecho ajeno a circular y trabajar. Y vio Ernesto Zedillo que eso era bueno.

En 2000, las autoridades competentes (sic), acaso temerosas de ofender a un revoltoso tabasqueño experto en chantajear tras invadir calles y plazas, aprobaron que un candidato que no cumplía con el requisito de residencia pudiera aspirar a jefe de gobierno del DF. Y vio López Obrador que eso era muy bueno.

En 2006, escudado en falsedades, un candidato perdedor invadió el corazón y vías circulatorias de la capital de la República y ningún gobierno impidió su ataque. Y vio López Obrador que eso era muy bueno.

A partir de 2006 varios grupos invadieron Oaxaca por meses. Para esos “trabajadores” de la educación eso resultó ora sí que re bueno.

En 2012 convencieron a más de 132 acelerados de que hubo otro fraude y definieron al anarquismo como ataque impune a ciudadanos y policías. Vio López Obrador que eso era muy bueno.

¿Y?

En 2013 pretenden reformar la cosa pública al ofrecer al negocio petrolero más espacios de posibilidades. Que los maestros comprueben serlo. Que no haya distorsiones en impuestos al consumo. Cancelar los privilegios fiscales. Acaso, que se libere un poco más la energía creadora de los mexicanos.

Contra tanta traición a la Patria, ciertos “trabajadores” de la educación sabotean los órganos de la República y secuestran el aeropuerto, las calles y la Plaza de Armas. Las autoridades competentes (sic) ya nada pueden hacer, salvo “privilegiar” el diálogo con quien no habla porque está arruinando la propiedad ajena y el derecho ajeno; diálogo con quien se niega a ser examinado; diálogo con quien de entrada dice “lo único admisible es que estés de acuerdo en todo lo que pido”. Gabino Barrera no entendía razones andando en la borrachera.

Vio la gente de bien que los monstruos habían superado a sus creadores y la ley era palabra muerta y lenguaje mudo para los que, invadidos por el miedo y la indecisión, habían jurado aplicarla sin remilgos. Y vio la gente de bien que todo eso no era bueno.

Gracias a tal desdén, y ante las más claras llamadas de atención, hemos entrado en un período de mayor peligro. El tiempo de dejar las cosas para mañana, de las medidas a medias, de los expedientes tranquilizadores y de los retrasos, ha llegado a su fin. Hemos entrado a un período de consecuencias. (Si suena a Churchill, será por algo …)

Sí: consecuencias de tanto dejar lo necesario para mañana y hacer a medias las reformas políticamente posibles, pero no las necesarias; de tanto expediente para pretender tranquilizar a los revoltosos y quedar bien con todos; de tantos retrasos y tanto dejar que el mundo se lance al futuro sin esperar a México; de tanto patear el balón para que arreara el siguiente presidente o la siguiente generación o nuestros tataranietos. Consecuencias de loar el estado de derecho en discursos pero desdeñando el honor de la palabra empeñada, el valor del lenguaje escrito y la majestad de la ley. Consecuencias de tanto envilecer hasta la ley fundamental. Consecuencias de tanto “privilegiar” el diálogo —léase la componenda, el arreglo faccioso, el trastupije oscurito, la negociación sucia, el dinero bajo la mesa. Sobre ella están puestas las cartas —marcadas— y el juego de componendas y simulaciones se sigue jugando ad nauseam.

La gente de bien ve que todo eso no es bueno.

¿Y?

La gente de bien no pierde la fe y sabe que siempre está abierta la auténtica redención. Ésta nunca la traen los egomesías y caudillos que dicen defender principios, pero ambicionan obsesivamente el poder político (y los negocios que de él emanan).

Sin embargo, la gente de bien sabe que ella es la más innumerable mayoría. Sabe que tanto abuso tiene límites, y que las fuerzas civilizatorias pueden combatir a las rapaces minorías. Sabe también que hay grandes mexicanos para ilustrar un mejor camino. Uno de ellos, Octavio Paz, dijo esto en 1987:

Un mexicano joven, mirando hacia el futuro, no vive en el infierno ni en el paraíso. Vive en la Tierra. Y en la Tierra, con los límites y contradicciones de la historia real, está el purgatorio. La Tierra es el lugar donde nos probamos a nosotros mismos. En la historia perdemos nuestras almas o alcanzamos la salvación.

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