Pesos y contrapesos
Sep 11, 2013
Arturo Damm

Reforma fiscal: Más de lo mismo

El gobierno dejó pasar la oportunidad de realizar una reforma fiscal a favor, no de la redistribución de la riqueza, sino de su creación, y se conforma con más de lo mismo: el engendro tributario que padecemos.

A quienes quieran saber mi opinión en torno a la propuesta de reforma fiscal presentada por el Poder Ejecutivo hace unos días, los remito a la serie de 25 artículos que, del 10 de abril al 7 de junio, publiqué en estas páginas, y cuyo título fue Reforma fiscal y progreso económico, en los cuales presenté los argumentos y los números a favor del Impuesto Único a las Compras, números y argumentos que hoy, de manera resumida, vuelvo a presentar.

Números: si en el 2012, en vez de haber cobrado los 15 impuestos distintos que cobró el Gobierno Federal, hubiera cobrado un solo impuesto del 9.6 por ciento a las compras de todo (incluidas medicinas y alimentos) y de todos (incluidos los pobres), hubiera recaudado lo mismo. De tal tamaño es el engendro tributario que padecemos.

Argumento: el progreso económico depende de las inversiones directas, que son las que abren empresas, producen bienes y servicios, crean empleos y generan ingresos –en pocas palabas: producen riqueza– mismas que dependen de la competitividad del país, definida como la capacidad para atraer, retener y multiplicar dichas inversiones, competitividad que depende de muchas variables, entre las cuales se encuentran de manera importante los impuestos –¿cuántos se pagan y a qué tasa?–, quedando claro que a menos y menores impuestos mayor competitividad, que a mayor competitividad más inversiones directas, que a más inversiones directas más apertura de empresas, más producción de bienes y servicios, más empleos y mayores ingresos, todo lo cual se puede lograr con el Impuesto Único a las Compras, cobrado a una tasa (redondeo) del 10 por ciento, con la cual el gobierno, de entrada, recaudaría lo mismo y, de salida, muy probablemente más, por una razón muy sencilla: si, gracias a dicho impuesto, se invierte más, y se genera más ingreso, y se compran más bienes y servicios, la base gravable aumenta y, con la misma tasa, se recauda más, que es lo que el gobierno quiere.

Dejo de lado la discusión en torno al gasto gubernamental (¿cuánto y para qué?), y centro la atención en este punto: si el gobierno hubiera propuesto desmantelar el engendro tributario que padecemos, y sustituirlo por el Impuesto Único a las Compras, no del 10 por ciento, sino del 15, la recaudación podría aumentar hasta en un 50 por ciento (en el peor de los casos, ¿en 25 por ciento?), con el efecto positivo que dicho impuesto tendría sobre la competitividad del país y sobre todo lo que de ella depende, que es la posibilidad de que la gente eleve su nivel de vida, no gracias a las dádivas del gobierno (por ejemplo: pensión “universal”), sino a su trabajo productivo.

El gobierno dejó pasar la oportunidad de realizar una reforma fiscal a favor, no de la redistribución de la riqueza, sino de su creación, y se conforma con más de lo mismo: el engendro tributario que padecemos. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que se vuelva a hablar de la necesidad de ¡¡¡oooootra!!! reforma fiscal?



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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