MIÉRCOLES, 5 DE ABRIL DE 2006
De los melodramáticos "análisis políticos"

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“La solidez de la democracia en México depende de que preservemos y fortalezcamos las instituciones que la hacen posible, no de que emprendamos la búsqueda imposible de seres humanos de excepción –sabelotodos y plenos de bondad- que se erijan en supremos jueces de esas mismas instituciones.”


La propuesta de que seamos gobernados por las leyes y no por los hombres sigue representando, aún en nuestros días, un desafío difícil de entender y de aceptar por buena parte de quienes se consideran a sí mismos “intelectuales” o analistas de la vida pública.

 

Hay todavía una gran dosis de romanticismo a ultranza en el presunto análisis político que se nos ofrece y esta vertiente romántica –que tiende a dibujar las contiendas políticas como epopeyas entre héroes inmaculados y villanos despreciables- encuentra gran eco en los medios de comunicación masiva, porque conecta a su vez con la cosmovisión melodramática del público a la que los propios medios suelen apelar con eficacia –haciendo, para decirlo esquemáticamente, una telenovela de la vida-, sea para vender un producto milagroso, sea para exaltar un sentimiento (“¡qué horror!, ¡qué crimen tan abominable!” sería la expresión que se busca suscitar ante la “noticia” con la que suele iniciar el noticiario nocturno), sea para desviar la volátil atención del público hacia un objeto de interés particular (para el emisor del mensaje) haciéndolo, mediante el melodrama, objeto de interés “público”.

 

Este romanticismo, que no tiene nada de ingenuo en la medida que resulta eficaz para los fines e intereses particulares de sus emisores, mina desde su base a las instituciones y a las reglas democráticas. La institucionalidad, más específicamente la constitucionalidad, está fundada en reglas racionales no en anhelos románticos. Nos hemos dado constituciones, en las diversas democracias, precisamente porque desconfiamos -¡y con toda razón!– de que las promesas de generosidad y altruismo de quienes ocupan puestos de gobierno sean siquiera suficientes para garantizarnos los mínimos de respeto a los derechos y a las libertades de cada uno de nosotros.

 

Usemos la inteligencia: No necesitamos políticos llenos de buenos sentimientos, que “se preocupen por la gente” y desdeñen las instituciones; necesitamos políticos constreñidos por las leyes y acotados por las instituciones. No necesitamos políticos que se presenten como los primeros y últimos representantes de los “sentimientos populares”; necesitamos políticos sujetos a las leyes establecidas que jamás puedan saltarse esas limitaciones institucionales argumentando que obedecen a unas inexistentes “leyes del pueblo”.

 

Tampoco nos sirven los presuntos análisis políticos que, a la zaga de las telenovelas y otros melodramas, desdeñan la fría lógica y el rigor de los hechos para alimentarse (y alimentarnos) de efusiones sentimentales.

 

Hoy en México, me atrevería a decir que no importa tanto “la calidad del debate” entre candidatos –algo que constantemente critican los comentarios mogijatos de muchos analistas- sino la calidad del análisis, que debe ser más racional y menos emotivo; más humilde respecto de los hechos y menos plagado de prejuicios que se nos ofrecen, tramposamente, como si fuesen axiomas.


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