LUNES, 21 DE ABRIL DE 2014
Apología del mercado (IV)

¿A quiénes deben ir dirigidos los apoyos por parte del gobierno en esta crisis provocada por el Covid19?
A las personas
A las empresas
Sólo a las Pymes
A todos
A nadie



El punto sobre la i
“El gobierno es un mal necesario”
Thomas Paine


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“Quienes critican al mercado, ¿por qué no dejan de usarlo?, ¿por qué no dejan de intercambiar bienes y servicios?, ¿por qué no viven en la autarquía, rascándose con sus propias uñas, lo cual supone, no sólo dejar de comprar, sino también dejar de vender?”


Quienes critican al mercado, por considerarlo un mal necesario, proponen que el gobierno intervenga en los términos en los que los contratos son acordados entre vendedores y compradores, con el fin de beneficiar a quien ellos consideran perjudicado por el intercambio, olvidando que todo intercambio es un juego de suma positiva, en el cual ambas partes ganan, aún en el caso de que el oferente sea monopolio o el demandante monopsonio, punto que no hay que perder de vista a la hora de criticar estas estructuras de mercado.

Quienes critican al mercado, por considerarlo un mal innecesario, proponen que el mismo sea sustituido por la distribución gubernamental de los bienes y servicios, de tal manera que a cada quien se le dé según sus necesidades, al margen del poder adquisitivo de cada cual, y por lo tanto del poder de producción de cada quien, lo cual, por más bien que parezca, es un enorme despropósito, basado en la idea marxista de que cada quien aporte según su capacidad y reciba acorde a sus necesidades. Si alguien (¿quién?) me va a dar (¿de dónde sacará lo que me dará?) según mis necesidades (¿cómo se determinará, objetivamente, cuáles y cuántas son?), ¿existe algún incentivo para que me esfuerce lo más posible y aporte (es decir: produzca) lo más que me sea posible? No, claro que no, y ese es el talón de Aquiles del comunismo que, dicho sea de paso, nunca logró sustituir total y definitivamente al mercado, es decir, al intercambio voluntario.

La ventaja del mercado, es decir, del intercambio como medio para satisfacer las necesidades, es que esta satisfacción depende de la capacidad de producción de cada quien, lo cual es un incentivo eficaz a favor de la producción (capacidad para hacer) y la productividad (capacidad para hacer más con menos). Pero el mercado no sólo genera esa eficacia en materia de incentivos, sino que además es justo, ya que justo es que cada quien disponga de satisfactores en función de su capacidad para producirlos, tal y como lo apunta el coloquial dicho: quien no trabaje que no coma. Claro, en el mercado lo que cuenta es esa capacidad para producir, momento de preguntar: ¿tiene algo de malo?, y de recordar: independientemente de cómo se acceda a los bienes o servicios, estos deben producirse, y los incentivos más eficaces para que se produzcan más, y a menor costo, los brinda el mercado, basado en la meritocracia.

Por último, quienes critican al mercado, ¿por qué no dejan de usarlo?, ¿por qué no dejan de intercambiar bienes y servicios?, ¿por qué no viven en la autarquía, rascándose con sus propias uñas, lo cual supone, no sólo dejar de comprar, sino también dejar de vender? Renunciar al mercado, y optar por la autarquía, ¿qué efecto tendría sobre el bienestar de la gente? Bien vistas las cosas, el mercado es una de las grandes instituciones –justa y eficaz– con las que contamos, y el objetivo debe ser potenciarlo, no limitarlo, mucho menos eliminarlo.

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