VIERNES, 11 DE JULIO DE 2014
¿Existe Norteamérica?

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“Es imposible evitar un profundo escepticismo sobre la viabilidad de una Norteamérica unida: no hay ni el interés ni la atención, salvo en México, que está inmerso en un proceso de reformas que no necesariamente ayudará.”


La semana pasada el gobierno de México reconoció las aportaciones académicas de mi colega Robert Pastor, quien murió hace unos meses, para avanzar la idea de una América del Norte más unida, con la entrega póstuma de la Orden del Águila Azteca, máxima condecoración que otorga nuestro país a ciudadanos extranjeros.

En efecto, Pastor fue un apasionado defensor de un más estrecho acercamiento entre México y sus vecinos del norte, Canadá y Estados Unidos, culminando esa labor con su libro The North American Idea: A Vision of a Continental Future (Oxford University Press, 2011) en el que explica por qué una mayor integración es vital para la región.

En esta columna he hecho en varias ocasiones tanto la reseña del trabajo de Pastor para impulsar la unión de Norteamérica como el análisis de las razones económicas que sustentan tales propuestas, por lo que no debe quedar la menor duda que apoyo esas ideas con fervor desde que trabajé intensamente en conseguir la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte hace más de veinte años.

Sin embargo, cuando uno analiza el panorama político que prevalece en la región, es imposible evitar que se instale en nuestro ánimo un profundo escepticismo sobre la viabilidad de una Norteamérica unida: no hay ni el interés ni la atención, salvo en México, que está inmerso en un proceso de reformas que no necesariamente ayudará.

Empecemos por Canadá. Salvo por el ocasional discurso pro-Norteamérica en las reuniones “en la cumbre” el primer ministro Stephen Harper rechaza metódicamente el enfoque trilateral y considera que Estados Unidos y Canadá tienen una relación especial que sólo se puede contaminar y empobrecer al incluir a México.

Esta posición no debiera sorprendernos demasiado pues es una calca de la de México cuando le propuso a EU negociar un tratado bilateral de apertura comercial en 1990, y Canadá, con nuestra oposición inicial, insistió en participar pero no por haberse convertido al regionalismo sino para defender su recién ultimado tratado bilateral.

Al conservadurismo político de Harper le repele cualquier propuesta que huela a crear instituciones trilaterales pues, a su juicio, ello es demasiado parecido a la integración europea que es vista como el prototipo de una enmarañada unión burocrática centrada en Bruselas, Fráncfort y Estrasburgo, algo a evitar a toda costa.

Por su parte, en Estados Unidos la administración de Barak Obama carece de un orden de prioridades que incluya la integración regional, y del talento político para conseguir empujar su agenda, aún con sus aliados Demócratas en el Senado, que le han negado otorgarle autorización para que conduzca negociaciones comerciales.

Varios ejemplos adicionales avalan esta ausencia de prioridad para la unión regional:

  1. Tomó dos años de insistencia reiterada de Canadá y México para que finalmente EU aceptara que accedieran a las negociaciones de la Asociación Transpacífica, TPP por sus siglas en inglés, acuerdo que se negocia con varios países de esa cuenca oceánica.

  2. EU emprendió la negociación de un acuerdo comercial y de inversión con la Unión Europea (TTIP), con la que México ya cuenta con su propio acuerdo desde finales de los años noventa del siglo pasado y Canadá acaba de ultimar el suyo. EU se ha negado a considerar la petición de ambos países de ser incluidos en las pláticas.

  3. El único acuerdo trilateral concreto en la “cumbre” de Toluca del pasado febrero entre Harper, Obama y Peña Nieto fue ordenar la elaboración de un estudio sobre la mariposa Monarca y la forma de preservar esa especie migratoria regional en peligro de extinción: ¡Perfecta metáfora sobre el estado de nuestra unión!

  4. El frenético ritmo al que EU adopta nuevas regulaciones burocráticas e inmiscuye al gobierno cada vez más en todos los ámbitos de la actividad económica es en esencia antitético a la profundización de nuestros acuerdos de libre comercio.

Por nuestra parte, no estoy seguro que la barroca y farragosa manera en la que el gobierno de Peña Nieto ha adoptado las reformas estructurales que supuestamente serían nuestro boleto al primer mundo –incluyendo las abominables anti-reformas fiscal y política- sea realmente compatible con una mayor libertad económica.

A reserva de estudiar la recién aprobada enmienda en telecomunicaciones y la energética, que está aún por verse, es dudoso que este paquete de cambios resulte en una economía más dinámica, más competitiva y más eficiente, estado de ánimo que parece ser el prevalente en nuestro país.

En estas condiciones, ¿de dónde vendrá el impulso para una mayor y mejor integración de Norteamérica?

• América del Norte

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