LUNES, 14 DE JULIO DE 2014
Las reformas y la religión del antimonopolio

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Godofredo Rivera







“Celebro que las nuevas leyes intenten generar mayor competencia, pero mucho cuidado en castigar al más talentoso. ”


Recién se aprobaron las leyes secundarias en materia de telecomunicaciones y está a punto de suceder lo mismo con las leyes reglamentarias en el ámbito energético.

Aplaudo que se termine con oligopolios artificialmente creados mediante malos e ineficientes arreglos institucionales. Pero sigue habiendo un tufo estatista.

Por más que analizo no entiendo la terquedad de algunos legisladores de que el Estado posea una cadena de televisión. Perdón, pero no es papel del Estado realizar y/o pagar producciones televisivas. Quisiera pensar que ganarán dinero con la comercialización de los espacios publicitarios, pero francamente soy pesimista al respecto, en especial cuando vemos que siempre que el gobierno la quiere hacer de empresario, politiza a las organizaciones y termina perdiendo dinero, eso sí, las pérdidas nos la pasa a los contribuyentes cautivos.

Es lo que le pasará al gobierno brasileño, que lejos de ganar dinero con el mundial de fútbol, pasará la factura a millones de brasileños por la construcción de estadios que se volverán elefantes blancos. No es papel tampoco de los gobiernos hacerla de empresarios futboleros (y menos pagar por la construcción de estadios, esa es labor del sector privado), como tampoco de empresarios televisivos como insisten tanto en México. De verdad que el estatismo enfermizo no se le quita a la mayoría de los políticos mexicanos.

Tampoco entiendo la terquedad estatista de que el gobierno revise y vigile los contenidos de las televisoras. Ello es propio de una dictadura, pues se trata del ámbito privado. El legislar en este tema es muy controvertido y puede llevar a intromisiones arbitrarias por parte del Estado. Insisto, no se les quita el tufo estatista.

Y ojalá no se termine castigando a los monopolios temporales o por talento, aquellos que primero siendo empresas pequeñas y medianas, y mediante la innovación de por medio, conquistan nuevos mercados y ganan consumidores hasta convertirse en gigantes que innovan y generan miles de patentes. Es el caso de las trasnacionales exitosas. En la nueva ley de telecomunicaciones el que alguien llegara a dominar más del 50% del mercado, se le considerará actor preponderante y se le obligará a compartir infraestructura con otros y sus tarifas serán controladas por el Instituto Federal de Telecomunicaciones. Eso me huele a planificación central. Ojalá no desincentive a los grandes corporativos creados con base al talento y a la intensa competencia. No olvidar que es la gran corporación la que innova más y genera tecnología de punta, en un ambiente de abierta competencia. Ese sí es papel del Estado, diseñar leyes para que no se creen obstáculos a la entrada de nuevos actores, es decir, proteger la libertad de elección de los consumidores. 

Releía hace poco el gran libro de Edwin S. Rockefeller, La religión del Antimonopolio. El autor nos recuerda lo siguiente: “Aspiramos a un gobierno de leyes, no de hombres. El Estado de Derecho significa que la conducta se rige y se juzga de acuerdo con normas verificables y coherentes. La tesis de este libro es que el derecho antimonopolio no es consistente con nuestra aspiración al Estado de Derecho. El derecho antimonopólico no tiene entidad: el antimonopolio es una religión. La aplicación de leyes antimonopólicas es la regulación política y arbitraria de la actividad comercial, no el cumplimiento de un conjunto de normas coherentes aprobadas por el Congreso.

Ahora los historiadores señalan que Theodore Roosevelt nunca consiguió nada con su ataque a los monopolios. Por supuesto que no. No se trató de una cruzada de orden práctico. Fue parte de un conflicto moral y no hay predicador que jamás haya logrado abolir ninguna forma de pecado. Si no hubiera habido conflicto —si la sociedad hubiera podido funcionar sin estas organizaciones en una era de creciente especialización—, habría sido bastante fácil eliminarlas por medios prácticos. Habría bastado estipular unas cuantas disposiciones acertadas que establecieran un impuesto discriminatorio a las grandes organizaciones, siempre y cuando al mismo tiempo surgiera alguna otra forma de organización que cubriera las necesidades prácticas”.

Si el lector desea profundizar sobre este libro puede legalmente bajarlo en este portal http://www.elcato.org/pdf_files/antitrust.pdf

Las grandes corporaciones han permitido a la humanidad el beneficiarse como nunca antes de la innovación tecnológica. En un ambiente de libertad y competencia el ser humano alcanza la excelencia. En cambio, con leyes amorfas, arbitrarias y nada claras sobre ese ente abstracto llamado “el poder de mercado”, lo que podría ocurrir es que al más talentoso lejos de premiársele, se le castigue con mayores regulaciones y control de precios, ese infierno ya ha sucedido en EU.

En México monopolios y oligopolios no son producto de la competencia intensa (si fuera así serían grandes innovadores de tecnología y no lo son), sino de los arreglos burocráticos ineficientes, de reglas poco claras, de privatizaciones mal hechas, y no pocas veces por cierto, de acuerdos mafiosos entre políticos y beneficiarios de las empresas privatizadas. Por ello tenemos una telefonía móvil pésima, un internet lentísimo de tercer mundo, una televisión abierta mediocre (con sus honrosas excepciones) y en general monopolios y oligopolios causados por el mismísimo Estado con sus pésimos arreglos institucionales.

Insisto, celebro que las nuevas leyes intenten generar mayor competencia, pero mucho cuidado en castigar al más talentoso. Mucho cuidado de tomarnos como religión las leyes antimonopolios. Ahí no me queda nada claro que pasará con las nuevas leyes secundarias.

Espero no pase lo mismo con la reforma energética, y que lejos de beneficiar al consumidor mexicano, se termine favoreciendo al nefasto monopolio de PEMEX. Ya veremos.

• Competencia • Reformas estructurales • Telecomunicaciones • Monopolios

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