Pesos y contrapesos
Oct 3, 2014
Arturo Damm

Espíritu emprendedor, espíritu empresarial

El que estudiantes de nivel superior se opongan a la cultura emprendedora, en general, y a la cultura empresarial, en particular, es muestra, ¡entre otras muchas cosas!, del lamentable estado en el que se encuentra la educación económica en nuestro país.

Una de las causas que motivó la revuelta de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional en contra de las modificaciones a reglamentos y planes de estudio, se encuentra en la intención de promover, entre los estudiantes, la cultura emprendedora y la cultura empresarial (toda verdadera cultura empresarial es necesariamente cultura emprendedora, pero no toda cultura emprendedora es precisamente cultura empresarial), lo cual ha sido considerado por los quejosos como algo indebido (tal vez producto de algún complot neoliberal, orquestado por los dueños del gran capital, siempre al servicio de compañías transnacionales, cuyos intereses son contrarios a los de la patria, cualquier cosa que se entienda por “la patria”), y por ello digno de ser combatido.

El que estudiantes de nivel superior (en este caso politécnicos, pero también los hay universitarios) se opongan a la cultura emprendedora, en general, y a la cultura empresarial, en particular, es muestra, ¡entre otras muchas cosas!, del lamentable estado en el que se encuentra la educación económica en nuestro país, sobre todo si por tal se entiende, no la formación académica que deben recibir quienes se preparan para ser economista (formación académica que, dicho sea de paso, también deja mucho que desear, tanto por lo que se les enseñan, como por la manera en la que se les enseña), sino a la cultura económica (incluida en ella la educación financiera) que deben recibir los alumnos en su carácter, inevitable, de agentes económicos, ya sea por el lado de la producción, la oferta y la venta, ya por el lado del consumo, la demanda y la compra, siendo que lo segundo (demandar, comprar y consumir) depende de lo primero (producir, ofrecer y vender), que supone, ¡precisamente!, cultura emprendedora y empresarial.

Oponerse a la cultura emprendedora, en general, y a la empresarial, en particular, es oponerse a la creación de más bienes y servicios (que llevan a cabo los empresarios, para lo cual deben emprender), y también a la invención de mejores bienes y servicios (que también llevan a cabo los empresarios, para lo cual nuevamente deben emprender), todo lo cual supone estar en contra de la condición necesaria (más y mejores bienes y servicios) para reducir el grado de escasez y elevar el nivel de bienestar de la gente. Esa oposición, ¿es correcta?

Oponerse a la cultura emprendedora, en lo general, y a la empresarial, en lo particular, es el resultado, en el fondo, de creer, ¡como de hecho lo creen muchos de los estudiantes en este país!, que lo que importa es la redistribución de la riqueza (socialismo) y no su producción (capitalismo); que lo que importa es pedir y que se reciba según necesidades y no que se produzca y se gane según productividad.



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