Pesos y contrapesos
Oct 27, 2015
Arturo Damm

Capitalismo de compadres

La culpa no es de quien genera y acumula más ingreso, sino de quien “gobierna” no para garantizar los derechos de todos los ciudadanos, sino para defender los interés de unos cuantos.

El más reciente Premio Nobel de Economía, Angus Deaton, escribe en su libro The Great Escape, lo siguiente: “Existe el peligro de que el rápido crecimiento de los ingresos superiores pueda reforzarse a través del acceso político que el dinero puede traer consigo. Las reglas no se fijan teniendo en la mira el interés público sino en el interés de los ricos, quienes usan esas reglas para volverse aún más ricos y más influyentes (…) Preocuparse por estas consecuencias de la desigualdad extrema no tiene nada que ver con sentir envidia de los ricos y tiene todo que ver con el temor a que el rápido crecimiento de los ingresos superiores sea una amenaza para el bienestar de todos los demás”.

A lo que hace referencia Deaton es al capitalismo de compadres, el famoso crony capitalism, por el cual el “éxito” empresarial se debe, no al haber sido más productivo (hacer más con menos) y más competitivo (hacerlo mejor que los demás en términos de precio, calidad y servicio) en mercados con la mayor competencia posible, sino al haber conseguido, consecuencia del poder que da el dinero, algún privilegio gubernamental, que en esencia consisten en eliminar o limitar la competencia, permitiéndole a quien recibe tal privilegio obtener una renta, es decir, cobrar un precio mayor del que cobraría si en el mercado en el que ofrece su mercancía hubiera la mayor competencia posible.

Lo que hay que tener claro es que el capitalismo de compadres es consecuencia, no de la mayor generación y acumulación de ingresos de parte de los más ricos, sino de los privilegios otorgados, a los ricos, por los gobernantes. La culpa no es de quien pide sino de quien da. La culpa no es de quien genera y acumula más ingreso, sino de quien “gobierna” no para garantizar los derechos de todos los ciudadanos, sino para defender los interés de unos cuantos empresarios, que ante todo son compradores de voluntades, voluntades que alguien termina vendiendo. ¿Quién? El mal gobernante.



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