JUEVES, 11 DE MAYO DE 2006
El futuro de la estabilidad

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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Entre 0% y 1%
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El punto sobre la i
“El efecto natural del comercio es el de llevar a la paz. Dos naciones que comercian entre sí se hacen recíprocamente dependientes.”
Juan Pablo Viscardo y Guzmán


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“El futuro de la estabilidad dependerá de monetaristas prudentes, pero también de mercadólogos monetarios. Aquí, la fuerza de la comunicación es un asunto capital. ”


La estabilidad, dice un refrán en el medio monetario, no es todo; pero sin ella, todo lo demás vale nada. Es una proposición un tanto retórica, pero que no por ello mismo deja de ser real. Hoy vivimos un clima de estabilidad—donde los debates sobre la tasa estimada de inflación son objeto de los numerólogos de la ciencia económica, no de las familias que ahorran, invierten, producen y consumen. Ya podemos descontar que, si todo permanece igual, los precios de mañana serán, en general, solo ligeramente superiores a los precios el día de hoy.

 

Esto conlleva un beneficio capital, beneficio que hace una diferencia en el bolsillo de los ciudadanos—sobre todo, por ver más allá de corto-plazo, poder explotar una visión de largo-plazo, donde dicho horizonte permita canalizar los esfuerzos de las actividades de la economía real no en cómo amortiguar los daños de la inestabilidad, sino en cómo poder hacer más con menos, en menor tiempo. Esa es la clave de la productividad.

 

En otras palabras, el costo de oportunidad de la inestabilidad es altísimo. No es tan solo la distorsión en los precios relativos; es la distorsión en lo que hacemos, y cómo lo hacemos. Hoy en día, si el tipo de cambio sube, o baja, o se mantiene igual, no hace una diferencia clave en nuestro quehacer—es decir, no hace diferencia en el comportamiento fundamental del índice general de precios.

 

Los retos de las autoridades monetarias, ante este escenario, es cómo fortalecer su permanencia. Ello implica profundizar ciertas reformas (la autonomía cambiaria, la cual se quedó en el olvido desde la administración pasada, entre otras), pero más allá de cambios y de ajustes de sintonía fina, implica comunicar los beneficios de la estabilidad, y luchar, a diario, contra las fuerzas que podrían desactivar el clima de estabilidad que tanto trabajo nos costó alcanzar.

 

La permanencia de un crecimiento mediocre, muy por debajo del potencial de la economía mexicana, es uno de los grandes enemigos. Entre más perdure, habrá presiones crecientes para caer en la desesperación, y considerar medidas artificiales, por ejemplo, el relajar la política monetaria para aumentar los medios de pago con el fin de privilegiar el crecimiento; o abogar por depreciaciones controladas del tipo de cambio, que permitan, en el fondo, privilegiar el crecimiento de un sector (exportaciones) por vía de la disminución disfrazada de salarios reales.

 

No son peligros distantes. Los llamados constantes, y más sonantes, para modificar el mandato del banco central con el fin de que incluya metas de crecimiento son casos que nacen de esta desesperación con la falta de crecimiento. Otros llamados, para implementar un régimen cambiario de deslizamientos programados, son otra cara de la misma moneda (idea) devaluada.

 

La fuerza de la comunicación es capital. Las autoridades, además de monitorear la serie de variables que influyen sobre el desenlace de la estabilidad, están y deberán estar, todos los días, en la trinchera, con un proyecto de comunicación claro y contundente.

 

En otras palabras, deberán ser monetaristas prudentes, pero también mercadólogos monetarios. De ello dependerá no tan solo la estabilidad, sino el futuro de la misma.


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