JUEVES, 20 DE OCTUBRE DE 2016
La trampa del Estado Benefactor (IV)

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“La trampa del Estado Benefactor, y de su agente principal, el gobierno redistribuidor, hace posible el robo una y otra, y otra, y otra, y otra vez.”


El Estado Benefactor, por medio del gobierno redistribuidor, obliga a unos ciudadanos (a los que les cobra impuestos con fines redistributivos) a beneficiar a otros (a quienes provee, por medio de sus políticas sociales, bienes y servicios: alimentos, educación, atención médica, etc.), beneficencia que solo se justifica si es voluntaria, no impuesta, y eso, imponer la beneficencia, es lo que hace el gobierno redistribuidor, que es la concreción del Estado Benefactor, en cuya trampa hemos caído.

Para entender lo de la trampa tengamos presente que lo que X no debe hacerle directamente a Y, tampoco debe hacérselo por medio de G (G que bien puede ser, como en muchos casos lo es, el gobierno). Si X no debe obligar (y obligar quiere decir exigir por la fuerza, forzar bajo amenaza, mandar de manera coactiva, etc.) a Y a que le dé de comer, X no debe imponerle esa obligación a Y por intermediación de G, ni G debe asumir esa tarea, ya sea que se la demande X, ya sea que la asuma voluntariamente.

Pongo un ejemplo. Consideremos a la persona X, ¡hambrienta!, que a punta de pistola (por lo tanto bajo amenaza) le roba a la persona Y una bolsa con comida. ¿Se trata de un robo, de una violación al derecho de propiedad de Y? Sí. El que X haya robado por hambre, ¿justifica el robo? Justifiquémoslo esta vez, y preguntemos: ¿cuántas más? ¿Una segunda, una tercera, una cuarta? ¿A partir de cuál (la quinta, la décima, la quinceava, la veinteava vez) consideraríamos ese robo, ¡que seguiría siendo por hambre!, como algo injustificable? El que una persona tenga hambre, independientemente de la causa, ¿justifica que una y otra vez robe comida? El robo, ¿debe ser la manera habitual de satisfacer su hambre? Es más, ¿puede serlo? ¿Cuántas veces permitiría Y que X le robara? La trampa del Estado Benefactor, y de su agente principal, el gobierno redistribuidor, hace posible ese robo una y otra, y otra, y otra, y otra vez.

Continuará.

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