MIÉRCOLES, 9 DE NOVIEMBRE DE 2016
La caída de quienes se creyeron dioses (III)

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Valenzuela







“Nos distraen con su “libertad política”, mientras que nos roban la libertad personal a medida que el Estado se agiganta, tendiendo sus tentáculos.”


El segundo experimento listado por Del Pino, por el cual ha transitado la humanidad dejando visibles y dolorosas marcas que indican la forma en que la ha afectado, es el Estado agigantado con el Sistema de Bienestar Social. Con la creación de esquemas democráticos ilimitados, los políticos inventaban la demagogia moderna, prometiendo hacerse cargo de todos los miembros de la sociedad desde la cuna a la tumba. Obviamente, ello iba acompañado con el consiguiente aumento irresponsable de impuestos y una expansiva burocracia. 

La fórmula más efectiva para medir el crecimiento del estado, siempre ha sido el gasto público que luego se convierte en deuda pública.

Al momento que las naciones abrazaban la democracia, iniciaban también la invasión de todos los campos antes en manos de la sociedad civil. El Estado ya no sería solo responsable de proteger vida, libertad y propiedad. Ahora ofrecían “servicios gratis” de banca, salud, educación, agricultura, etc., y en países como México, se erigía como conductor de la economía nacional. Se iniciaba la era de las “actividades estratégicas” controladas por el estado, y empresas como la Cía. De Luz y Fuerza del Centro, portando más empleados que postes de luz.

En la era de las monarquías el gasto público se estimaba en un 5% del PIB. A finales del siglo 19, en los países occidentales se ubicaba en un 10% del PIB. En esa era, en los EU era del 7% del PIB y en Inglaterra el 10%. En los países nórdicos, hoy día considerados paraísos del Estado de Bienestar, el gasto público era de un 6% de su PIB. Esos países se habían hecho ricos y prósperos portando gobiernos limitados, impuestos bajos, y burocracias delgadas, fue cuando decidieron iniciar el derroche habiendo olvidado el verdadero origen de su riqueza. Esas eran las estadísticas hace solo cien años, pero hoy día, por ejemplo, el gasto público de los EU es de un 50% del PIB.

En los últimos cien años, la deuda pública de las naciones del mundo ha viajado del 10% del PIB en promedio, a una carga presente del 100% del PIB. Los EU en estos momentos portan una deuda del 100% de su PIB, y creciendo agresivamente. El saliente Obama la ha duplicado, agregando más deuda pública que la suma de todos los presidentes en la historia de EU. En América Latina, la deuda de los países ha provocado graves crisis que han transitado desde el efecto tequila, el efecto vodka, hasta las más recientes de Grecia, Brasil y Argentina. El instrumento más popular para esclavizar a los países con las cadenas de la deuda, es el FMI.

El impuesto sobre la renta, principal fuente del pillaje estatal, es un invento reciente. Primero se estableció en Inglaterra en 1842, después fueron Austria, Italia y Japón, durante la segunda mitad del siglo 19. En 1900, Holanda y la mayoría de los países nórdicos, siguieron los mismos pasos. Entre 1913 y 1925, EU, Francia, Alemania, Australia, Canadá, Finlandia y Bélgica, alegremente se unían al grupo. Suiza lo haría hasta 1939 al estallar la segunda guerra mundial. En su inicio, el impuesto era de un solo digito que viajaba del 1 al 7% del ingreso anual. Hoy día, no es raro encontrar países con tasas que van de un 40% al 50%. El pillaje crecía igual que la burocracia.

Desde entonces, los políticos han descubierto infinidad de formas para sangrar a los pueblos. El impuesto progresivo, inconstitucional en EU hasta 1913, se aprobaba de forma provisional, sin embargo, hasta la fecha está vigente. A través de este impuesto alivian el descontento de la gente por las nuevas cargas fiscales, usando el poderoso sentimiento de envidia afirmando, “el rico pagará más”. La realidad es que en el largo plazo, el impuesto sería destructor del principio de propiedad privada. Si el sistema político permite que las mayorías afecten la riqueza de las minorías, sería lógico pensar que le seguirán abusivos impuestos sobre la riqueza, expropiaciones legales y, finalmente, confiscaciones arbitrarias e ilegales, todo eso acompañado de esas bellas palabras, “justicia social”, antes de que todo el sistema explote en caos.

Cuando la “democracia es saludable”, le toma más tiempo vestir ese ropaje de redentor. En esas sociedades los políticos prometen a Pedro un subsidio a expensas de Pablo, luego se apresuran a convencer a cada votante, que todos ellos son Pedros. El principio de los políticos es muy simple: “tu creas riqueza y yo la redistribuyo”. Con una mano arrebatan y con la otra regalan, con la clásica pérdida que provoca el manoteo en ese proceso. Pero un país en el cual su gobierno tiene ese poder, se convierte en un capullo generador de mantenidos.

Una sociedad moral tiene la responsabilidad de ayudar al débil, a los que no pueden valerse por sí mismos. El estado debería de tener solo un papel subsidiario. Sin embargo, los pobres se han convertido en una rentable industria para los políticos. Representan fondos, burocracia, recursos y, sobre todo, la oportunidad de vender bien los favores para controlar las masas. Pero los más débiles, por definición son minorías, y esas minorías no le interesan al Estado de Bienestar que es un concepto político. Por ello y por la corrupción, ha fallado miserablemente en ayudar a quienes realmente lo necesitan, mientras que malea y controla, para el logro de los objetivos personales de la burocracia, a quienes no lo necesitan y reciben. El Public Choice es un coordinado concierto entre votantes, políticos y burócratas.

Los políticos prometen una fraudulenta seguridad, a cambio de algo muy valioso, libertad, pero la gente termina sin recibir ninguno de los dos productos. El Estado de Bienestar crea la ilusión que el dinero fluye como la corriente de un río: ofrecen un extenso menú de regalos, pero como afirmara Milton Friedman; “There is no free lunch”. Los deformados derechos inician su expansión, pero son derechos sin deberes. Es la responsabilidad sacrificada ante el altar de los derechos universales y del poder político: El Estado siempre proveerá, no hay necesidad de ahorrar, estudiar, trabajar, superarse, desarrollar sentido de responsabilidad. Es cuando emerge un ciudadano totalmente dependiente, porque un ciudadano libre, con mente inquisitiva, siempre ha sido un estorbo para los políticos. 

La seguridad social, presentada como un programa de ahorro promovido por el Estado, se ha convertido en un esquema fraudulento. Los votantes son comprados con más subsidios y avalanchas de absurdas y aplastantes regulaciones, que sigilosamente abren la puerta trasera al paso del  totalitarismo. Nos distraen con su “libertad política”, mientras que nos roban la libertad personal a medida que el Estado se agiganta, tendiendo sus tentáculos. El gran peligro es que lleguemos a sucumbir bajo una sociedad totalitaria disfrazada de república, en donde la gente, irresponsablemente elija al siguiente tirano sin que nadie se moleste tan siquiera de saber quién es, solo preocupados porque no cierre la llave de los “regalos”.

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