MIÉRCOLES, 17 DE MAYO DE 2006
La maldición, Evo, la maldición

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“Los incentivos a la búsqueda de rentas, serán muy superiores a los incentivos a crear riqueza y, por ende, el desempeño económico será previsiblemente deficiente.”


Sorpresa no debió resultar para nadie. El Presidente de Bolivia lo anunció desde sus épocas de líder social y, posteriormente, como candidato presidencial: sus políticas económicas estarían orientadas a la redistribución de la riqueza -no a su creación-, y a la supuesta reivindicación de los pobres, postrados en esta situación, a su buen entender, porque los ricos y los extranjeros expropiaron su derecho a prosperar. El viejo y trillado lema latinoamericano, “somos pobres, porque ustedes son ricos”.

 

Hasta aquí, no hay demasiadas sorpresas. La capacidad de reinvención de ese animal político latinoamericano llamado populista es infinita. En realidad, la sorpresa mayor radica en la terrible y penosa omisión histórica y geográfica que una medida de esta naturaleza exhibe. Bastaba echar un vistazo a un mapamundi, segmentar a los países del planeta entre aquellos con abundantes y limitados recursos naturales, y comparar su grado de desarrollo económico actual (PIB per capita, índice de desarrollo humano, crecimiento económico en los últimos 30 años).

 

Los bolivianos probablemente se hubieran ahorrado el inicio de una nueva novela de horror que durará, muy probablemente, largos años, si hubiesen caído en cuenta que los países más ricos en recursos naturales y/o minerales, no son precisamente los países más prósperos del planeta. Algún asesor de medio pelo hubiese bastado para explicar a Don Evo que décadas de experiencia empírica muestran que son precisamente los países más ricos en recursos naturales, los que suelen aparecer en los últimos lugares en las listas de desarrollo económico.

 

Nigeria, Irán, Venezuela, Irak, Angola, Madagascar, Libia, Sudan, Bolivia y, en menor medida, Brasil, Argentina y México, son prueba viva de que la ecuación recursos naturales=prosperidad es una quimera. Países todos, ricos en recursos naturales, víctimas no precisamente de la globalización o del malévolo neoliberalismo, sino de la terrible maldición de los recursos humanos.

 

¿Ricos en recursos y pobres en lo social? ¿Cómo? Esta aparente paradoja, con un poco de intuición, resulta bastante menor de lo que aparenta: ofrecer a los hijos todas las comodidades, sin algún incentivo a la productividad y la responsabilidad, es virtualmente un pase automático a engendrar parásitos.

 

Y son precisamente parásitos los que nacen, crecen y se reproducen en un entorno de abundancia de recursos naturales. Los incentivos a la búsqueda de rentas, serán muy superiores a los incentivos a crear riqueza y, por ende, el desempeño económico de estas naciones será previsiblemente deficiente.

 

Algunos resultados previsibles del efecto de la “maldición de los recursos naturales” serán: las instituciones públicas, ante la supuesta abundancia, serán corroídas por la corrupción, la opacidad y el patronazgo; los empresarios estarán más preocupados en obtener prebendas y privilegios, que en crear valor para sus productos; la orientación del gasto público deberá enfocarse a la explotación de los recursos naturales, reduciendo los escasos recursos para el gasto social, distorsionando el tipo de cambio (la famosa “enfermedad holandesa”) e incentivando políticas públicas clientelares; los sindicatos, particularmente los públicos, adquirirán un poder de facto que utilizarán cada vez que se pongan en riesgo las rentas que las épocas de bonanza natural proveyó; el marco regulatorio se convertirá –si no lo es ya- en un enjambre de restricciones diseñado para favorecer o privilegiar a los empresarios “favoritos” del régimen, particularmente aquellos que estén dispuestos a invertir en las áreas ligadas a la abundancia de recursos naturales; los recursos provenientes de la renta natural y mineral serán malgastados en llamativas obras públicas, mejor conocidos como elefantes blancos, fuente inagotable de corrupción para minorías bien organizadas, sin, claro está, una rentabilidad social clara y transparente.

 

¿Son entonces los recursos naturales los causantes del “tormento” boliviano? Claro está que no, tenemos excepciones contadas de países ricos en bienes naturales y ricos en bienestar social –Noruega, Canadá-; el problema es que la maldición se potencia en entornos institucionales débiles, incapaces de procesar la bonanza de recursos hacia actividades capaces de generar valor agregado y elevar la productividad de la economía, e, igualmente incapaces de encauzar el conflicto cuando la bonanza cíclica llegue a su fin.

 

Por lo tanto, es la combinación de abundancia de recursos humanos y los incentivos políticos y económicos que éstos generan, junto con la aparición de políticos astutos, sin escrúpulos, ávidos de salir a los balcones a reivindicar lo que la injusta historia les ha robado, aderezado con una peligrosa ignorancia económica, la fórmula exacta para crear la “tormenta perfecta” del subdesarrollo e incentivar que la maldición de los recursos naturales persista ad infinitum.

 

La maldición, Evo, la maldición.


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