JUEVES, 25 DE MAYO DE 2006
La miseria de la "ideologización"

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“Si prácticamente cualquier hecho es observado, y juzgado, con anteojos “ideológicos” corremos el gran peligro de que el criterio final de decisión no sea la verdad o la pertinencia, sino la dictadura del número o incluso la dictadura de la propaganda.”


Las ideologías son el peor sucedáneo del conocimiento. Es preferible admitir “no sé” que pretender “saber” todo de todo a partir de la guía o el catecismo ideológicos.

 

Las ideologías le dan cierto orden –entramado de relaciones jerarquizadas mentalmente- a un conjunto de prejuicios, mitos, odios, aficiones, intereses. Ese conglomerado de presunciones irracionales se disfraza, merced a la ideología, de racionalidad. Y además jerarquiza y correlaciona unos prejuicios con otros; por ejemplo, en ciertas ideologías el prejuicio “el libre mercado causa miseria” se vuelve causa indiscutible –para el individuo ideologizado- de prejuicios subordinados: “siempre es deseable la intervención del Estado en la vida económica”, “cualquier regulación gubernamental persigue corregir las fallas del mercado”, “la competencia provoca desempleo”… y demás.

 

Una vez que se ha entrado al universo ideológico los hechos son seleccionados (aceptados o desechados) y modificados cuidadosamente para ajustarse al modelo o cosmovisión que la ideología propone: “La escasez de tal producto no tiene otra causa que la ambición desmedida de los empresarios”, por ejemplo, se vuelve un axioma (verdad que no requiere de demostración) aun cuando los hechos nos griten que la escasez es provocada por, digamos, el control de precios.

 

Para Marx –un abuelo intelectual de muchos de los alegatos ideológicos de nuestros días, aunque nadie lo mencione- la ideología nace de las relaciones de producción, la ideología está condicionada por la pertenencia inescapable a una clase social, sea la de los opresores, sea la de los oprimidos.

 

Un Marx asimilado superficialmente en las aulas universitarias y preuniversitarias de Latinoamérica durante las últimas cinco décadas, al menos, ha configurado un conjunto de férreos prejuicios englobados en una ideología que llamamos, por comodidad esquemática, “de izquierda”. Entonces, ser “de izquierda” significa estar del lado correcto de la historia (equivalente a pertenecer, así sea en forma vicaria, a la clase de los oprimidos) y la discusión intelectual y política se reduce al intercambio de acusaciones y denuestos entre esa “izquierda” y el resto de los no-ideologizados que, por razones de la misma ideología “de izquierda”, no pueden ser sino reaccionarios “de derecha” o, peor aún, o mejor aún: representantes “de la ultraderecha” (lo que, en términos de propaganda parecería darle al alegato una fuerza incontrovertible: la ultraderecha no tiene salvación).

 

Cuando en la Universidad uno “aprendió” el dogma de que las relaciones de producción condicionan la super-estructura, es decir: la cultura, las relaciones sociales, el arte, la moral, la religión, mucho mejor que (o en lugar de) aprender a calcular un interés compuesto –en economía– o que aprender a usar correctamente los métodos de investigación, en ciencias sociales, terminamos con una clase presuntamente intelectual totalmente alejada de la verdad, ensimismada en la defensa a ultranza de prejuicios y de dogmas –que se clasifican fácilmente en “políticamente correctos” o “políticamente incorrectos”- y la verdad queda abandonada.

 

Cuánto hemos perdido los latinaomericanos por esta intoxicación ideológica es algo incalculable.


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