MIÉRCOLES, 11 DE ABRIL DE 2018
La ley de Herodes estadounidense (IV): La payasada del abogado especial y el FBI

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“Comey no es Thomas Becket, con el que siempre se compara, más bien se podría considerar en la liga de las muchachas en las ventanas de las calles de Ámsterdam vendiendo sus servicios al mejor postor.”


Cubierta con un manto y explotando como debacle, es la investigación del “abogado especial” (special counsel) armado con carte blanch para quebrantar el estado de derecho. No fue sorpresa que James Comey directamente seleccionara ese nuevo inquisidor. De acuerdo con el testimonio de Comey ante el Comité de Inteligencia del Senado, habiendo sido despedido el 9 de mayo 2017, el filtró documentos oficiales a su amigo profesor de la Escuela de Derecho de Columbia, Daniel Richman, con instrucciones específicas de que Richman a su vez los pasara a la prensa. Un reporte de esa filtración fue lo que dirigió al subprocurador de Justicia, Rod Rosenstein, a presentar a Robert Mueller como único candidato —ex director del FBI y gran amigo de Comey— al puesto de abogado especial para investigar las alegaciones de la colusión Trump-Rusia.

La reputación de Mueller ha sido seriamente dañada por sus decisiones que violan todas las reglas éticas. Por ejemplo, de inmediato contrató a una serie de activistas demócratas como abogados para la probatoria; Andrew Weissmann, quien había donado a la campaña de Clinton y había felicitado a la Procuradora General en funciones, Sally Yates, por haber desobedecido la orden presidencial de Trump en relación a la prohibición de entrada al país a residentes de países que apoyan el terrorismo; Jeannie Rhee, quien también había donado a la campaña de Clinton y representó a Ben Rhodes en la investigación de los correos electrónicos y de la Fundación Clinton; y Aaron Zebley, quien había representado a un miembro del staff de Clinton, Justin Cooper, en la investigación de los famosos correos. Parece que solo le faltaron algunos miembros de la organización “Trump no”.

Mueller también ordenó una invasión de madrugada y con armas desenfundas a la casa de Paul Monfort y su esposa, una táctica que solo se usa contra terroristas y traficantes de drogas. Manafort fue luego iniciado por crímenes financieros anteriores a su participación en la campaña de Trump, y que nada tienen que ver con la colusión Rusa. Después, Mueller, en Julio 2017, removió a Strzok de la investigación sin notificar a nadie. La remoción y las causas fueron descubiertas por el inspector general del Departamento de Justicia, Michael Horowitz. Ahora todo mundo pregunta ¿Por qué esa información tan vital no fue hecha pública? No es que Strzok fuera una figura sin importancia. Todas las decisiones claves con relación a las investigaciones de Clinton y la colusión Trump-Rusia, habían sido hechas por Strzok.

Strzok también fue quien lideró la entrevista del Gral. Michael Flynn que terminó con la aceptación de culpa de parte del General, por haber hecho declaraciones falsas al FBI. Es importante señalar que la entrevista de Flynn con el FBI no fue conducida bajo la autoridad de un abogado especial, sino bajo la autoridad de Comey y McCabe, y se llevó a cabo durante la semana de la toma de posesión en enero 2017. Flynn se había reunido con los mismos agentes el día anterior para hablar de los niveles de seguridad de las gentes nuevas. McCabe llamó a Flynn y le preguntó si los agentes podían ir a la Casa Blanca. Flynn accedió asumiendo era para asuntos de seguridad. No lo era.

En las comunicaciones intervenidas al abrigo de FISA y un juez engañado, habían escuchado a Flynn hablando con el Embajador Ruso, Kislyak. No había nada criminal o inusual en eso. Flynn formaba parte del equipo de transición de Trump y era ya un empleado federal, como asesor de seguridad nacional del nuevo presidente electo. Una de sus responsabilidades era hablar con líderes foráneos. Flynn no había sido acusado de nada por su conversación con el embajador ruso. Entonces ¿Por qué el FBI estaba interrogando a Flynn acerca de una conducta ilegal? ¿Qué más necesitaba saber el FBI? Cuando Flynn era acusado formalmente y se anunciaba, McCabe estaba en una videoconferencia vitoreando su éxito y brindando con champagne. 

Para darnos una idea de la justicia de este grupo de bandoleros, solo hay que comparar el tratamiento de Flynn con el que le dieron a Paul Cambetta, el técnico que utilizó un programa llamado BleachBit para destruir miles de correos de la computadora de Hillary Clinton. Esta destrucción de evidencia se llevó a cabo después de que el comité de la Casa de Representantes emitiera cartas ordenando que todos los correos electrónicos debieran ser preservados, y emitía también orden legal para que fueran entregados. Cambetta primero mintió al FBI afirmando no haber destruido ni borrando nada. Pero después de ser recompensado con inmunidad, recordó vivamente había destruido miles de correos—pero su memoria de nuevo le falló y no pudo recordar a nadie dándole esa orden.   

El rumor en Washington es que Flynn se declaró culpable para proteger a su hijo, al que también Mueller estaba acosando. ¡Siempre el buen soldado! Pero quienes interrogaron a Flynn aquel día, no se cubrieron de gloria como guardianes del estado de derecho. Liderados por Strzok, acorralaron a Flynn con hechos que ya conocían y sabían no constituían ningún crimen. Mancharon con infamia la reputación del sagrado proceso de vigilar el cumplimiento de la ley federal, con el papel que representaron en ese bajo y tramposo esquema para destruir al legítimo presidente electo y a los colaboradores seleccionados por él. Los expertos señalan estos acontecimientos son mucho peores que la conjura de Watergate que le costara la presidencia a Nixon. Pero luego citan dos diferencias importantes: En el caso Watergate los ejecutores del macabro plan eran criminales comunes, en el caso presente son los guardianes de la ley. En el caso Watergate eran acciones para sacar ventaja al partido demócrata. En el que nos ocupa son acciones para dañar y destruir a un presidente republicano y no permitirle gobernar.

Una nube de vergüenza se extiende sobre la cabeza de Mueller, otra sobre el Departamento de Justicia. Pero la nube más negra se extiende sobre el FBI, la agencia premier responsable de vigilar el cumplimiento de la ley federal que durante muchos años se había mantenido lejos de la política. El escándalo que estamos atestiguando penetra el alma de la agencia. Pero se extiende desde el director Comey al subdirector McCabe, al abogado y consejero general Baker. Se desparrama luego hacia contrainteligencia vía Peter Strzok. Cuando agentes en la línea se quejaban de esta situación, McCabe contraatacaba investigándolos por filtración de información y amenazaba con despedirlos.

La conclusión más importante de este fellinesco proceso, es que Comey no es más que un policía corrupto hasta la médula de sus huesos, rodeado de un grupo de facinerosos a cargo del FBI con ramificaciones en el Departamento de Justicia. El único compromiso de este hombre es con el mismo antes, y eso es su patrón de conducta con el que ha dejado huella por donde ha circulado. Las historias abundan acerca de sus explosiones cuando alguien está en desacuerdo con él. Para luego atacar afirmando; “Tu compás moral está desviado”. Ese estilo le valió que los agentes lo llamaran “el Cardenal”. Pero Comey no es Thomas Becket, con el que siempre se compara, más bien se podría considerar en la liga de las muchachas en las ventanas de las calles de Ámsterdam vendiendo sus servicios al mejor postor.

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