MARTES, 6 DE JUNIO DE 2006
Debates y miedo a la competencia

¿Usted cree que el T-MEC será aprobado por el congreso estadounidense este año?
No
No sé



El punto sobre la i
“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
Othmar K. Amagi


Más artículos...
Ricardo Valenzuela
• El crimen de Bavispe, Sonora

Arturo Damm
• La causa del crecimiento

Arturo Damm
• Comercio exterior

Víctor Hugo Becerra
• ¿EL T-MEC está muerto?

Arturo Damm
• De mal en peor

Manuel Suárez Mier
• ¿Cómo se acaba la pobreza?

Arturo Damm
• Outsourcing


Pulsaciones...
• De la amnistía a la legalización

• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Ricardo Medina







“Debatir en la cultura mexicana es algo tan extraño, e incómodo, como competir sin fueros, equitativamente, bajo reglas pactadas de antemano. Tan molesto como renunciar al “pase automático” –a la universidad o al puesto de trabajo o a la candidatura- o como someterse al dictamen implacable del mercado… o aceptar la crítica.”


Los debates son típicamente occidentales y modernos. Parten de la confianza en la razón y en la capacidad humana de argumentar, de descifrar argumentos y emitir juicios valorativos sobre un discurso. Suponen la inteligencia no sólo de quienes contienden debatiendo (el debate sí es una contienda, ver el diccionario, no un intercambio de monólogos) sino de quienes escuchan a los contendientes y valoran racionalmente sus argumentos.

 

Todo esto resulta sumamente incómodo para quienes no están acostumbrados a la competencia ni a correr el riesgo de sufrir una pérdida. Me imagino que un verdadero debate intelectual debe ser algo insólito y perturbador para quien está acostumbrado a callar ante las preguntas incómodas y no suele aceptar el escrutinio de los demás, incluido el escrutinio de aquellos que “nos ven con malos ojos”.

 

Sometidos a esa prueba, algunos recurren a la trampa. Por ejemplo, durante el debate entre candidatos en Perú, en la segunda vuelta de las elecciones, Ollanta Humala trató de lograr una protección indebida escondiéndose detrás de una bandera peruana; de esa forma, no sólo buscaba apartar de sí el juicio ajeno desfavorable (quien le criticase, simbólicamente estaría criticando a la intocable patria) sino lograr una ventaja igualmente indebida sobre su adversario –ajena a sus méritos intelectuales- desde la línea de salida de la contienda.

 

Otra argucia frecuente, entre quienes aborrecen el escrutinio, es eludir socarronamente los cuestionamientos, sea con falacias “ad hominem”, sea con alguna gracejada, sea con minimizar las propias carencias escudándose en abstracciones, sea mediante el recurso de alterar la sustancia de la pregunta, falsificarla, para llevarla a un terreno confortable.

 

Una trampa “elegante” en un debate es, simplemente, no debatir. Esta estratagema es viable para debates entre más de dos contendientes, en la que alguno elije ignorar al resto y soltar un monólogo propagandístico. No deja de ser revelador de cierta intolerancia a la competencia, que haya quien juzgue que “triunfó” en un debate… precisamente quien nunca debatió.

 

Como en el futbol o en los mercados, en la competencia del debate debe haber ganadores y perdedores. No funciona el mecanismo igualitario a ultranza de algunos juegos infantiles (“todos ganan”) que algunos padres hiperprotectores inventan dizque para evitarle traumas a los niños. Es sano que las empresas que no son viables quiebren en el mercado y es sano que los candidatos incompetentes pierdan. Digo, después de todo las elecciones son una competencia excluyente –sólo hay un ganador, aunque sea por un solo voto. Ojalá en el futuro no aparezcan “prudentes” protectores de “la buena fama” de los candidatos que prohíban los debates, como han prohibido ya, selectivamente, la libertad de expresión de algunos partidos.


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus