MIÉRCOLES, 26 DE JUNIO DE 2019
Donald Trump vs. El Nuevo Desorden Mundial II

A un año del comienzo del gobierno de López Obrador, usted cree que hemos mejorado en...
Economía
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El punto sobre la i
“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
Othmar K. Amagi


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“Los enemigos de Trump nunca entendieron que los ataques del grupo de poder, sus propios autoseñalamientos de gran experiencia, educación, moralidad, clase, fue precisamente la fuerza que hizo del Trumpismo algo tan atractivo.”


El Grupo, para cerrar el círculo, arreciaba una subversiva operación hasta llevar a la presidencia de EU a Barack Obama, preparando su avenida con la activación de un coup d’etat de la economía mundial ejecutado en 2008. Un hombre de ideas marxistas que, desde su toma de protesta, ignorando los líderes tradicionales en los estados se daba a la construcción de una estructura paralela para dominar el partido demócrata que ahora controla. Se abandonó la clase trabajadora a favor de un ejército de marxistas, todo envuelto en el resplandor y glamor de Hollywood esencial para el plumaje demandado por Obama. Grandes recursos se canalizaron para el entrenamiento de rufianes profesionales como Move On, Antifa y otros, con apoyo de billonarios como Soros y sus amigos.

Obama, como su obediente sicario, aprisionó el país con la ayuda de quien pretendía heredar el reino y continuar el proceso ya muy adelantado, Hillary Clinton, y una media a las órdenes de “El Grupo”, puesto que ellos son sus propietarios, que le proyectaron una imagen de Jesucristo salvador víctima de los odiosos fariseos y, no solo le cubrieron sus descaros, le cubrieron las invasiones que llevó a cabo para construir un país socialista. 

Así llegamos al 2016 en un país donde se asesinan recién nacidos, fuerzas extrañas promoviendo a imprecisos seres como travestis, trasgénero, bisexuales, neosexuales etc. En el cual, cortesía de la educación pública, el 70% de los jóvenes piden socialismo y rechazan el cristianismo. En el cual se comercian los órganos de niños abortados. Un país que había perdido más de 15 puntos en el índice de libertad económica y su deuda se había duplicado. Un país en el que se considera hazaña que Obama recorriera el mundo pidiendo perdón, el haber repartido miles de millones entre musulmanes en todo el mundo y se les abría la migración a funestos fedayines. 

En un proceso manipulado de apertura de mercados a conveniencia de las elites, favorecieron esas clases especiales de las costas (Silicon Valley, Hollywood, San Francisco, Washington, Nueva York) eliminando grandes regiones del interior del país pues eran consideradas pérdidas necesarias de los más radicales desarrollos históricos de los EU. Los abanderados del Nuevo Orden Mundial y los estadounidenses de las costas pensaron que desindustrializando y destruyendo el valor del trabajador tradicional no tendría consecuencias culturales y económicas para las clases medias que habían sido los custodios de los valores nacionales. ¡Esa sería su gran equivocación!

Los ganadores fueron los costeños descritos como arrogantes, inteligentes, exitosos, caminando hacia mayores éxitos, altamente móviles, orgullosamente neuróticos, auto absortos, con los clásicos melodramas en sus oficinas. En contraste, las clases trabajadoras en el interior que representan todo lo contrario. Los describían en programas de TV como Duck Dinasty con sus gorras, sus overoles, con acentos rurales, toscos, bruscos. Corajudos siempre listos para maldecir e iniciar una pelea. A su alrededor maquinaria que ya no funcionaba, sus chozas y su tráiler completaban su panorama de pobreza.

Los republicanos llegaron a creer en un mercado “holístico administrado” que repartiría cultura y valores. Comunidades que habían perdido fundidoras de aluminio, grandes plantas y sus campos agrícolas desiertos, de facto había sido probado que deberían perderse considerando el evangelio de la “globalización” con sus reglas siempre favoreciendo a los más “eficientes”—eficiencia juzgada por el bajo costo de producción sin importar las grandes olas que sumergían su gente, su cultura y su futuro. Lo perdido en salarios de la moribunda clase media, supuestamente se justificaría por la importación de productos para el consumidor más baratos.

No es que pensemos eso no debería haber sucedido. Debería haber sucedido, pero tomando en cuenta experiencias similares como al arribo de la revolución industrial que enviaba a los obreros y agricultores desplazados a sindicatos socialistas, para convertirlos en bombas de tiempo. Una lección que se debería de haber aprovechado para hacerlo de forma diferente. Porque la clase media afectada y enfurecida, nunca cantó “hagan de mi lo que quieran ahora que estoy desarmado”.

En medio de este rompecabezas llegaba Donald Trump, solucionador de problemas, presumido, bocón, nacionalista, peleador de barrio. Una forma para entender los excesos personales de Trump y su atracción en los estados rojos es precisamente el no haber sido presidencial, el secreto para lograr cambios de posiciones ancestrales en política doméstica e internacional, redescubriendo la clase media “populista buena” oculta frente a la nariz de los republicanos. El primer presidente republicano de la historia que había penetrado el monopolio demócrata de las clases medias.

El rudo billonario se conectó con los votantes rojos y purpuras en una forma que los candidatos republicanos nunca habían podido—y no solo en términos de su firma y su ortodoxia en la atención de temas como comercio, globalización, o inmigración ilegal. Trump, la persona, tenía la misma importancia. A través de sus injurias, consideradas conductas trogloditas, enviaba un gran número de mensajes subliminales e implícitos que solamente los que estaban sufriendo entendieron.

Trump se dio cuenta de la arrogancia costeña y la tiranía de sus empresas tecnológicas. Cuando retó las noticias falsas, en sus twits atacó a la media corrupta, atacó la globalización, se burló de los políticos de Washington, despotricó sin detenerse gritando con crudeza—gran parte del país sintió que finalmente tenían su Cid Campeador dispuesto a pelear con rudeza para ganar, en lugar de, McCain y Romney, que perdían noblemente y daban las gracias. Sus enemigos nunca entendieron que los ataques del grupo de poder, sus propios autoseñalamientos de gran experiencia, educación, moralidad, clase, fue precisamente la fuerza que hizo del Trumpismo algo tan atractivo.

En el 2016, los expertos se enfocaron en el populismo de carrera, clase, género, pero sería la explosión de Hillary Clinton que pretendió canalizar la nueva identidad sexual, juventud confundida, y el feminismo, como políticas a su ventaja. Pero todos olvidaron que había otra tradición populista buena, estaba dormida. Un populismo herencia de los padres fundadores avalando al individuo amante de su país, de la libertad y propietario. Ignoraron la frase de Jefferson: “Comercio con todos, alianzas con ninguno”. Tampoco entendieron que había una potente bomba esperando explotar—si algún loco audaz y temerario se encabronara lo suficientemente para activarla. Y ese fue Trump. 

Trump no es libertario, es pragmático y admiro su cruzada, su lucha contra el estado profundo y, en especial, sus logros económicos. Admiro su inteligencia al haberse rodeado de gente como Art Laffer, Steve Moore, David Malpass, Larry Kudlow, sus gurús económicos. El país al que yo arribaba hace más de 30 años ya no existe. Ahora es controlado por el estado profundo, los billonarios socialistas del Silicon Valley y el nuevo partido demócrata marxista. Pero pienso que se puede recuperar y, ante el agresivo ataque del Grupo, el hombre que ha iniciado el contrataque es Donald Trump.

• Estados Unidos

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