Aquelarre Económico
Ago 30, 2019
Manuel Suárez Mier

Responsabilidad social (II)

Tener contentas a todas las partes interesadas en las actividades de las empresas, no pasa de representar una buena práctica de negocios.

Mi artículo anterior sobre la decisión del Business Roundtable (BR) de remplazar la maximización de utilidades de las empresas como su propósito esencial, por buenos deseos para quedar bien con clientes, empleados, proveedores y la comunidad en la que se ubican, provocó un buen número de reacciones.

Uno de mis queridos lectores comentó que si la declaración del BR hubiera enfatizado la maximización de utilidades de las empresas en el largo plazo y no sólo en el actual trimestre, como suelen hacerlo, no habría conflicto de opiniones, lo que reitera la importancia de escribir con cuidado y precisión.

Hubo un auténtico diluvio de más reacciones, empezando por The Economist que le dedicó su portada, y comentarios de mis colegas de la Universidad de Chicago Raghuram Rajan y Luigi Zingales que llevan años proponiendo cómo debe mejorarse el sistema capitalista para prevalecer exitosa e indefinidamente.

Zingales publicó un artículo en el que se pregunta si los sindicatos hubieran unilateralmente decidido definir el contrato de trabajo y cómo hay que interpretarlo, el BR hubiera denunciado, ¡socialismo! ¿Por qué no reaccionar de igual manera cuando los directivos de empresas redefinen su propósito?

Coincidimos en que el manifiesto del BR es perfectamente compatible con la tesis de Friedman que lo que cuenta es maximizar las utilidades en el largo plazo, por lo que tener contentas a todas las partes interesadas en las actividades de las empresas, no pasa de representar una buena práctica de negocios.

Varios de los 181 directivos que firmaron la declaración del BR fueron quienes vendieron hipotecas fraudulentas a inversionistas y productos defectuosos a sus clientes, promovieron el consumo de drogas adictivas, tiraron residuos tóxicos en sus comunidades y usaron todos los trucos posibles para eludir impuestos.

Si los directivos fueran serios en mejorar la forma en que sus empresas operan, debieran disminuir su cabildeo para recibir prebendas del gobierno y evitar las malas prácticas enumeradas en el párrafo anterior, por lo que da la impresión que la declaración del BR no pasa de ser una estratagema publicitaria.

En el peor de los casos, Zingales señala que el nuevo credo del BR pudiera ser una peligrosa estrategia de los directivos para lograr mayor poder, lo que restaría aún más influencia a los accionistas, sobre todo en las empresas que cotizan en bolsa, debido a su gran atomización que difumina por completo su influencia.

El aserto del BR no ofrece una alternativa viable y clara que remplace maximizar utilidades como el objetivo central de la empresa, para hacerse responsable de ejercer sus obligaciones, y dado que los accionistas serían los paganos de las medidas que emprendan los directivos de la empresa en su nueva misión “social,” ello equivaldría a un impuesto sin ninguna representación.

Lo impostergable es buscar medios para elevar la transparencia de las empresas y mejorar los canales de participación de los accionistas en su buen gobierno.



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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

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