MIÉRCOLES, 28 DE JUNIO DE 2006
¿Autarquía en el siglo XXI?

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“No hay que dejarse engañar con el cuento que la globalización es irreversible y que nuestra inserción en ella no tiene regreso. Puede pasar si el demagogo llega al poder.”


Es frecuente escuchar a comentaristas que pretenden tranquilizar a la opinión pública respecto a los peligros de elegir a demagogos nacional-populistas como AMLO, afirmar que “la inserción de México en la globalización es irreversible lo que acota severamente el ámbito de acción de un Presidente.”

 

Esta es una falsedad notable y es indispensable contrarrestarla mostrando que es perfectamente posible dar marcha atrás al proceso de apertura e inserción de México en el mundo. AMLO ya señaló que el modelo que admira es el de Néstor Kirchner que ya inició el camino para cerrar la economía Argentina.

 

La pregunta es qué hay que hacer para volver al “nacionalismo revolucionario” sofocante y enclaustrado que padecimos por tantos años, en perjuicio sobre todo de los mexicanos más pobres, y cuya más reciente versión la sufrimos durante el desgobierno del otro López, el aborrecido Jolopo.

 

Cerrar la economía es mucho más fácil de lo que parece. Basta con seguir adelante con lo que AMLO ha ofrecido, que es denunciar el compromiso de México de aceptar la importación de maíz y frijol de Estados Unidos y Canadá dentro de dos años como fue negociado en el TLCAN. 

 

Los ánimos en Washington son belicosos y proteccionistas. La tontería de intentar detener el flujo migratorio del sur con la construcción de bardas y la amenaza de expulsar a 12 millones de forasteros sin papeles que viven en Estados Unidos, como propone la Cámara de Diputados, son pruebas claras.

 

¿Qué consecuencias tendría para México la cancelación del TLCAN? Simple y sencillamente devastadoras. Se estima que el número de empleos directamente vinculados con las exportaciones mexicanas a nuestros socios de norteamérica excede los dos y medio millones.

 

Pero como bien señaló Luis de la Calle en un artículo reciente publicado en El Universal en el que expone los muchos y tangibles beneficios que México ha recibido de su participación en el TLCAN, lo más grave del caso de acabar con ese Tratado serían las oportunidades perdidas en el futuro.

 

AMLO ha anunciado reiteradamente que pretende adoptar subsidios, aranceles y permisos de importación para proteger al campo y a la industria nacional de la injusta competencia externa (compromisos 17 y 24: “Promoveremos el desarrollo de ramas industriales… que permitan sustituir importaciones”).

 

Pero la llegada de López Obrador al poder significaría también que el país sufriría una pérdida aún más grave que la de su dinámico sector exportador, en la masiva fuga de cerebros que significaría una sangría ruinosa para México, que ha invertido cuantiosos recursos en la educación de sus jóvenes.

 

Mientras AMLO emprende la insensata construcción del tren bala, probablemente intentaría adoptar medidas para limitar o eliminar el acceso de la gente al gran medio de comunicación, análisis y crítica política que es el internet, una “metodología” importada del ámbito “neoliberal” que él desprecia.

 

En connivencia con las empresas de telefonía y telecomunicaciones, que no se caracterizan por su amor a la competencia pero cuyas concesiones dependen del gobierno, el líder negociará términos para que mantengan su posición dominante a cambio de limitar o eliminar opiniones indeseables.

 

Es evidente que la restauración del vigor del Estado mexicano, como AMLO gusta referirse al gobierno, requiere de la creación de nuevas empresas paraestatales que corrijan el error histórico que representó la privatización de empresas emprendida por los odiados tecnócratas “neoliberales.”

 

No hay que dejarse engañar con el cuento que la globalización es irreversible y que nuestra inserción en ella no tiene regreso. La posibilidad de dar marcha atrás a exitosos procesos de integración, como sucedió en Europa al término de la Primera Guerra Mundial, ocurrió a pesar de sus devastadoras consecuencias. Aquí también puede pasar si el demagogo llega al poder.


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