JUEVES, 29 DE JUNIO DE 2006
El secretario de Hacienda

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“Un secretario de Hacienda exitoso requiere de dos condiciones básicas: tener la capacidad técnica necesaria y contar con el irrestricto apoyo presidencial para mantener las finanzas en equilibrio y la deuda bajo control.”


Se ha especulado que un demagogo como López Obrador podría mantener la estabilidad económica del país mediante la selección de un secretario de Hacienda que resulte conocedor de los temas financieros y que sea respetado por los mercados internacionales.

 

Estos son, sin duda, ingredientes básicos para tener un buen secretario pero no son una condición suficiente para asegurar la estabilidad financiera. Se requiere también del compromiso explícito y firme del Presidente que respetará las decisiones de Hacienda en el ámbito de su responsabilidad.

 

A este respecto la historia reciente del país resulta reveladora. En el período posrevolucionario hubo grandes secretarios de Hacienda que enfrentaron la ímproba labor de limpiar las finanzas de un país en quiebra y con obligaciones financieras incumplidas, con el apoyo irrestricto del Presidente en turno.

 

Alberto J. Pani, Luis Montes de Oca y Eduardo Suárez realizaron una faena titánica al frente de las finanzas entre 1923 y 1946. Crearon las instituciones fundamentales para modernizar la infraestructura financiera del país y enfrentaron las circunstancias difíciles de sus tiempos.

 

A ellos les tocó renegociar las deudas impagadas anteriores a su gestión en términos favorables y restaurar el buen crédito del país a pesar de nuevas circunstancias que lo dificultaban como la expropiación petrolera decretada en 1938 que Suárez manejó en sus aspectos financieros con talento.

 

Ramón Beteta y dos Antonios, Carrillo Flores y Ortiz Mena, continuaron en esa tradición por el siguiente cuarto de siglo consolidando la estabilidad y una cada vez más firme situación financiera, condición esencial para el rápido crecimiento económico que el país experimentó en ese periodo.

 

Los primeros signos ominosos respecto a la secretaría de Hacienda ocurrieron en 1970 en las postrimerías del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, quien le dijo a su sucesor Luis Echeverría que removería al secretario Ortiz Mena, uno de los principales obstáculos que le habían impedido hacer más obras en su gestión.

 

La extraña declaración de Díaz Ordaz acredita que no apreciaba cabalmente la excelente labor realizada por su secretario para la buena marcha de su gobierno, al mantener simultáneamente elevado crecimiento económico e impecable estabilidad de precios y del tipo de cambio.

 

Sin embargo, el nombramiento de secretario de Hacienda en 1970 recayó en Hugo Margáin quien ciertamente tenía las credenciales apropiadas para desempeñar el puesto con habilidad y talento. Pero aquí empezamos a observar las interferencias del resto del gabinete y del propio Presidente.

 

A Echeverría le urgía gastar más recursos azuzado por otros miembros de su gabinete y entró en conflicto con su secretario de Hacienda al que finalmente removió para nombrar a su viejo amigo José López Portillo, que no tenía idea de economía, y anunciar que “las finanzas ahora se manejarían en Los Pinos.”

 

Quienes entendieron el mensaje, se dieron cuenta que era el principio del fin de la estabilidad financiera del país porque el nuevo secretario de Hacienda tenía como único interés suceder a Echeverría, para lo que ayudaba mucho poseer la chequera del gobierno federal para complacer a su manirroto jefe.

 

La deuda externa se quintuplicó al tiempo que las finanzas públicas eran cada vez más desequilibradas, letal combinación que condujo a la pérdida de confianza en el gobierno y a una fuga de capitales que secó al Banco de México. La crisis se concretó en septiembre de 1976 y le tronó en las manos al tercer secretario de Hacienda del sexenio, Mario Ramón Beteta.

 

Este relato lo seguiré mañana pero la lección importante es que los secretarios de Hacienda que resultan exitosos requieren de dos condiciones básicas: tener la capacidad técnica necesaria y contar con el irrestricto apoyo presidencial para mantener las finanzas en equilibrio y la deuda bajo control.


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