Nostalgia del porvenir
Mar 4, 2020
Fernando Amerlinck

Mayestáticos del mundo, ¡desuníos!

Son demasiados los mayestáticos que lloran en plural, con rasgadas vestiduras, por arsenales de agravios que sufren en carne propia por culpas sin fin que les explican perfectamente por qué el mal actual no tiene remedio.

No, yo no digo “los mexicanos somos corruptos” o “¡cuánto daño hicimos a los yaquis!”. Ni me considero corrupto, ni conozco a un solo yaqui; mucho menos participé en la campaña porfirista contra los yaquis.

Desciendo de yucatecos, pero no combatí en la guerra de castas. Provengo de belgas, pero no masacré a negros en el Congo. Soy descendiente de tlaxcaltecas, pero eso no me hace enemigo de los mexicas; y a mayor abundamiento, descendiente de mexicas como soy, no soy enemigo de los tlaxcaltecas (claro que sí me hago responsable de mi amistad con un tlaxcalteca que seguramente leerá estas líneas).

Desciendo también de vascos, castellanos y extremeños, entre éstos Jorge de Alvarado, hermano que fue de Tonatiuh (Pedro); enemigo de los mexicas y aliado de los tlaxcaltecas, feroces guerreros que derrotaron y masacraron a sus explotadores mexicas. Pero no comparto las culpas de ninguno.

No soy mayestático: no digo “hicimos” cuando hablo de lo bueno o malo que hicieron otros. No me siento “orgullosamente mexicano” pues tampoco compro orgullos ajenos. No puedo enorgullecerme de lo que otros hacen ni tampoco me culpo de sus crímenes. No soy plural. Soy pieza y no máquina; individuo y no masa. Soy gregario y me asocio libremente con otros pero no soy colectivo de nada ni de nadie. Hablo y actúo en primera persona; respondo por mis actos y no por los ajenos, mucho menos por lo que hicieron los muertos o por lo que pasó antes de nacer yo.

Los mayestáticos abundan, especialmente en el deporte nacional orgullosamente mexicano de la mercadería de culpas y agravios. En el agravio colectivo de lo que pasó hace 500 años, y en culpabilizar al actual monarca por cosas que él no hizo en un reino que en ese tiempo no existía.

Ha resucitado la Llorona, revoloteando por sus hijos muertos; y los vivos vuelven a mirarse tristes, desolados, desesperados, en el espejo negro de Tezcatlipoca. “¡Oh dolor insufrible que nos hicieron, oh pobrecitos que somos! ¡Exigimos que nos pidan perdón, y ni así los perdonaremos!”

Son demasiados los mayestáticos que lloran en plural, con rasgadas vestiduras, por arsenales de agravios que sufren en carne propia por culpas sin fin (todas ajenas) que les explican perfectamente por qué el mal actual no tiene remedio.

Yo no me subo a ese camión psicológico que comercia con culpas y agravios y no con bienes y valores. Los mayestáticos colectivistas necesitan desunirse, y preferiblemente, desaprender sus malas artes. Crecer, pues. Superar al menos la adolescencia histórica. Aprender a pararse en sus propios pies, cada quien en libertad. El pasado horroroso ya pasó. Seguir atorados en él no es buena receta para seguir vivos.

*Artículo publicado originalmente en Ganso Salvaje.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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