JUEVES, 29 DE JUNIO DE 2006
Encuestas y elecciones

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Sergio Sarmiento







“Entre 5% y 15% del electorado, suficiente para cambiar el rumbo de la elección, termina decidiéndose en los últimos días o en el momento mismo en que cruza la boleta. Ése es el encanto de una elección. No importa lo que digan los sondeos o los especialistas antes de los comicios.”


Al cierre del periodo en que es legal la difusión de encuestas surgió la inevitable avalancha de estudios que pretenden ilustrarnos sobre las preferencias electorales de los mexicanos antes del 2 de julio.

 

La mayoría de las encuestas importantes, las más visibles cuando menos debido a su aparición en medios de comunicación, colocan en primer lugar al perredista Andrés Manuel López Obrador, seguido de cerca por el panista Felipe Calderón y, a mayor distancia, el priísta Roberto Madrazo.

 

Algunas encuestas colocan en primer lugar a Calderón, pero son las menos. Una, la de María de las Heras, establece un virtual empate entre Calderón y Madrazo en el segundo puesto.

 

Lo único que podemos decir realmente, en especial si consideramos que entre el 20 y el 30 por ciento de la gente se niega a aceptar a ser entrevistada por encuestadores y un 15 por ciento de los que sí son encuestados no responden la pregunta de su preferencia presidencial, es que estamos llegando al 2 de julio con una competencia muy cerrada.

 

Quizá esto sea positivo. Cuando hay una ventaja excesiva de un candidato sobre sus rivales la gente tiende a no presentarse a votar. En una contienda tan reñida, en la cual nadie puede decir con certeza quién terminará en primer lugar, hay un mayor incentivo para que la gente vote, aun cuando sea solamente para impedir que el candidato que no quieren resulte vencedor.

 

En el 2000 Vicente Fox vino de atrás para rebasar a Francisco Labastida en los últimos días de la campaña. La mayoría de las encuestas, tomadas dos semanas antes del día de la votación, hacían vencedor al priísta, pero en el período en que ya no se podían divulgar encuestas Fox superó a Labastida.

 

¿Puede ocurrir esto mismo en el 2006? Por supuesto. Es verdad que buena parte de los electores toman su decisión electoral con mucha anticipación, a veces incluso antes de que empiece la campaña. Un porcentaje elevado de los ciudadanos vota siempre por el mismo partido sin importar candidatos o promesas de campaña. Pero también es verdad que un grupo de entre 5 y 15 por ciento del electorado, suficiente para cambiar el rumbo de la elección en una competencia cerrada, termina decidiéndose en los últimos días o en el momento mismo en que cruza la boleta.

 

Ése es el encanto de una elección. No importa lo que digan los sondeos o los especialistas antes de los comicios. No importa tampoco que los patrones o los líderes sindicales o los altos funcionarios ordenen o sugieran a sus subordinados por quién votar. A final de cuentas, la decisión la toma una persona en la soledad de una casilla electoral, y ahí cada quién escoge la opción que prefiere.

 

Tenemos ya un buen sistema electoral, a pesar de que algunos políticos han dedicado una gran cantidad de tiempo a tratar de desacreditarlo. Es un sistema caro, pero que en su diseño reduce de manera muy importante las incertidumbres y posibilidades de ilegalidad. Veamos ahí los ejemplos lamentables recientes de elecciones en Estados Unidos. Es un sistema, finalmente, que enfrentará quizá el mayor reto de su historia en este 2 de julio, en el que podríamos ver la elección más cerrada en la historia de nuestro país.


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