VIERNES, 30 DE JUNIO DE 2006
Se divorcian Hacienda y gasto

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“Las condiciones indispensables para que un secretario de Hacienda pueda hacer bien su trabajo son que tenga la capacidad técnica y los conocimientos necesarios pero también el completo apoyo del Presidente para mantener bajo control el gasto y el endeudamiento públicos.”


Comenté ayer que las condiciones indispensables para que un secretario de Hacienda pueda hacer bien su trabajo son que tenga la capacidad técnica y los conocimientos necesarios pero también el completo apoyo del Presidente para mantener bajo control el gasto y el endeudamiento públicos.

 

Discutí además cómo a partir de la presidencia de Luis Echeverría, que intentó resolver a billetazos los problemas nacionales haciendo gala de completa ignorancia en materia económica, hubo consecuencias devastadoras de haber trasladado el manejo financiero a los Pinos sacando a Hacienda de la jugada.

 

José López Portillo (Jolopo) llegó a la presidencia desde Hacienda gastando todo lo que Echeverría ordenó y ya como Presidente dio un grave paso adicional en materia de irresponsabilidad financiera al dividir las funciones básicas de las finanzas públicas y quitarle la chequera al secretario de Hacienda.

 

Jolopo creó la secretaría de Programación y Presupuesto (SPP) para hacerse cargo del gasto público federal y dejó a Hacienda con la difícil tarea de recaudar los impuestos y conseguir el crédito público necesarios para equilibrar las cuentas.  

 

Este diseño institucional lo justificó aduciendo que era más moderno por ser el prevaleciente en Estados Unidos, sin reparar que en ese país el Congreso se ubica entre el Tesoro y la oficina del presupuesto para aparear fuentes de ingreso con partidas de gasto y así mantener el equilibrio financiero.

 

La división entre la SPP y Hacienda significó que sus titulares, empezando por Carlos Tello y Julio Rodolfo Moctezuma, respectivamente, entraran en conflicto pues el primero quería gastar los dineros que el segundo tenía graves dificultades en conseguir sin incurrir en abultados déficit.

 

Jolopo los corrió a ambos y encomendó la SPP a Ricardo García Sáenz, mejor conocido como Hood Robin por empobrecer de millones de mexicanos al llevar a la quiebra al Instituto Mexicano del Seguro Social, y Hacienda a David Ibarra, un economista de la llamada escuela de pensamiento estructuralista que creía en la capacidad del gasto público para impulsar el crecimiento económico.

 

Ambos entendieron que Jolopo quería gastar, y mucho, y que el petróleo con precios y cantidades de exportación al alza lo permitiría al dotar al gobierno de ingresos abundantes y de una capacidad de endeudamiento enorme. Ibarra intentó moderar los peores excesos al caer los precios del petróleo pero fracasó.

 

Todos sabemos cómo terminó ese capítulo de irresponsabilidad financiera, con Jolopo llorando en su último informe de gobierno y culpando a los banqueros de la quiebra del país que sus irresponsables políticas económicas habían causado.

 

A Miguel de la Madrid le tocó ajustar la economía en ruinas con Jesús Silva Herzog en Hacienda y Carlos Salinas en SPP. Fue un proceso difícil y prolongado porque la economía cerrada a piedra y lodo que había dejado Jolopo reaccionó con lentitud a los estímulos económicos y porque el precio del petróleo siguió cayendo.

 

En seis años de penurias y renegociación de la deuda nacional, la economía se mantuvo estancada, la moneda se devaluó en 2,500% y la inflación llegó a 160% anual, lo que llevó al gobierno a plantear un ajuste estructural de fondo, por demás inusual en las postrimerías de una administración pública.

 

Los encargados del diseño de este programa fueron Pedro Aspe y Gustavo Petricioli desde la SPP y Hacienda, respectivamente, que por primera vez desde el craso error de Jolopo de separar las funciones del gasto público de los impuestos y el crédito, actuaron en estrecha coordinación.


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