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Otros > Letras libertarias El futuro del liberalismo
El liberalismo clásico ha estado en decadencia durante más de un
siglo. Desde la segunda mitad del siglo diecinueve los asuntos públicos han
sido influenciados cada vez más por las ideas socialistas: comunismo, fascismo,
nacionalsocialismo, y durante más tiempo por la democracia social (liberalismo
y neo-conservatismo americanos). En efecto, tan completa ha sido la victoria socialista que hoy
algunos neoconservadores han proclamado el "Fin de Ante esta situación, los liberales pueden reaccionar de dos modos.
Pueden sostener que el liberalismo es una doctrina sana y que el público la
rechaza a pesar de ser verdad. O - y esto es lo que yo haré - uno puede
considerar el rechazo como indicación de que hay algún error en la propia
doctrina. El error central del liberalismo radica en su teoría del gobierno. El liberalismo – tal como lo personificaba Locke
y según lo proclamado por Jefferson en Que la conclusión fuera correcta o no, depende de la definición de
gobierno. Es correcta, si gobierno simplemente significa cualquier individuo o
firma proporciona servicios de protección a una clientela, mediante el pago voluntario
de honorarios. Pero esta no es la definición adoptada por los liberales. Para
un liberal, el gobierno no es una firma especializada. El gobierno tiene dos
características únicas. Tiene el monopolio territorial obligatorio de la
jurisdicción (toma última de decisiones) y el derecho a tasar y cobrar
impuestos. Aún si uno asume esta definición de gobierno, la conclusión
liberal es claramente falsa. De hecho, es inconcebible cómo dueños de propiedad privada
pudieron posiblemente aceptar un contrato que diera derechos a otro agente,
para obligar a todos los habitantes dentro de un territorio dado a que
acudieran a él, exclusivamente, buscando protección y justicia. Tal contrato de
monopolio implicaba que todo dueño de propiedad privada debía renunciar, a
favor de alguien más, a su derecho a la toma de la decisión última en cuanto a
su persona y propiedad. En efecto, se había sometido a si mismo a la esclavitud.
Pero nadie en pleno uso de sus facultades, puede, ni probablemente podrá,
consentir en someter permanentemente su persona y propiedad, a la indefensión
ante las decisiones de alguien más. De manera similar es inconcebible que
alguien dotara a su protector monopolístico con el derecho a cobrar impuestos.
Nadie puede, o desea, aceptar un contrato que permita a su protector determinar
unilateralmente, sin consentimiento del protegido, la suma que éste debe pagar
por protección. Los liberales han tratado de resolver esta contradicción interna
con la improvisación de acuerdos "implícitos" o
"conceptuales", contratos, o constituciones. Sin embargo todas estas
tentativas sólo han añadido a la misma conclusión inevitable: Que es imposible
derivar una justificación del gobierno a partir de contratos explícitos. La errónea aceptación del liberalismo de que “el gobierno” era
congruente con los principios de soberanía individual, propiedad privada, y
contrato, lo ha conducido a su propia destrucción. Primero, y se desprende del error inicial que la solución liberal
al problema de la seguridad, un gobierno limitado constitucionalmente, es un
ideal contradictorio. Una vez que el principio de gobierno es admitido, cualquier noción
de freno al poder del gobierno es ilusoria. Incluso si, como los liberales han
propuesto, un gobierno limitara sus actividades a la protección de los derechos
existentes de propiedad privada, la pregunta que surge sería: ¿qué tanta seguridad
se debe producir? Motivado por el interés propio y la contrautilidad,
el desperdicio, de su trabajo, pero con el poder de tasar y cobrar impuestos,
la respuesta de un agente del gobierno será invariablemente la misma: maximizar
gastos y minimizar producción. Mientras más dinero pueda uno gastar
y menos haya que trabajar, mejor se estará. Más aún, un monopolio judicial disminuirá la calidad de la
protección. Si ante nadie más se puede reclamar justicia, con excepción del
gobierno, la justicia se pervertirá a favor del gobierno, sin importar lo que
digan las constituciones. Las constituciones y las Cortes Supremas son
constituciones y agencias del gobierno, y cualquier limitación que pudieran
contener o encontrar es resuelta por agentes de la misma institución en
consideración. Como es de esperar, las definiciones de propiedad y protección
serán alteradas y el ámbito de la jurisdicción ampliado para ventaja del
gobierno. En segundo lugar, y se deriva del error en cuanto al status moral
del gobierno, la vieja preferencia liberal de un gobierno local,
descentralizado y pequeño, es inconsistente. Una vez se ha admitido que, a fin de forzar la cooperación
pacífica entre dos individuos A y B, es justificado tener a un monopolio
judicial X, se deduce una doble conclusión. Si más de un monopolio existe, X, Y
y Z, entonces, como no puede haber paz alguna entre A
y B sin X, tampoco puede haber allí paz alguna entre los monopolios X, Y, y Z
mientras estos permanezcan en "estado de anarquía." De ahí que, para lograr el desideratum liberal de paz universal, sea
necesaria la centralización política y finalmente el gobierno mundial único. Finalmente, y sigue del error del gobierno de sostener la idea
anticuada que la universalidad de los derechos humanos es confusa y que, bajo
el título de "igualdad ante la ley", se la haya transformado en un vehículo de igualitarismo. Una vez que el gobierno se presume justo y los príncipes
hereditarios han sido excluidos como irreconciliables con la idea de los
derechos humanos universales, surge la pregunta de como hacer compatible el
gobierno con dicha idea de universalidad de los derechos humanos. La respuesta
liberal fue abrir la entrada al gobierno a todos, en términos de igualdad, vía
la democracia. A todos - no sólo a la clase noble hereditaria - se les
permitió ejercer todas las funciones del gobierno. Pero esta igualdad
democrática es muy diferente de una ley universal, aplicable, por igual,
a todos y cada uno, siempre y en todo lugar. De hecho, el viejo cisma
desagradable de una ley más alta para los reyes, contra una ley subordinada
para los sujetos ordinarios, se conserva bajo la democracia con la separación
de la ley pública versus la privada y la supremacía de la primera sobre
la segunda. En una democracia no existe privilegio personal alguno ni
personas privilegiadas. Sin embargo, los privilegios funcionales y las
funciones privilegiadas si existen. Mientras actúen en calidad de servidores públicos, los
funcionarios oficiales son gobernados y protegidos por el derecho público y
ocupan así una posición privilegiada respecto de personas que actúan meramente
bajo las directrices de la ley privada. Los privilegios y la discriminación
legal no desaparecerán. Al contrario. Más bien que ser exclusivos de los príncipes y la nobleza, los
privilegios, el proteccionismo y la discriminación legal estarán a disposición
de todos. Como era de esperarse, en condiciones democráticas, la tendencia de
todo monopolio, de aumentar precios y disminuir calidad, sólo será más pronunciada.
A cambio de un príncipe que considera el país como su propiedad privada, es
puesto un custodio temporal a cargo del país. Él no es dueño del país, pero
mientras está en el poder se le permite el uso del mismo, para ventaja suya y
de sus protegidos. Tiene su uso corriente – el usufructo - pero no es
propietario de su capital social. Esto no acabará la explotación. Al contrario,
hará la explotación con menos racionalidad y la llevará a cabo con poco o ningún
respeto por el capital social, es decir, con miopía. Adicionalmente, ahora la
perversión de la justicia procederá aún más rápidamente. En vez de proteger el
derecho a la propiedad privada preexistente, el gobierno democrático se
convertirá en una maquinaria de redistribución de los derechos a la propiedad
existente en nombre de una "seguridad social" ilusoria. A la luz de lo anterior, se debe buscar una respuesta a la
pregunta sobre el futuro del liberalismo. Debido a su error en cuanto al estado moral del gobierno, el
liberalismo realmente contribuyó a la destrucción de todo aquello que se había propuesto
conservar y proteger: la libertad y la propiedad. El liberalismo, entonces, en
su forma presente, no tiene ningún futuro. O mejor dicho, su futuro es la
democracia social. Si el liberalismo ha de tener algún futuro, deberá reparar su
error. Los liberales deben reconocer que ningún gobierno puede ser
contractualmente justificable y que todo gobierno es destructivo de lo que
quieren conservar. Es decir el liberalismo tendrá que ser transformado al anarquismo
de la propiedad privada (o a una sociedad de derecho privado), tal como
especuló hace casi 150 años Gustave de Molinari, y en nuestros días, según el raciocinio de Murray Rothbard. Esto tendría un doble efecto. Primero, conduciría a la
purificación del movimiento liberal. Los demócratas sociales con ropaje liberal
y muchos funcionarios del gobierno se disociarían de este nuevo movimiento. Por
otra parte, la transformación conduciría a la radicalización del movimiento.
Para aquellos viejos liberales que todavía se agarran a la noción clásica de derechos
humanos universales y consideran la soberanía individual y la propiedad privada
antes que el gobierno, la transición será sólo un pequeño paso. El anarquismo
de la propiedad privada es un liberalismo simplemente consecuente; o un
liberalismo restaurado a su intención original. Pero aún este pequeño paso
tendría implicaciones trascendentales. Al aceptarlo, los liberales denunciarían el gobierno democrático
como ilegítimo y reclamarían su derecho a la autodefensa. Políticamente,
volverían a los principios del liberalismo como credo revolucionario. Al negar
la validez de los privilegios hereditarios, los liberales clásicos se colocaron
en oposición fundamental a todos los gobiernos establecidos. El mayor triunfo
del liberalismo - Por supuesto, por sí mismo, el renovado radicalismo del movimiento
liberal sería de poca consecuencia. En cambio, lo que romperá la máquina social
democrática es la visión inspiradora que fluye de este nuevo radicalismo como
alternativa al orden presente. En vez de integración política supranacional,
gobierno mundial, constituciones, tribunales, bancos, y dinero, los liberales
anarquistas proponen la descomposición del estadonación.
Como sus antepasados clásicos, los nuevos liberales no buscan el gobierno para
tomárselo. Lo ignoran y quieren que los deje en paz, y quieren también aislarse
de su jurisdicción para organizar su propia protección. A diferencia de sus
precursores que simplemente procuraron sustituir un gobierno más grande por uno
más pequeño, los nuevos liberales persiguen la lógica de la secesión para
ponerle fin. Proponen una secesión ilimitada, es decir, la proliferación sin
restricción de territorios libres independientes, hasta que el rango de la
jurisdicción del estado finalmente se marchite con el tiempo. ¡Con este fin - y
en total contraste con los proyectos estatistas de "Integración
Europea" y de un "Nuevo Orden Mundial" - promueven la visión de un mundo con
decenas de miles de países, regiones, y cantones libres, de cientos de miles de
ciudades libres - como las singularidades actuales de Mónaco, Andorra, San
Marino, Liechtenstein, (el anterior) Hong Kong, y Singapur - y distritos aún más libres y vecindades
económicamente integradas por el mercado libre (mientras más pequeño sea el
territorio, mayor es la presión económica para optar por el libre comercio!) y
por el estándar del oro como base monetaria internacional. Siempre y cuando esta visión gane prominencia
ante la opinión pública, el fin del social-democrático "Final de |
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