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Columnas > Sólo para sus ojos
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Los magnates y el Presidente
Juan Pablo Roiz
A los
patrones del señor Armando Paredes, que funge como presidente del Consejo
Coordinador Empresarial, ya les urge sustituirlo. Paredes ha resultado un
empleado tan dócil como incompetente. Incluso el jefe inmediato de Paredes, el
famoso Claudio Décimo o Claudio Equis, él también empleado del puñado de
magnates mexicanos, ya siente cerca el retiro forzoso. Todo porque
nunca les habían salido tan mal a los eminentes negociantes mexicanos sus
negociaciones con el gobierno. Y Paredes y González –encargados de dar la cara– tendrán que pagar el desaguisado. Todo empezó
con un terrible error de cálculo. Alguien les hizo creer a los magnates que les
bastaba instrumentar una campaña de medios –de los cuales ellos son los dueños,
faltaba más- para desprestigiar el paquete económico que el gobierno proponía
para 2010, especialmente en el rubro incómodo de la consolidación fiscal
acotada y esperar a que todo llegase al Senado, ahí su amigo y seguro servidor,
el senador Manlio Fabio, les arreglaría las cosas. Y todo les
salió al revés: Les falló el cálculo, les falló Armando Paredes, les fallaron
sus voceros estrella en la tele, en la radio y en los periódicos, les falló el
“experimentado” Claudio Décimo y, ¡terror!, les falló el senador sonorense
(¿pues no que era la última coca del desierto?) y, para acabarla de fastidiar,
se enemistaron en el camino con el Presidente. Alguien,
entre tanto magnate, debió haber previsto que el Presidente de México sigue
siendo el Presidente de México, aunque no sea del PRI. Y alguien debió haber
recordado una vieja máxima política: “Al Presidente no se le reta”. Mucho menos
si el Presidente, como es el caso de Felipe Calderón, tiene la mecha corta y le
disgusta que lo anden desafiando. Pregúntenle a Martín Esparza, que llegó un
viernes por la tarde a Los Pinos a echar pleito, fue recibido por el buenazo
del secretario particular del Presidente –quien lo ha de haber escuchado con
paciencia franciscana, incluso cuando Esparza amenazó que si para el lunes no
habían resuelto ese problema de la “toma de la nota” iban a saber con quién se
habían metido- y se desayunó el domingo siguiente con la novedad de que Luz y
Fuerza del Centro simplemente se había extinguido, desaparecido, esfumado. “¡Caput!”, como decían los viejos de la tribu latina. Algo
semejante sintieron los magnates mexicanos –un puñado, digamos, de 25 barones
del dinero– cuando vieron que todo falló y que la espada
–especialmente lo de los ajustes a la consolidación fiscal–
se la clavaron al toro hasta la empuñadura. (Bueno, con un poquito de
anestesia, hay que reconocerlo). Fue la
conclusión de una serie de equivocaciones. La primera de las cuales es
pretender que ellos –el puñado que se agrupa en el discretísimo Consejo Mexicano
de Hombres de Negocios– puede representar a decenas
de miles de empresarios de todos los tamaños, colores y sabores, nada más
porque sí y porque esa es una herencia del corporativismo priísta del siglo
pasado a la que no le hemos dado sepultura. La segunda
equivocación fue dejar los negocios en manos de un par de gerentes timoratos y
poco inteligentes, Paredes y González, que tienen la perspicacia política de
Carlos Navarrete, es decir: Nada. La tercera
fue haber comprado -¿quién les vendió ese cuento?- la historieta de que Manlio Fabio Beltrones es
todopoderoso y es el nuevo señor de los chicharrones tronadores ante quien se
rinde cualquiera. Así llegaron
a colmarle el plato al Presidente (cosa, por cierto, para la cual no se necesita
mucho) y éste les soltó dos puyazos retóricos que, aunque los magnates se los
merecían, no eran necesarios (ya que, de cualquier forma, la carta ganadora ya
la tenía el gobierno de Calderón) y que los dejaron entre indignados y
alelados. Mandaron a Paredes y a dos o tres emborronadores de papel
(columnistas y dizque líderes de opinión) a tupirle al Presidente; intentaron
echar a retozar versiones terribles de que Calderón se había transmutado en
López Obrador o en el odioso Luis Echeverría Álvarez
y se toparon con unas declaraciones impecables, en tono mesurado pero firme,
del Secretario de Hacienda, ratificando lo dicho por el Presidente. Esto
último, por cierto, les resultó tan complicado de digerir que mejor lo borraron
de la historia (vale la pena leer el comunicado completo del Secretario de
Hacienda en este lugar de Internet). Aprobados
que fueron los cambios tributarios -en lo esencial de acuerdo con lo que
originalmente había propuesto el gobierno de Calderón- el Presidente atenuó sus
puyazos retóricos, pero los quemados siguieron experimentando un profundo
ardor. Fue entonces que Paredes tuvo la ocurrencia de cargarle el muertito al
Secretario de Hacienda y conjeturó, en una entrevista a modo, que El siguiente
capítulo fue Más allá de
las anécdotas el asunto tiene varias moralejas: 1. El que tenga tienda que la
atienda, sobre todo si se trata de asuntos importantes; es muy peligroso, ya se
vio, dejar a los segundones a cargo, 2. Que no le digan, que no le cuenten, ya
no hay políticos omnipotentes que puedan asegurar, sin mentir, que sólo sus
chicharrones truenan, 3. Cuando careces de autoridad moral, ni todos los
periódicos, canales de televisión y estaciones de radio del mundo te sirven de
mucho, y 4. No hay que jalarle los bigotes a los tigres. Artículos relacionados :: La politización de la homosexualidad :: Una reforma fiscal, ¿para ser Presidente? :: Gobierno por consulta :: El doble juego de la oposición :: La dictadura defeña de las mayorías :: Quienes le apuestan al atraso :: Cómo gastar el dinero :: Los parásitos, el Congreso y el federalismo :: La rapiña fiscal y el abuso que viene :: México, el gran “cómo”
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