LUNES, 13 DE JULIO DE 2009
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
No
No sé

Arturo Damm





““Debemos amar a nuestro país aunque nos trate injustamente.” ”
Voltaire

La frase de Voltaire es el típico ejemplo del patrioterismo ramplón, de lo políticamente correcto llevado al extremo de la bajez, ante el cual debemos preguntarnos, aunque nos trate mal, ¿debemos amar a nuestro país?, ¿y hacerlo en una decisión semejante a la de poner la otra mejilla?

 

Para responder lo primero que hay que hacer es preguntarnos en qué consiste amar al país, para lo cual hay que definir los dos términos involucrados: amar y país. Amar, según el Diccionario de la Real Academia Española, es “tener amor a alguien o algo”, siendo que amor es “el sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”, o, más de lo mismo, “el sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”, o, por si queda duda, “el sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo”, definiciones de amar y amor que nos obligan a preguntar, uno, si ese sentimiento puede tenerse para algo tan abstracto como lo es el país y, dos, si ese sentimiento puede ser el resultado de un acto de la voluntad, ya que Voltaire apunta que debemos amar a nuestro país, deber que hace referencia, precisamente, al acto de la voluntad.

 

País, según el ya consultado diccionario, se define como “nación, región, provincia o territorio”, siendo que el sinónimo que mejor le viene es el de nación, que el diccionario define como el “conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno”; como el "territorio de ese país”; como el “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”.

 

Así las cosas amar al país supondría tener un sentimiento de afecto (lo menos), inclinación (lo intermedio) y entrega (lo más) hacia el conjunto de habitantes de un mismo origen, mismo idioma y misma tradición, regido por un mismo gobierno, lo cual resulta imposible, sobre todo si somos capaces de distinguir entre respetar y tolerar, por un lado, y amar por el otro. El respeto y la tolerancia hacia los demás sí es producto de un acto de la voluntad. El amor no, ya que el mismo, como sucede con todos los sentimientos, surge de manera espontánea, no siendo producto de la voluntad del ser humano. El amor es un querer involuntario, razón por la cual resulta absurdo el mandato ¡Ama!

 

Para la constitución de un país como tal basta el respeto y la tolerancia, siendo imposible, porque el amor entre cosas es excluyente, que se de ese sentimiento de afecto, inclinación y entrega para el conjunto de habitantes de un mismo origen, mismo idioma y misma tradición, regido por un mismo gobierno, y quien diga lo contrario está cayendo en el más ramplón de los patrioterismos, sobre todo si, como lo hace Voltaire, ese amor debe surgir aún en el caso de que el país te haya tratado mal, lo cual supone que todos y cada uno de los miembros del conjunto lo hizo, algo que resulta imposible: que un mexicano te haya tratado mal no quiere decir que México lo haya hecho.

 

Además hay que considerar que la orden ¡Ama! (salvo en el caso de Dios) es absurda, contraria al orden natural de la cosas, ya que, como se explicó antes, el amor, entendido como ese sentimiento de afecto, inclinación y entrega, surge espontáneamente, como también es absurda, por irreal, la afirmación de que el país nos trató injustamente. Sin embargo, frases como la de Voltaire le caen como anillo al dedo a los promotores del patrioterismo ramplón y, al final de cuentas, del patriotismo sin más, que el diccionario define como el “amor a la patria”.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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