El punto sobre la i
Sep 21, 2009
Arturo Damm

“Todo impuesto, no importa de cual se trata, es una distorsión que el gobierno introduce en los mercados que trae como consecuencia una reducción de la cantidad intercambiada de los bienes en cuyo mercado se impuso el gravamen. Ningún impuesto genera crecimiento económico."

Isaac Katz

Ningún impuesto, independientemente de qué grave (al final de cuentas todo impuesto grava siempre el ingreso), y al margen de a quién grave (al final de cuentas se grava siempre a una persona), es causa eficiente del crecimiento económico, es decir, del aumento en la producción de bienes y servicios, y por lo tanto del ingreso de los agentes económicos que participan en dicha producción, crecimiento económico que resulta indispensable para combatir la pobreza, afirmaciones de las cuales se concluye que ningún impuesto es ocasión para que se supere la pobreza, aseveración que se entiende mejor a partir de la definición de pobreza, entendida, no como la define el diccionario, como falta o escasez, o como escaso haber de la gente pobre, sino como la incapacidad del pobre para, por medio de un trabajo productivo, generar el ingreso suficiente para adquirir los satisfactores indispensables para satisfacer las necesidades básicas.

 

La pobreza consiste, no en la escasez de bienes y servicios, sino en la incapacidad para producirlos. Obviamente que lo segundo – incapacidad para producir bienes y servicios -, es la causa de lo primero - escasez de bienes y servicios -, por lo que lo primero es el efecto de lo segundo, aclaración pertinente a la hora de combatir la pobreza, combate que debe tener como fin, no atenuar los efectos de la pobreza: la escasez de bienes y servicios, sino eliminar sus causas: la incapacidad para producir bienes y servicio.

 

Lo anterior quiere decir que la redistribución del ingreso, desde los ricos hacia los pobres, si la misma tiene como fin paliar la escasez de bienes y servicios de los segundos, solamente alivia los efectos de la pobreza, pero no elimina su causa, pudiendo inclusive agravarla, en la medida en la que los pobres se conforman con lo que se les da. Esa redistribución es posible gracias al cobro de impuestos, mismos que pueden llamarse impuestos contra la pobreza, lo cual, desde el momento en el que alivian los efectos de la pobreza, sin eliminar su causa, es mucho llamarlos.

 

Otro es el caso de la redistribución que tiene como fin, al menos teóricamente (habrá que ver qué tanto de ello se cumple en la práctica), no reducir la escasez de bienes y servicios, sino aumentar la capacidad de los pobres para producirlos, objetivo que, en la medida en la que se cumple, razón por la cual los pobres dejan de serlo, elimina la causa que “justificaba” la redistribución, lo cual quiere decir que la buena política social es la que hace posible que la misma se vuelva innecesaria, y que se vuelva tal porque los pobres han dejado de serlo, siendo ya capaces de generar un ingreso suficiente, de producir suficientes bienes y servicios para, por lo menos, satisfacer sus necesidades básicas, que son aquellas que, de quedar insatisfechas, atenta contra la salud y la vida.

 

¿Existe algún país en el cual la política social haya logrado tal fin? Si todavía no lo ha logrado, ¿el presupuesto destinado a la misma, como porcentaje del presupuesto gubernamental, va disminuyendo? A los encargados de manejar los presupuestos para la política social, ¿les conviene que desaparezca? A los políticos que hacen de los beneficiarios de la política social clientela política, ¿les conviene que desaparezca la política social? A los pobretólogos, ¿les conviene que desaparezca la pobreza? A los pobres, ¿les conviene que desaparezca la política social? Y la pregunta más importante de todas, ¿qué justifica que el gobierno obligue a unos a entregarles a otros, por medio de la redistribución, parte del producto de su trabajo?

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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