El punto sobre la i
Oct 19, 2009
Arturo Damm

"Todo hombre lleva en sí un dictador y un anarquista."

Paul Valéry

Todo ser humano tiende a la dictadura y a la anarquía, afirmación que, de entrada, parece contradictoria, ya que la anarquía, entendida como la ausencia de poder político, es la antítesis de la dictadura, entendida como la presencia total y absoluta de dicho poder, ejercido de manera arbitraria.

 

El diccionario define la dictadura como “el gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país” o, definición semejante a la anterior, como “el gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente”. La dictadura se caracteriza por el ejercicio arbitrario del poder político, resultando arbitrario porque, quien lo ejerce, no reconoce ninguna ley que lo limite, razón por la cual no se sujeta a su imperio. La dictadura, entonces, se puede definir como el gobierno del hombre, no de las leyes, siendo que lo propio del ser humano es estar gobernado por leyes, no por hombres, afirmación que nos permite concluir que la dictadura es, en el sentido literal del término, inhumana, no propia del ser humano.

 

Con respecto a la anarquía el diccionario nos señala que la misma consiste en “la ausencia del poder público” o, para decirlo con mis palabras, en la ausencia del poder político, que es aquel capaz de limitar, o eliminar, la libertad individual y la propiedad privada, lo cual se justifica, paradójicamente, en función de garantizar la propiedad y la libertad de las personas. La anarquía puede (no necesariamente debe) caracterizarse por el ejercicio arbitrario del poder de las personas, arbitrariedad que sería la consecuencia del desprecio por los derechos de los demás, anarquía que entonces se identificaría con el libertinaje, entendido como el mal uso de la libertad, como el desenfreno en la conducta.

 

Tales son la dictadura y la anarquía, dictadura que quisiéremos ejercer nosotros sobre los demás (haz lo que yo te diga y serás feliz), anarquía que quisiéramos que los otros nos dejaran practicar (déjame hacer lo que yo quiera y seré feliz), quereres incongruentes ya que ¿cómo justificar querer para uno lo que uno no está dispuesto a querer para los demás? Anarquía para mi, dictadura para los demás, siendo yo, ¡obviamente!, el dictador.

 

¿Cómo conciliar el haz lo que yo te diga y serás feliz con el déjame hacer lo que yo quiera y seré feliz? Haz lo que yo te diga, siempre y cuando quieras hacerlo. Déjame hacer lo que yo quiera, siempre y cuando, al hacerlo, no viole yo los derechos de alguien más. ¿Cuál debe ser el límite de la “dictadura”? La libertad de los demás. ¿Y cuál el de la “anarquía”? Los derechos de los demás. Claro que (y esa es la razón de ser de las comillas en dictadura y anarquía), si el dictador respeta la libertad de los demás lo suyo ya no es dictadura, de la misma manera que si el anarquista respeta los derechos de los demás lo suyo ya no es anarquía (al menos no en el sentido peyorativo del término, que identifica anarquía con ausencia de orden, siendo que, estrictamente hablando, anarquía supone ausencia de poder político, ¡algo muy distinto!)

 

Yo quiero, cara a  los demás, comportarme como dictador: ¡Que todos hagan lo que yo digo! Pero también quiero que los demás, cara a mí, me dejen actuar anárquicamente: ¡Que me dejen hacer lo que me dé la gana! El colmo resulta querer que todos hagan lo que yo diga, y que lo que yo diga sea que me dejen hacer lo me dé la gana, esencia del dictador que lo es, al final de cuentas, por ordenar a los demás sin aceptar que nadie lo ordene a él, siendo su lema: ¡Dictadura para los demás, anarquía para mí!

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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