LUNES, 21 DE MAYO DE 2012
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
No
No sé

Arturo Damm





“La urgencia por salvar a la humanidad es casi siempre una máscara que oculta la urgencia por gobernarla.”
H. L. Mencken

Cuidado con aquellos políticos en campaña, o ya en el poder, que se llenan la boca afirmando que ellos, lo único que buscan, es salvar a la humanidad, humanidad que casi siempre es el pueblo, al que consideran desprotegido, impotente, imposibilitado, desamparado, objeto propio de sus desvelos (me refiero a los de los políticos), por los que aquel (ahora me refiero al pueblo), debe estar eternamente agradecido. ¿Qué sería del pueblo sin su salvador? Y la otra, ¿qué sería del salvador sin un pueblo al que redimir? (¿Esta fuera de lugar preguntar qué sería de la democracia sin los políticos redentores y los pueblos a redimir?)

Tales políticos le dicen al pueblo, que para ellos es la más pura encarnación de la humanidad, y se lo dicen, tal vez no abiertamente, pero sí entre líneas, lo siguiente: “Haz lo que yo te diga y serás feliz”, lo cual hay que interpretar de la siguiente manera: “Solamente si haces lo que yo te digo serás feliz, porque solamente yo sé lo que es la felicidad, y únicamente yo sé cómo alcanzarla”, lo cual, de ser cierto – nadie más que yo sé que es la felicidad y como lograrla -, genera una tentación irresistible: la de imponer, a sangre y fuego, la felicidad, precisamente por tratarse de la felicidad. Y a ese imponer a sangre y fuego la felicidad es a lo que se refiere Mencken al señalar que la urgencia por salvar a la humanidad - salvarla, de entrada, de la infelicidad, que viene a ser la suma y multiplicación de todos los males, los del cuerpo, el espíritu y el alma, todo lo cual abarca desde el bolsillo hasta la inteligencia, sin olvidar la voluntad -es casi siempre una máscara que oculta la urgencia por gobernarla, debiendo entender esto último como la urgencia por dominarla, someterla, subyugarla, en pocas palabras, por moldearla en función de ese gran plan para alcanzar la felicidad, al menos tal y como ellos, los gobernantes, la conciben, estando allí, precisamente, el problema, porque si hay algo personal eso es, nada más ni nada menos, que la felicidad.

No hay que pasar por alto la soberbia de los gobernantes que creen que, desde el poder político, que es en esencia el poder para limitar la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal, se puede salvar a la humanidad, sin olvidar tampoco la estupidez de los gobernados que creen que los gobernantes, desde ese poder, pueden salvar a la humanidad, salvación que pasa, ¿o no?, por la solución der todos los problemas. Soberbia de unos y estupidez de otros, la combinación perfecta para abrir las puertas del totalitarismo y absolutismo, es decir, del gobierno entendido y practicado como sometimiento y dominio, practicado por un rey absoluto frente a un súbdito relativo.

Ese gobernante, tan soberbio como para presentarse como el salvador (soberbia que, dicho sea de paso, no es más que una de las muchas caras de la estupidez), siempre lo hace, o en la versión ángel de la guarda, y como tal pretende preservar a los gobernados de todos los males, o en la versión hada madrina, y en calidad de tal pretende proveer a los gobernados de todos los bienes, o en calidad de ambos, ángel de la guarda y hada madrina que, encarnados en el gobernante en turno, solamente pueden actuar limitando arbitrariamente la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal, ¡ah, pero eso sí, siempre en nombre de la felicidad, siempre a favor de la salvación de la humanidad!, no habiendo mejores pretextos para ejercer el poder político de manera total y absoluta: ¡Es por tu bien!

¡Cuidado con los políticos, gobernantes o legisladores que empiezan a hablar de la salvación, de la felicidad, del amor, del sentimiento, de la beatitud o de la redención!, palabras bonitas que, de no impedirlo a tiempo, terminan en hechos terribles. Esos políticos, gobernantes o legisladores nunca faltan y en algunas ocasiones sobran.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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